23 abril, 2007

De la presencia esperada en el desayuno

cabábamos de sentarnos para el desayuno – los dos cojines de los pequeños bien puestos en su sitio – cuando sonaron las campanas de la puerta: «Alguien llega».

E abrióse al poco la puerta del comedor apareciendo allí Su Ilustrísima sonriente.

“¡Tío Juan, tío Juan! – gritaban los niños - ¿habéis llegado agora?”.

Levantéme al punto con Marcos e fuimos a besar su cruz e darle la bienvenida e los pequeños le llamaban desde su asiento.

“No levantaos, hijos – díjoles -, que yo me acerco a saludaros”.

“Es así, Ilustrísima – le dije – porque estos niños tienen dos cojines”.

E hubo muchos besos e muchos susurros e le decían a Su Ilustrísima se sentase a la mesa.

“A tiempo llegáis, Ilustrísima – dijo Marcos –, para desayunarse con nosotros. Mucho habréis madrugado para estar aquí a estas horas. Sentaos, sentaos aquí e presidid e bendecid la mesa, que visita como esta no llega todos los días”.

Así, dejé mi sitio a don Juan e sentéme junto a Marcos – he de confesar que sentíame así más a placer – e trajeron café e chocolate e tostadas e dulces e bendijo Su Ilustrísima los alimentos. E comenzando estábamos a dar buen cumplimiento de aquel desayuno, cuando eché en faltar a alguien.

“Ilustrísima - le dije -, me dijisteis vendríais con Ildefonso mas ¿dónde está?”.

“En la puerta me ha dejado – dijo saboreando las tostadas – e ha ido a Sevilla a resolver unos asuntos. Quizá a medio día esté aquí con nosotros”.

“Tío Juan – dijo entonces Marinín -, pocos días nos faltan para salir de viaje e no nos habéis dado nuestra primera comunión. ¿Es eso cosa de muchos días?”.

“¡Ay, ángel mío! – contestóle con parsimonia -, hasta tres días quedan para el viaje según me ha dicho vuestro padre e, viniendo la festividad de San Marcos ¿qué mejor ocasión para recebirla. He de haber unas pláticas con los dos antes dello, mas mi nariz me dice que poca catequesis necesitáis”.

“Todo, todo lo sabemos – respondióle Antonio con la boca llena -, podéis preguntar cuanto sea menester e veréis estamos bien preparados”.

“Tal como lo decís – le dijo -, e sólo por querer recebirla, paréceme lo estáis. Esta mesma tarde he de comprobarlo”.

E habíase quedado Marinín pensativo, soltó los cubiertos e le dijo:

“¿E cómo sabíais yo soy Ángel?”.

“¡Vive Dios, que tal cosa no sabía! – respondióle Su Ilustrísima - ¿Desde cuándo lo sois?”.

“Desde ayer mesmo, Ilustrísima – dijo Marinín tomando otra vez sus cubiertos -; tío Marcos me lo ha dicho”.

“Bien disimuladas lleváis las alas”.

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