24 abril, 2007

De las despedidas: El servicio de la casa

reparado el desayuno, fuése el servicio a vestir sus galas. Quedó en el centro del salón una larga mesa. A un lado, pondríanse todos ellos; al otro nos situaríamos nosotros. E dentro de media hora, todo el servicio púsose en pie a un lado de la mesa, quedando primero las dos sirvientas, luego Ramón e luego el matrimonio de Cayetano e María. Frente a ellos, en silencio, quedábamos Marcos en el lado frontero al matrimonio, a nuestra siniestra los niños e a su lado Su Ilustrísima.

Les dije unas palabras sobre nuestro viaje, que habría de ser largo, e de cómo ellos deberían cuidar de la casa como si allí estuviésemos. A mis palabras, añadió don Marcos que tendrían noticias nuestras a menudo e limitóse Su Ilustrísima a decir: «Todo se lleve a cabo como está previsto e con el ayuda de Nuestro Señor».

A continuación, pasaron a saludarnos cada uno dellos e apenas hubo palabras, sino algún «buen viaje», mas, al pasar Ramón ante mis hijos, detúvose ante ellos, hizo un saludo inclinando su cabeza e tomó sus caras suavemente con sus manos:

“Sólo Dios sabe lo que encierran mis pequeños. Sabiduría, bondad e obediencia. Sé obedeceréis siempre a su excelencia como debe hacerse con un padre”.

E poniendo bien el nudo de la corbata de Antonio, le dijo quedo:

“No dejad nunca el nudo ni muy suelto ni muy apretado, cariño. Eso distingue a un hombre gallardo y de excelente elegancia de uno sencillamente correcto”.

E inclinóse luego besando sus cabezas. Y al llegar a Su Ilustrísima, tomó en su mano la cruz, la besó e le dijo:

“Sana envidia siento desta familia, Monseñor, que tiene entre ellos a un ministro digno de admiración”.

“No, hijo – respondióle don Juan -, que formo parte de otra gran familia a la que vos mesmo pertenecéis: la Iglesia. E para serviros a todos de igual manera estoy”.

“Y no sólo vuesa merced – concluyó Ramón -, pues en esta casa los señores parecen los sirvientes e los que deberíamos servir nos sentimos servidos”.

E no sabiendo qué decir, puso Su Ilustrísima sus manos sobre Ramón e le bendijo.

Luego desto, nos sentamos todos a la mesma mesa, bendijo Su Ilustrísima los alimentos e dijo algunas gratificantes palabras para todos. Así, descubriéronse los manjares que eran maravilla de ver e de catar y, en viéndolos Su Ilustrísima, dirigióse a Ramón e le dijo:

“Muy buen aspecto tienen estos platos, hijo. Esperemos hayan mejor sabor”.

“Aunque me gusta llenar el ojo antes que la tripa de los demás – contestóle sonriente -, no son estos platos sólo obra mía”.

“A María e a vos he de felicitaros pues – concluyó -, que cada uno en su estilo hacéis se llene la boca de saliva al ver los manjares. Seguid así, joven cocinero, que además de cocinar, decoráis los platos y, eso, no es sólo una profesión, sino un arte y el deseo de complacer a los comensales; podría deciros que no sólo cocináis para ganaros la vida, sino como devoción. ¡Lástima da de dar buen cumplimiento a estas obras de arte!”.

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