07 abril, 2007

De las despedidas: Doña Pastora

legados al pueblo muy de mañana, subimos hasta la casa de doña Pastora e bajé a llamar a la puerta por ver si ya había partido hacia su casa de trabajo. Golpeé la madera con suavidad e abrióse al poco tiempo.

“¡Excelencia! – exclamó - ¡Vos aquí a estas horas!”.

E los niños bajaron del coche corriendo e cayeron todos a los brazos de la madre. Miré a Marcos e supe prefería también dejarlos hablar una pieza. Hubo lágrimas, muchos besos e muchas miradas.

¡Santo Dios! – decía aquella mujer -, no puedo creer lo que estoy viendo. Mis niños en mis brazos; los tres, los tres, pues ya siento a este Marino como mío”.

“Señora – le dije -, sé os es extraño vernos aparecer tan temprano por su casa, mas pensamos partiríais al trabajo”.

“No tal, excelencia – contestó de contento -, que anda la familia en Sevilla estas fiestas y sola estoy en casa casi sin alguna compaña. Pasad, pasad, que aunque aún no tengo más que café, he de prepararos unas tostadas”.

“Si no os es molestia, doña Pastora – le dijo Marcos -, a esas tostadas daremos buen cumplimiento, que tanto niños como adultos venimos hambrientos”.

E pasamos a aquella humilde pero acogedora casa e se extendía el olor del café por la sala.

E mientras preparaba las tostadas en la chimenea nos preguntó si veníamos a pasar el final de la semana e hube de manifestarle con mucho cuidado que habríamos de partir por algún tiempo.

“¿Qué decís? – exclamó dejando lo que hacía -. Mucho me alegra veros aquí a todos e a mis hijos”.

“El caso que se da – le dije -, es que debemos ausentarnos algún tiempo e me temo sea luengo”.

“¡Dios Bendito! – se acercó a mí - ¿Acaso os ocurre algo? Aquí tenéis esta humilde casa por si os fuere menester, mas, si habéis de partir he de daros algunas cosas que he comprado nuevas para los niños”.

Miróme Marcos con tal asombro disimulado que me dejó mudo.

“Yo he de seguir trabajando, excelencia – siguió la mujer hablando -, e sé han de ser un estorbo para vos mis hijos. Por eso, quiero colaborar en algo con vos. Nunca he visto a mis niños de tan buen ver. ¡No sabéis cómo os agradezco la merced que me hacéis!”.

E rompiendo mi silencio (que parecióme eterno), le dije:

“Señora, cuando le digo que nuestra ausencia ha de ser luenga… Veréis; es muy posible que vayamos de viaje durante… tal vez un año”.

E dejó caer un plato que había en sus manos.

“Oh, excelencia – dijo casi en llantos -, no quiero mis hijos sean un estorbo para vos”.

“¿Qué decís? – preguntéle mientras los niños miraban perplejos - ¿Acaso pensáis os los traigo porque a mi lado no los quiero? No es aquesto, señora; nunca penséis tal cosa, sino que me pareció de razón estuviesen los niños con su madre”.

E rompiendo en llantos, salió de la casa Marinín e le siguió Antonio e Carlitos nos miraba sin entender lo que acaescía. Puso doña Pastora el café en la mesa con manos temblorosas e preguntó qué debería hacer.

“Mirad señora – le dije - que esos niños son agora como… hermanos. Separarlos sería hacerles mucho daño mas sois vos la madre de Antonio e no soy yo quién para decidir”.

“Podría – dijo pensativa – dejar a mi pequeño toda la mañana con la moza que os dije, mas no quiero a mi Antonio repartiendo pan como menesteroso e tampoco que os sea una carga”.

“Carga no es – aseveré seguro – e os prometo le daría tan buena educación como a mi hijo. Pero así mesmo os digo que vos sois la madre e no he de tomar yo esas decisiones”.

“Con él quisiera hablar – dijo segura – e saber qué quisiera hacer. Si quiere seguir junto a vuesas mercedes e a Marinín e me aseguráis no os es estorbo… ¡Santo Dios, qué favor me haríais!”.

“No es favor – le dije al punto mirándola con fijeza – e no es estorbo, que mi hijo ya no sabe estar sin él”.

“Hemos de volver – dijo Marcos – tardemos más o menos. No vamos a perdernos ni perderéis a vuestro hijo. Yo mesmo me comprometo a que se cumpla lo que os digo”.

E saliendo a la fría calle, cerró la puerta una pieza e volvió a entrar abrigándose:

“Hágase lo que decís, no puedo dejar a mi hijo sin el vuestro”.

Al salir, comprendimos lo que aquella mujer quería decir.

En Grazalema e a siete de abril del año de dos mil e siete.

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