20 abril, 2007

De cómo el cuerpo cambia cuando cambian las horas

ucha fue la labor que hubo de hacerse aquella noche, mas casi toda ella la hizo Marcos e casi no hice otra cosa sino darle compaña. Muy temprano levantóse e aprestóse para las tareas necesarias, así, cuando llegó la hora del desayuno, sólo estaba yo en la mesa con los niños.

“Papá – preguntóme Antonio -, agora que ya las liciones han terminado, ¿no podríamos desayunarnos más tarde?”.

“Sí, hijo – manifestéle -, mas ¿qué aprovecha eso? Si tomamos el desayuno a la mesma hora e vamos al descanso a la mesma hora en no habiendo labores, ¿qué más importa? Si nos levantamos e nos desayunamos más tarde, todo el día cambia, pues también el almuerzo sería más tarde, e la merienda y el descanso. Si nuestro cuerpo está en costumbres sanas, ¿a qué cambiarlas? Seguiremos las mesmas horas y encontraréis más tiempo libre para vuestros juegos”.

“Papá – preguntó a continuación Marinín -, ¿es cierto que debe siempre desayunarse, almorzar, cenar e descansar a la mesma hora? He leído que aquesta disciplina es buena para el cuerpo”.

“Así como lo decís es – repuse -, que una vida desordenada no hace otra cosa sino desordenar el cuerpo, que, como ya sabréis entrambos, no es sino como una máquina perfecta de Dios e tiene su propio reloj. Observad a los perros. No portan reloj en su muñeca como nosotros, mas saben, según su instinto, la hora exacta de su paseo e de su comida. Cuando se adelanta o se atrasa la hora por aprovechar la luz (dicen), el perro sigue su horario e no entiende estos cambios”.

“¡Es cierto, papá! – exclamó Antonio -, cuando adelantan una hora, una hora antes te piden ellos su paseo e su comida”.

“Quizá no lo entendáis muy bien, hijos – concluí -, pero la naturaleza es más sabia que el hombre; e los perros no son sino una parte della”.

E fuéronse los pequeños luego a jugar a la buhardilla e yo al bufete en espera de nuevas de Marcos. Y estando el día soleado, salieron luego a jugar al jardín e yo los estuve observando por las cristaleras. Al poco, sonaron las campanas de la puerta; había vuelto Marcos.

“¡Dios Bendito! – dijo en dejándose caer en el asiento -, creí que nunca acabaría esta mañana, mas ya traigo casi todo presto para usarse”.

“Dejadme verlo – le dije ansioso -; dejarme ver esos documentos”.

“No, Marino, esperad – me dijo alzando la mano -; habremos agora un cónclave donde han de estar presentes los niños. Descansaré una pieza e todo se hablará antes del almuerzo. Luego, si dais vuestra licencia, de todo lo nuevo se hablará en la mesa por aclarar las dudas”.

“Sin duda, amigo – sentéme a su lado -, vos lleváis esos menesteres e vos sabréis lo que habrá de hacerse”.

“Pedid por caridad un bocado que me dé ánimos – me dijo entonces –, que de las horas cambiadas, traigo el cuerpo disgustado, e llamemos a los pequeños luego para las pláticas”.

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