bservé al abrir los ojos que Marcos me miraba sonriente:“Tomad vuestro jugo – me dijo -, que ronda mi cabeza una idea que he de manifestaros”.
“¿Qué idea es esa? – preguntéle mientras bebía -. A veces, querido Marcos, me sorprendéis, pues, o no decís nada, o todo lo decís”.
“No he de deciros todo – aseveró -, mas oíd con atención, pues esta mi idea ha de llevarse a cabo. Preparado tengo el coche para hacer un corto viaje a Grazalema vos e yo. Dejaremos a los niños aquí con Su Ilustrísima porque vivan el ambiente de la ciudad e jueguen mientras nosotros resolvemos un asunto que he de detallaros luego con más calma y en solitario. Corto será el viaje, mas provechoso, aunque sí os aconsejo llevéis vuestras armas, que no es menester deciros que, hasta que estemos a salvo, deberíais llevarlas. El resto es una sorpresa; agradable, según creo”.
“Confuso me dejáis, vive Dios – respondíle -, mas no he de negarme a hacer aquesto que decís que, si no yerro, bien habréis pensado con tiempo”.
“Os lo puedo asegurar, Marino – me señaló con el dedo -, e no negaos a venir conmigo e dejarme solo”.
Incorporándome en la cama, la miré con asombro en diciendo:
“¿Acaso pensáis os voy a dejar solo? Quédense como decís los niños con don Juan e aclaremos eso que os ronda la cabeza ¡Vamos! Si algo hay que hacer de importancia, hágase ya”.
Dejamos a todos en sueños e salimos de espacio e iba yo con mis armas e llevaba Marcos un a modo de maletín. Desta guisa, fuimos hasta el coche, que cruzando alguna calle encontramos. A él subimos despuntando ya el alba e sin tomar desayuno alguno e partimos hacia Grazalema.
Amanecía el día e iba el coche no muy veloz e Marcos me aclaraba que, aún partiendo de España, la guardia podría saber en cada momento a do íbamos e do restábamos e que habría que hacer una pequeña trampa porque perdiesen el rastro. De aquesto hablaba cuando comenzó el coche a ir más y más veloz, hasta el punto que le observé asustado:
“¡Santo Dios! ¿A qué estas priesas agora?; mirad, querido amigo, que hanme dado tales ganas de hacer aguas menores, que si no paráis al punto, habrá que lavar los asientos”.
En esto, paró bruscamente el coche e me dijo me apresurase allí entre los árboles, mas, al apearme e cerrar la puerta, vile ponerse en marcha dando la vuelta hacia Ronda a mucha velocidad. Observé entonces venían dos coches de aquel lado e con las luces encendidas aún e, pasando al lado siniestro de la carretera, hizo un giro veloz atravesando nuestro coche casi de lado a lado. Los que venían de Ronda quisieron parar, mas todos sabemos que estos coches (por ventura) no paran en el repente y los que venían intentaron parar para evitar la colisión e parecióme volvíanse locos dando vueltas mientras se deslizaban. Salió Marcos del coche con el maletín e corrió entre los árboles. Al poco, entrambos coches rondeños pegaron un fuerte golpe al nuestro e vilos cómo lo arrastraban e salía humo por doquier e bajaron dellos hasta cuatro hombres que, por su vestimenta, me parecieron guardias.
Corrí hacia ellos e les vi llevar sus manos dentro de la chaqueta e bajo el brazo mientras me miraban con mala cara. Comprendí entonces las intenciones de mi compañero e saqué mis dos pistoletes mas, cuando iba a disparar mientras me acercaba a ellos corriendo, oí un grande estruendo entre los árboles e, al punto, ardieron los coches en tremenda explosión que dejó a los guardias suspensos. Así, disparé varias veces acertando a dos dellos, empuñé mi ropera e acerquéme con sigilo a los otros dos que me observaban con espanto.
“Nada voy a preguntaros – gritéles – e nada vais a preguntarme, que antes de que llegue el alba llegará la guardia a recoger vuestro estiércol”.
E siendo mi ropera tan precisa como yo, con ella atravesé los corazones de los dos que en pie quedaron, tiré del puño con presteza, e volví a atravesar sus cuerpos por el mesmo vientre, rematando la faena con un golpe de puño en sendas seseras.
Al poco, salió Marcos sonriente de entre el follaje e apareció otro coche con luces de colores que venía de Ronda a retirar tanta basura.
E viendo yo lo sucedido tan de repente, sentí mis orines bajar por las piernas.


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