16 abril, 2007

De la confirmación de la visita

ificultoso fue conciliar el sueño aquella noche e durmiendo aún Marcos desperté antes del amanecer. Cuando vi se movía, abría los ojos e me miraba, le dije necesitaba hablar con él antes del desayuno e, abriendo mucho los sus ojos, preguntóme si algo ocurría.

“Algo ocurre, Marcos, e no sé cómo manifestaros todo”.

Pensando la cuestión era de gravedad, incorporóse e pidióme nos sentásemos a la mesa del dormitorio. Abrió luego la puerta e tomó mi jugo de naranja que en la mesilla del pasillo ya estaba e lo trujo a la mesa:

“Bebed eso antes, Marino; os ayudará. E decidme luego qué cosa os atormenta tanto como para quitaros el sueño, mas tened en la mente que las labores que estamos haciendo permitirán se cumpla todo lo trazado. Sosegaos e hablad luego”.

Con esto, bebí el jugo sorbo a sorbo y en silencio mientras él me observaba. Cuando creí tenía las ideas ordenadas para narrarle lo vivido, comencé a hablar:

“No dudo de que vuestra idea es la más atinada e de que vuestra labor será valiosa para todos. Lo que deseo deciros es otra cosa, aunque a esta atañe”.

“Hablad pues con calma – me dijo tomando e apretando mi mano -; sabéis que si puedo ayudaros he de hacerlo”.

“Anoche, querido amigo, pensé dormía en mi bufete por sentirme muy cansado. Oí las campanas de la puerta (puso cara de extraño) e vi luego se abría con lentitud la de mi bufete. Asustéme de primero, pues no sabía quien venía, mas no imagináis quien entró a hacerme visita; era don Diego Benavente, según me pareció por sus rasgos americanos. Un abrigo le cubría el cuerpo e portaba una maleta”.

“¿Estáis seguro? – preguntó incrédulo - ¿Sigue en la casa?”.

“No, no. Oídme. Le dije se entrase e tomase asiento e dijo venía a darme unos consejos e así lo hizo; mas estos consejos parecían venir de otra persona. Don Diego Benavente es Atlacatl. Mirad esta nota”.

Con espanto, leyó.

“Reconocería su letra entre cientos. Es la suya. ¿E decís os pareció un sueño?”.

“Tal fue, pues en acabando los consejos, levantóse e salió de la habitación sin abrir la puerta”.

“¡Santo Dios! – exclamó -; esta nota parece confirmar no fue un sueño mas eso de la desaparición…”.

“Sus consejos fueron sabios e sé agora muy bien lo que debo hacer”.

E sin decir ninguna otra palabra, quité el sello de mi dedo e lo puse a un lado:

“Esta es mi vida y me pesa por no llevarla atinadamente. Agora sé que esta huída trazada es lo que debería haber hecho más de una vez. Mi padre ya no es Atlacatl, sino Diego Benavente, pues hasta nueve veces dijo haber huido e haber vuelto como hombre nuevo”.

Sin palabra alguna, levantóse Marcos rápidamente de su asiento, salió al pasillo e le oí hablar con Cayetano:

“No, no, señor – le dijo éste -, oí sonar las campanas de la puerta muy tarde, mas cuando fui a abrir, nadie había. Acerquéme entonces al bufete del señor e le oí hablar con otro hombre; así, volví a la cama”.

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