27 abril, 2007

De la primera comunión de Antonio e Marinín

reparóse muy de temprano un altar ante las cristaleras e colgóse en las cuerdas de las velas que las tapan el crucifijo grande que había yo en mi bufete, de forma, que parecía quedar en los aires a tres metros de altura. Quitáronse la gran mesa redonda del centro e los grandes asientos e pusiéronse sillas e dos reclinatorios que preparó Ramón muy premosos e ricos, adornados con grandes ramos de flores, ante el altar.

Asistieron a la ceremonia todo el servicio con sus mejores galas; don Eduardo con su pequeño; Víctor, el maestro; la señora marquesa (que quedóse prendada de ver su casa como iglesia); don Julio, el director de la escuela donde fueran mis pequeños otrora e que asistió a Su Ilustrísima en la misa; el hermano mayor de la Santísima e Humilde Hermandad de la Caridad con el capellán de la iglesia de San Jorge (al que los acogidos llaman el «berrendo», por reverendo); e, según pensaba yo e así lo hacían mis hijos, sus mejores amigos Raúl, Fran e Benito acompañados de sus padres. De Grazalema nadie pudo asistir.

Fue la ceremonia como misa; sencilla e con homilía tan bella como nunca antes oí decir a Su Ilustrísima. E recibieron los niños por primera vez a Jesús e me miró Marinín con gran sonrisa.

E terminada la hermosa ceremonia, pasaron todos los asistentes e besaron a los niños e les entregaron regalos. Después, abrióse la puerta del comedor e apareció una mesa de muy bellos adornos e de abundantes e ricos manjares. E de allí salieron todos los pequeños con sus mostachos de xoclatl e María fuéselos limpiando.

“¡Vamos, niños! – gritó Marcos -, en el jardín tenéis una fiesta preparada ¿A qué esperáis?”.

E salieron todos corriendo e hubo en el salón muchas pláticas de los mayores e aproveché tal ocasión para decir a todos que iríamos a un largo viaje.

Siendo como es la semana de la Feria de Sevilla, no quise hacer la fiesta muy larga porque cada uno de los asistentes fuese allí a visitarla, e ya sentados con Su Ilustrísima en el salón, nos manifestó la devoción de entrambos niños al recebir el Cuerpo de Cristo e cómo sus ojos brillaban con entusiasmo.

“Sin duda alguna, sobrinos – nos dijo -, la educación dada a estos pequeños es de encomio. Muchas comuniones he visto en mi vida e no he visto el entusiasmo de recebirla, sino de llevar un traje rico e nuevos zapatos e de esperar los regalos”.

“No es sólo nuestro el esfuerzo, Ilustrísima – le dije -, pues su maestro también ha hecho su labor”.

“Decidle de mi parte cuando otra vez le veáis, que se nota inculca su educación religiosa en sus alumnos”.

El resto de los días pasarían ultimando los preparativos para el viaje pasada la semana de la Feria.

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