tro coche nos volvió a la casa e subimos al dormitorio:“Amigo del alma – le dije sin apenas voz - ¿quién iba a decirme a mí que seríais vos el que me salvaría la vida?”.
“Gracias debéis darme no por salvar vuestra vida – respondió sonriente -, sino por evitar saliésemos antes desta ciudad, que así como fuimos llegados, ya observé alguien seguía nuestros pasos”.
“¡Dios Bendito! A fe que si no siento tantos deseos de orinar, no hubierais parado el coche”.
“Así es, amigo – respondióme acercándose a la mesilla e tomando mi copa de jugo -; vuestro hijo me dio… cierto remedio para ello. Agradecedle a él vuestras ganas de parar”.
“¿Mi hijo? – exclamé - ¡Santo Dios! Desto supongo no sabrá nada”.
“No habed cuidado, que nada sabe de lo ocurrido”.
E bajando luego ya aseados e vestidos al desayuno, nos dio los buenos días Su Ilustrísima: «¡Ay, esas escapadas!».
E ya estábamos en el desayuno cuando observé nadie decía o preguntaba cosa alguna sobre el suceso matutino e, haciendo una leve reverencia con la cabeza, sonrióme Marcos e ofrecióme más café. En aquel momento, rompió Marinín el silencio e preguntóme:
“Papi, ¿se os pasó ya el malestar por no poder… ir al baño…?”.
“¡Sí, hijo! – respondíle de contento - ¡Cuánto me alegro hayáis ya comenzado a saber usar algunos remedios!”.
En Ronda, el Martes Santo día tres de abril del año de dos mil e siete.


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