artimos hacia nuestra casa en una mañana fría e de fina lluvia e allí encontramos todo como quedóse en la última visita. Marcos e yo pusimos y encendimos leña en las chimeneas por calentar la casa e nos sentamos con los niños una pieza para entrar en calor. Marinín e Antonio, muy cansados de procesiones, viajes e otras cosas ya narradas, acabaron dormidos e abrazados en uno.Dejamos a los pequeños en sueños e salimos con sigilo bajo la fina lluvia a visitar a doña Dolores, que tardó un poco en abrir la puerta e quedó suspensa al vernos.
“Buenos días nos dé Dios – dijo sin expresión -; pasad, pasad a mi humilde morada”.
E hablamos con aquesta mujer una luenga pieza sobre nuestro trazado e, sonriendo, nos dijo:
“Dios sabe bien que agradecida os estoy por todo. Olvidemos otros sucesos, que esos, no tienen solución ni aquí ni allí. Sólo os deseo esta lacra asesina no os persiga a do vayáis e Dios siempre os acompañe”.
Levantándose luego, tomó la imagen de su hijo (que en un bello marco tenía) e nos lo mostró sin palabra alguna. Ni Marcos ni yo supimos qué decir, sino que viendo la imagen de nuestro pequeño desaparecido Fermín, bajamos la vista.
“Dios os acompañará – nos dijo – e yo he de rogar cada día porque así sea, que bien sé la labor que por todos hacéis en caridad”.
E no sabiendo qué responder a tales palabras, hubo una pieza de silencio y en breve nos despedimos.
“Seguiré – le dije – avisándoos por teléfono de novedad que hubiese. Esperamos Dios nos acompañe a todos a buen puerto”.
E saliendo de la casa a la calle fría e lluviosa, nos entramos en un taberno e tomamos un trago de aguardiente, no sé si por quitarnos el frío o la frialdad de la despedida.
Cuando volvimos a la casa, aún dormían los niños y el ambiente se había templado. Dudábamos entre pasar allí el día e la noche o volver a Sevilla, mas creyó Marcos conveniente dejar descansar a los niños, tomar el almuerzo e volver a casa.
Así se hizo.


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