ugaba Marinín con sus amigos grazalemeños en el patinillo dándole de comer a los pajarillos e hablándoles quedo. Marcos descansaba la siesta agotado del mucho andar. E don Juan e yo tomábamos un café sentados a una hora que más apetecía ya algún bocado e un vino.“Querido sobrino – me dijo don Juan sin levantar la vista de la mesa -, lo que voy a deciros no quiero lo entendáis como que habéis tomado una decisión errada, pues cada uno en nuestra vida tenemos una empresa que llevar a cabo e cada una se lleva de forma distinta. Vos, como yo entiendo, habéis dedicado varias vidas (hasta cinco, diría) en cumplir vuestra misión en esta vida. Yo, sin embargo, no he dedicado sino una sola vida a cumplir mi misión, aunque (eso Dios lo juzgará) creo la he cumplido. Fijaos cómo agora se ataca con cualquier arma a la Iglesia e, muy concretamente, al Clero; fijaos en cómo con el odio se enfrenta a media España contra la otra aunque sea dividiéndolos en fumadores e no fumadores. Yo soy uno desos perseguidos o indeseados e podríais pensar quiero poner también mi vida a salvo, mas… ¿qué me aprovecharía? Mi vida no tiene sentido alguno si abandono agora mi ministerio. Mártir no pretendo ser, mas si hubiese de morir alzando la cruz ante estos incrédulos, Dios sabrá cómo recompensarme e cómo levantarse. Aún así, creo y espero con fe me llevará antes de que alguna desgracia suceda. Ved cómo estos traidores pueden atacarnos sin piedad alguna e nosotros no podemos sino callar; mas no será por mucho tiempo. Pero no es aqueste vuestro caso. Vuestra vida habéis arriesgado mil veces más que yo e la habéis entregado en Caridad al prójimo sin pedir cosa alguna. Permitidme agora, si lo deseáis, os dé mi bendición por lo ya hecho e por lo que creo aún haréis”.
“Preferiría, Ilustrísima – le dije -, confesaros que traidor me siento en mi interior, mas, ¿qué puedo hacer sino salvar a mis queridos aunque ello signifique huir? Comprendo e acepto lo por vuesa merced manifestado e querría, sin embargo, pediros la bendición para los que huimos”.
“¡No huís, Santo Dios! – exclamó -; no volved a mencionar tal palabra con la que no comulgo. Dais vuestra vida partiendo por poner a salvo dos vidas de mucho valor. Cuidad a Marinín como oro, a Marcos como incienso e a vos mesmo como mirra, pues sois agora para ellos el bálsamo que los cubre para salvarlos de la putrefacción. Vuestra voluntad, por otro lado, ha de cumplirse, que la bendición del Señor haré descender sobre vosotros cuando oportuno lo creáis”.
“Sea como vuesa merced lo decida – concluí – e no cuando yo lo diga, pues aún habemos de hacer la tal estación de penitencia esta semana e partiremos para Grazalema el sábado al despuntar el día”.
“Sea así – acabó en viendo ya entrar a los niños -, que vayáis donde vayáis ha de estar Dios con vosotros e no es menester despedida”.
En Ronda, Lunes Santo e dos de abril del año de dos mil e siete.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario