21 abril, 2007

De cómo los niños propusieron un nuevo juego

oco antes del almuerzo, acabóse al fin tanta explicación e tanta risa e repartió Marcos algunos papeles en blanco a cada uno en diciendo su nuevo nombre e pidiendo se inventase cada firma e se hiciese muchas veces hasta memorizarla. Ninguno de los presentes hubimos problema en ello y, en poco tiempo, cada uno tenía su nueva rúbrica.

Descansamos una pieza en el salón así se acercaba la hora del almuerzo e preguntaban los pequeños algunas cosas sobre su supuesta e difunta madre, los lugares de nacimiento, la vida social e algunas otras cuestiones que iban creando el mundo e la vida de una familia inexistente.

“Juguemos durante el almuerzo – propuso Antonio -; almorcemos como si ya fuésemos esas personas. ¿No hay que cambiar el carácter, no?”.

“No hijo – le dije -, atinado me parece el juego que proponéis, mas sigamos siendo como somos”.

“Razonad esto, pequeños – dijo Marcos -, así como os lo dice vuestro padre, pues seguiremos siendo los mesmos aunque nos vistamos de hábito carmelita. Lo único que cambiará serán los nombres”.

“Pues vos, tío Marcos – dijo Marinín -, no sois hermano de papá ni él hubo esposa ni Antonio es su hijo”.

“¿E os disgusta cambie eso? – preguntóle pellizcándole la nariz -. Tal vez prefiráis que Antonio no siga siendo sino un amigo vuestro”.

“¡No tal, tío Marcos! – respondióle al punto -, que pláceme sólo el pensar que vos sois hermano de mi padre e que Antonio es mi hermano”.

“Queda claro, según lo dicho – les dije -, que seguiremos siendo los mesmos, mas paréceme atinado jugar como decís, que tal cosa nos ayudará a saber si erramos o nos es fácil llamarnos de forma distinta. Cuando entremos por esa puerta – señalé al comedor – seremos esas otras personas”.

E vino al poco Cayetano e nos anunció el almuerzo estaba ya presto y esperando e, diciéndole se acercase a mí, le dije advirtiese a todo el servicio de la prueba que se iba a hacer.

Cruzando ya la puerta del comedor, volvióse a mí Marcos e me dijo:

“¿Presidís vos la mesa, hermano Diego? Sois el mayor”.

“Así será, Quino – respondíle -, que las buenas costumbres no han de perderse”.

Y en llegando a la mesa, púsose cada uno en su sitio e dijo Marinín con sorpresa:

“Papá, mucho me temo hanse llevado los cojines e no alcanzaremos a los platos. Quizá me dierais licencia para decir al servicio traiga dos dellos”.

“Licencia habéis de ir vos mesmo a recojellos, Ángel – respondile grave -, que también habremos de acostumbrarnos a no haber servicio en la casa”.

“¿Cómo? – preguntaron ambos niños al unísono - ¿Sin servicio?”.

“Sí hijos, sí – aclaréles -, que no debe verse somos familia acomodada ni noble, sino sencilla”.

E saliendo hacia el salón, parecióme oírle decía: «Jo, esto ya no me gusta tanto».

“¡Dioni, acudid y echadme una mano!”.

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