ejamos descansar esta mañana a los pequeños por ser sábado e no haber cosa alguna que pudieran hacer, sino jugar; e para tales menesteres tendrían todo el día. Fue Su Ilustrísima a la misa matutina en paseos, que dentro de veinte minutos se llega en andando de espacio a la iglesia del pueblo cercano. Así, tomamos un café Marcos e yo y esperamos volviese para desayunarnos juntos como es costumbre en esta casa.Quedamos sentados a la mesa en pláticas e le dije habría de mostrarle a él e a Cayetano un secreto importante antes de la partida, pues sería Cayetano, e no otro, quien llevaría la economía de la casa; los pagos al servicio, el pago mensual e adelantado de la casa, la comida, la ropa e otros gastos que yo deseaba se hiciesen como si de allí no hubiésemos salido. Sintióse Cayetano con una carga que hubiese preferido no llevar, mas comprendió no se podrían hacer tales menesteres de otra forma. Advertíle que si hubiese algún problema e no supiese cómo darle solución, preguntase a don Justo, el abogado e, si aún no tenía claro el camino a seguir, manifestase a Ramón me diese un aviso secreto (el que ya sabía éste como hacer) e yo hablaría al día siguiente con él buscando la forma de no ser localizado.
Pasamos con Cayetano a mi bufete, que tras la mesa e bajo unas librerías, tenía un arca antigüa de las pocas cosas valiosas que pudieron salvarse del derrumbe de mi palacio. Sobre él, podía verse una grande llave antigüa que llamaba al ajeno a tomarla para abrir el arca, mas, advertíle que aunque la llave entraba en la cerradura, ni siquiera lo intentase. Tenía entonces que decirle que, en su interior, guardaba una gran cantidad de dinero de donde debería ir sacando partes para los pagos grandes e pequeños e que abriese la tapa con sumo cuidado e procurase hacerlo no muy a menudo.
“Señor – me dijo con extraño -, acabáis de decirme que no use la llave para abrirlo. ¿Acaso está siempre abierto?, pues ese es un gran riesgo que no quisiera correr”.
“No, amigo, nos es tal – oía Marcos con atención -, sino que si miráis en el costado derecho, veréis un contador con hasta diez cifras distintas. Cada cifra está en una rueda que gira arriba e abajo independientemente e sólo contienen éstas los números del 1 al 9. Si pulsáis este botón dorado, todas las ruedas girarán juntas de número en número”.
E miró con curiosidad e comprobó no era aquello sino un candado con una larga e, por tanto, dificultosa clave.
“¡Mirad, excelencia – me dijo -, que no tengo buenas facultades para memorizar números. Habría de apuntar la clave e ponerla a buen recaudo”.
“Nada deso habréis de hacer – aclaré -, pues con sólo memorizar una cosa fácil, daréis con la clave completa”.
“¿Una sola cosa – preguntó Marcos – puede dar la clave para abrir este arca?”.
Así, les dije que sólo habrían de recordar mi edad (treinta e dos años, según se dice) e, a partir dese número obtendrían la clave correcta.
“Si erráis e intentáis abrir la tapa, dos frascos de fino cristal verterán ácido sobre el contenido desapareciendo dinero e arca entre vapores ponzoñosos. No ha de pasar tal cosa, que obtener la clave no es nada dificultoso, mas si vieseis salir vapores, corred afuera, cerrad la puerta e no volved a entrar aquí hasta cinco días después; abrid las ventanas e, pasado un mes, arrojad los restos a la basura”.
“A fe, excelencia – dijo Cayetano -, que dejáis en mis manos una arma peligrosa”.
“No tal; oíd agora cómo os resultará muy fácil obtener la clave”.
En Sevilla e a veinte e ocho de abril del año de dos mil e siete.


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