ugábamos en la alfombra del salón Marcos, los niños e yo en tanto Su Ilustrísima estaba en sus lecturas e, oyendo nuestras risas e viendo nuestras luchas, mirábanos a veces con ojos inquisitivos e luego sonreía e movía la cabeza: «¡Qué le vamos a hacer!”.Entró Ramón e restó quedo mirándonos por ver si podía hablarme.
“¿Dios, qué os pasa? – le dije -, que nada interrumpís de importancia, sino unos juegos para pasar el tiempo”.
“Excusadme, señor – dijo -, pues sólo quería preguntaros si servimos los callos picantes. Es por los niños…”.
“Por los niños no habéis de preocuparos, María lo sabe – le dije riendo -, e ninguno de nosotros padecemos de hemorroides. Ponedlos bien picantes, que es la costumbre de la tierra y el gusto de Su Ilustrísima”.
E dando las gracias por lo aclarado, hizo reverencia e retiróse a las cocinas.
“Los callos (el menudo que aquí se llama) con garbanzos e picantes son unos de mis platos favoritos – espetó don Juan - ¿Quién se come ese plato si no pica? Sin picar me los sirvieron en cierta ocasión e pedí al sirviente trujese unas guindillas, que si no pican, paréceme no los como”.
“Siempre se han comido en mi casa picantes – le dije -, que es así como están exquisitos. A Dios gracias no he padecido en vida tan larga de hemorroides”.
“¿Qué son hemorroides? – preguntó Antonio - ¿Acaso es otro plato parecido?”.
“No es un plato, hijo – dijo don Juan -, sino un trastorno del cuerpo que se acentúa comiendo cosas picantes. Tal vez lo conozcáis por «hemorranas»”.
“Sin saber sigo de qué cosa habláis, tío Juan – insistió Antonio -, que si con los callos hemos ranas, preferiría no comerlas”.
E acercándose Marinín a Antonio, le dijo quedo:
“Callaos, hermano, que no son éstas horas de hablar desos asuntos. Luego os lo diré todo”.
E comiendo luego Antonio el menudo con garbanzos en su salsa picante, exclamó:
“Si son éstas las ranas de las que habláis habremos, un día sí e otro no las comería”.
En Sevilla e a veinte e ocho de abril del año de dos mil e siete.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario