espertaba mirando mi copa de jugo e pensando en el viaje mientras Marcos seguía en profundos sueños. El tiempo de primavera avanza hacia el verano y el sol hace ya los días más largos, amaneciendo más de mañana e anocheciendo más tarde. Sabía que un simple movimiento despertaría a mi compañero e permanecí inmóvil mas parecióme oír sonaba el teléfono secreto en la lejanía de mi despacho. Sonaron unos golpes a la puerta (que despertaron a Marcos) e me incorporé: «¿Quién va?».“¡Excelencia – era Cayetano un tanto nervioso -, al teléfono secreto os dan aviso urgente e paréceme es la voz del inspector De Lema!”.
Dimos un salto de la cama Marcos e yo e bajamos con la camisa e a priesa hasta el bufete.
“Excelencia – era la voz del inspector -, no quiero penséis no estoy pendiente de vos”.
“Buenos días, inspector – le dije -, he de agradeceros la merced que hacéis con vuestra vigilancia pero, decidme, una llamada tan de mañana no paréceme una simple vigilia”.
“E no lo es, excelencia – dijo con gravedad e rapidez -, pues así os dije que lo que sabía la guardia buena lo sabía la mala e lo que sabía la mala lo sabía la buena, ha llegado a mis oídos, no ha minutos, que hasta veinte coches llenos de guardias armados se dirigen a vuestra casa. Tomad pues esa pluma de metal que decís (de plata, le dije) e procurad no borrar de un plumazo todo el barrio donde vivís, sino sólo los coches”.
“Habíame parecido oíros decir – levanté la voz -, que vos mesmo mantendríais a esa guardia indeseable a más de diez millas de mi casa”.
“No sabéis, Mi Comandante – tragó saliva -, los esfuerzos que para ello he tenido que hacer, mas esta gente, por ser traidora, es mejor guardia de asalto que la propia guardia que yo llevo a mis órdenes. He de intentar frenar, de alguna forma o manera, todos los coches que pueda, mas de seguro recebiréis la visita de hasta diez coches si no puedo poner el remedio”.
“¿El remedio, decís? – preguntéle pensando -; perdonad no pierda más un minuto en preparar la defensa e agradecido os quedo por el aviso”.


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