01 abril, 2007

De las despedidas: Don Diego e Ildefonso

omingo de Ramos e primero día de abril, salimos de la misa de las palmas a la plaza e allí pusiéronse en juegos los niños mientras se acercaron a nosotros con gran contento don Diego de Monteliz e su esposa, doña Montserrat, así como Ildefonso. Hubo primero grande alegría por volver a vernos e dijo Su Ilustrísima fuésemos todos a la casa por manifestarles nuestras intenciones.

“¿Acaso ha ocurrido algo que no sepamos? – preguntó don Diego -; ofrézcome para cualquier asunto que hubiese menester”.

“No tal, don Diego, no tal – respondióle sereno don Juan -, sino que habrá unos cambios en nuestras vidas y es nuestro deseo los conozcáis”.

Acercáronse los niños corriendo hasta ellos e hubo grandes abrazos e risas e repetía doña Montserrat: «Vive Dios que este niño es cada día más bello e más inteligente”.

“A estos dos pequeños grazalemeños – les dije – empezaba ya a tomar también como hijos propios, mas es de razón vuelvan al pueblo con su madre, aunque paréceme no va a ser decisión que mucho les agrade, pues no pueden separarse todos ellos”.

“Podíais en todo caso, excelencia – apuntó doña Montserrat -, venir a menudo a Grazalema porque se viesen, que las semanas se hacen cortas”.

“De tal asunto platicaremos agora, señora – espetó Marcos -; dejemos a los niños jugar cuanto puedan e hablemos en la casa de algunos nuevos trazados”.

“Colijo hay cambios – farfulló don Diego – e paréceme no son tan buenos como ellos desearían”.

“Todo se andará, don Diego – le dije -, todo se andará, que no es este encuentro con vuesas mercedes sino una a modo de despedida”.

Trocóse la faz de Ildefonso como de ver a fantasma acercarse amenazante.

Dejamos a los pequeños en la plaza con algunos amiguitos e fuimos a la casa e, ya allí sentados ante unas tazas de café, manifestamos Marcos e yo nuestras intenciones y la razón que a ellas nos llevaban. No puedo decir que viese rostros de alegría entre ellos, mas todos nos manifestaron su idea de que deberíamos hacer lo trazado. E, tomándome luego aparte Ildefonso, abrazóse a mí fuertemente:

“Tal cosa no puedo creer – dijo -, que ni he conocido a hombre como vos ni creo lo conozca en el resto de mis días. Mas, respeto de corazón lo que decidáis, que ya tenéis un compañero que ha hecho por vos más que cualquiera otro e un hijo digno de envidia. Si aún así un día volvieseis a Ronda, buscadme, excelencia, buscadme”.

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