28 abril, 2007

De la fidelidad debida

ubo en la cena muchas pláticas con los pequeños, que preguntaban unas e otras cosas del viaje e a todas dábamos razones Marcos e yo e Su Ilustrísima nos escuchaba con grande atención e, terminada la cena, levantóse de primero Marcos pidiendo se le excusase por estar muy fatigado.

“No os acostéis recién comido – le dije -, que la comida lleva su curso e hay que respetarlo”.

“No tengáis cuidado, Marino – me dijo -, que quiero escribir antes de dormir, mas sí os pediría vinieseis al descanso pronto, que de tanto encerraros en el bufete apenas os veo”.

E diónos las buenas noches a todos e levantáronse los pequeños (con esfuerzo) de sus elevadas sillas e fueron a besarle e, con sonrisa sincera, hizo reverencia con la cabeza e subió de espacio las escaleras. Luego desto, dije a los niños subiesen también a su estancia, jugasen una pieza e acostáranse.

E saliendo ya al salón Su Ilustrísima conmigo, tomóme del brazo e me dijo un tanto quedo:

“Rodeado estáis de gente que os ama; no puede dudarse tal cosa. E a Marcos e a los niños no me refiero; ni a mí mesmo tampoco. El servicio os respeta, mas os ama, pues como a parte de la familia lo tratáis. Es ese Ramón…”.

“¿Qué decís, Ilustrísima? – farfullé llevándolo al bufete - ¿Acaso pensáis tengo mejor trato con unos que con otros?”.

“Erráis, sobrino – me dijo en tanto nos sentábamos -, que bien sé el cariño que a cada uno tenéis. Es María para vos mujer de cuidar entre algodones; e su marido, Cayetano, os es fiel tanto como a su esposa. Nada he de decir del trato que dais a vuestros (agora) dos hijos, que más cariño os veo hacia ellos que el que dan algunos padres a sus verdaderos hijos. A las dos mozas del servicio tratáis como sirviéndolas, mas ¡a este Ramón…!”.

“¿Qué queréis decir con esa frase cortada? – le miré con extraño - ¿Acaso pensáis le doy mejor trato que a los demás?”.

“Mejor trato – insinuó – no diría yo, mas deberíais haber cuidado con lo que decís. Incluso con vuestras miradas ¡Dios me ampare si yerro!”.

“Erráis en dos cosas, Ilustrísima – le dije con afecto -, pues aunque cada uno tiene su lugar para mí, ninguno tiene un lugar más alto que el otro. Marcos es como…, perdonad esta expresión, mi esposo; Ramón es bello por dentro e por fuera. En eso, Marcos tiene un sitio preferente en mí. Y erráis si creéis que Marcos va a asustarse de las cosas que suceden a mi en derredor, pues sabe ya de tiempo que quien me conoce cae en una trampa que él mesmo se pone. Tal cosa no puedo ni eludir ni evitar”.


“La fidelidad, hijo – concluyó -, es a veces también un sacrificio e vos le debéis a Marcos más que eso (¡Santo Dios, si alguien oyese a un obispo decir tales cosas!)”.

“La fidelidad, Ilustrísima, es tan clara entre nosotros, que nada tememos por el «que me quiten lo bailao»”.

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