30 abril, 2007

De la llegada a la estación e la partida

o quería Marcos escribiese hasta mañana en llegando al hotel, mas hemos todos vivido tantas cosas nuevas, que he necesidad de escribirlas.

Tan temprano nos llevó Valeriano a la Estación de Santa Justa, que hubimos de esperar una buena pieza. Miraba él los grandes letreros luminosos donde se leía la hora de salida e fuíme yo con los pequeños a comprar unos dulces. Al poco, dijo Marcos nuestro tren a Barcelona (esto era sorpresa) salía por la puerta [andén] cuatro e allí nos dirigimos con nuestro pazco equipaje. Corta fue la despedida de Su Ilustrísima mas parecióme ver lágrimas en sus ojos cuando bendecía a mis niños.

Recibiónos luego una señorita a la que me pareció Marcos llamaba Azofaifa, mas no era sino una sirvienta de las que son llamadas azafatas. Pasamos entonces a esos pasillos largos que bajan sin haber que mover los pies e, al llegar abajo, otro criado nos dijo tenía preparado un coche para llevarnos hasta el nuestro. Era éste un coche pequeño, cómodo e abierto que nos llevó hasta una caseta donde entregó Marcos nuestro pasaje e, al poco, recorrimos de espacio un largo camino. Allí nos bajamos e otra desas azafatas del servicio nos dio la bienvenida e nos dijo éramos invitados a tomar un refresco o un vino. E subiendo al coche, observé no era como el AVE, sino que había largos y estrechos pasillos e puertas a un lado e ventanas al otro. Así, le dijo Marcos a los niños cuál era su dormitorio (muy pequeño, mas lujoso) donde dejaron sus cosas y entramos en el nuestro, tan pequeño e tan lujoso como el de los niños.

Pasamos el comedor, que todo un gran coche ocupaba, e llegamos a otro coche como la taberna del AVE e allí se nos dio una copa e allí hubimos unas pláticas hasta que observé que toda la estación se movía.

“No es la estación la que se mueve, Marino – dijo Marcos en risas -, nos movemos ya nosotros”.

“¿E a estas horas tempranas –preguntéle – habremos ya de ir al descanso?”.

“Nadie va a obligarnos a descansar agora – me dijo -; aquí esperaremos hasta la hora de la cena e pasaremos al comedor”.

Fue una cena exquisita e los niños miraban todo a su alrededor pues, por las ventanas, veíase nos movíamos en la noche al ver pasar las luces. El criado que nos sirvió, en viendo el comportamiento de los niños, quedó prendado e venía a hablar con ellos: «Niños como estos no se ven todos los días señores».

E ya tomado los postres e no pudiendo fumar en aquel lugar, decidimos ir al descanso.

Y dejo agora este relato que mañana, ya en el hotel, he de escribir otras cosas.

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