abló con nosotros Su Ilustrísima durante el día:“¡Ay, sobrino! ¡Cómo pasan los días!, que ya mañana es San Marcos e habrán de recebir los niños su primera comunión e habrá de prepararse el equipaje. E como pasan los días, pasan los años. No sé yo si para bien o para mal, que muchos años hemos estado sin vernos e muy unidos estamos todos agora desde hace más de uno. E a vos, Marcos, no sé cómo agradeceros lo hecho por todos nosotros. En la misa de mañana he de pedir…”.
“No, Ilustrísima – intervino Marcos poniéndose a su lado -, no quitéis importancia a la comunión de los niños. Algún día, cuando volvamos, celebraremos el día de mi santo. Dejad que los niños se sientan los únicos importantes mañana”.
“Así he de hacerlo pues así lo deseáis, mas no voy a olvidar vuestra labor e dar gracias por ello a Dios Nuestro Señor. ¡Cuántos días! ¡Cuántos descubrimientos e cuanto asedio! Lo único que me disgusta es pensar en la muerte de algunos seres, que aunque eran puros diablos, vivos estaban e nos dice Dios que nadie, sino Él mesmo, puede disponer de nuestras vidas”.
“Pensad, Ilustrísima – le dije -, que de no haber muerto ellos, no estaríais hablando agora conmigo”.
“Dios escribe derecho con renglones torcidos – respondióme -, que con vos prefiero haber estas pláticas e no con esos traidores e, por pensar esto, no creo me ponga Nuestro Señor al lado dellos”.
“¿Qué decís? – exclamé -. No estáis defendiendo la muerte desos pobres diablos que no hacen sino lo que les dicen. Si ellos no respetan la libertad e la vida de los demás, a morir se entregan. E no me parece su entrega sea justa, ni para los hombres ni para Dios. Recordad que Jesús también hablaba de nidos de víboras e sepulcros blanqueados e, llegado su momento, pidió al Padre les perdonase porque no sabían lo que hacían. Así yo les he perdonado su ignorancia, pero no voy a olvidarme de lo ocurrido porque no vuelva a ocurrirme”.
“Pronto, sobrino – paró e nos miró sonriente -, salvos estaréis desta calaña, y ésta, salva estará de vos, que no habéis hecho sino cumplir vuestra empresa”.
E ya llegada la tarde, sentáronse Marcos e Su Ilustrísima en el comedor porque supiese «el tío Juan» los pormenores de nuestro viaje. E yo me entré en mi bufete mientras oía a los niños jugar en el jardín; guardando silencio.
Sonaron unos suaves golpes a la puerta e di permiso para entrar. Abrióse de espacio la hoja e apareció Ramón (aún vestido con sus galas) e pidió la venia para haber conmigo unas pláticas.
“Pasad – le dije -, pasad e sentaos, que pocos sirvientes en tantos años de mi vida he tenido como vos e como amigo quiero me tengáis”.
“Preferiría, señor – me dijo cabizbajo -, restar en pie, pues solo quería deciros que, antes de vuestra partida, si lo creéis conveniente, yo mesmo he de bajar a las cocheras en la noche con vos por vigilar si os acechan”.
“En verdad os digo, que os hizo Dios e partió el molde”.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario