30 abril, 2007

De la llegada a Barcelona

espertóme una voz que avisaba de que llegábamos a Barcelona. Había dormido toda la noche e no creía estuviésemos al otro lado de España.

“Buenos días – dijo mi compañero desde la parte de abajo -, un tiempo llevo ya despierto ¿Habéis dormido bien?”.

“Sin duda – le dije -, que cuando he abierto los ojos no sabía si estaba aquí o allí. Avisaré a los pequeños para el aseo e que usen las ropas adecuadas”.

“Entraré entonces primero al baño – me dijo -, que aunque es lujoso no es muy grande. Aquí os espero”.

Salí al pasillo e llamé a la puerta de los niños e me abrieron de contento, pues desde el primer rayo de luz andaban en juegos”.

“¡Vamos niños! – les dije -, pasad al aseo, que poco falta para la llegada. Poneos estos trajes e peinaros bien. Tío Marcos vendrá en una pieza por ver si todo lo hacéis como está trazado”.

Con esto, volví a nuestro pequeño dormitorio e hube de esperar unos minutos a que terminase Marcos su aseo. En verdad era pequeño el aseo e dificultoso mantenerse en pié con el movimiento del coche. Le dije fuese a mirar cómo se aseaban e se vestían los pequeños e, al salir del pequeño baño, me dijo los niños estaban muy bien aseados, bien vestidos e bien peinados.

Pasamos todos a la taberna del otro coche e tomamos un buen desayuno en tanto llegábamos a Barcelona. Poco después, tomamos nuestro equipaje e, saludados cortésmente, nos encontramos en la gran Estación de Saint Saint, que así se llamaba aquel ruidoso lugar; e luego de andar un poco e subir otro poco, salimos a una bella plaza donde nos esperaban muchos coches.

“Bon día – dijo el cochero –, senyors”.

“Buenos días – repuso Marcos con acento andaluz -; llévenos al Hotel Princesa Sofía”.

“¡Andaluces! – dijo el hombre del ¡taxi! -; de Granada soy yo e ya llevo aquí algunos años”.

“Andaluces – le dije -, e castellanos. Españoles al cabo”.

“Pronto estarán vuesas mercedes en el hotel – nos dijo -, que no está muy lejos en esta ciudad tan grande”.

E iba a tal velocidad recorriendo las calles, que manifesté:

“Pronto esperamos llegar sanos e salvos”.

Memento: Se acerca Mayo

Dormía dentro de sólo unos minutos, cuando oí en la litera de abajo Marcos entonaba una melodía me era muy conocida. Quedé en silencio en oyéndole e observando pasar por la ventana las luces. Cuando terminó la melodía, asoméme a verle.

“¡Marcos! – le llamé en susurros - ¿Acaso no podéis dormir?”.

“Sí, Marino – contestóme también en voz baja -, muy fatigado estoy”.

“Parecióme oíros entonar algo que conozco – le dije -, es una bella canción moderna”.

“¿Moderna? – asomóse a mirarme - ¡Es del siglo pasado! ¿No la conocéis?”.

Y en diciendo esto, miré al cercano techo e púseme a cantar muy quedo aquella canción:

When I was small, and Christmas trees were tall,
we used to love while others used to play.
Don't ask me why, but time has passed us by,
someone else moved in from far away.

Now we are tall, and Christmas trees are small,
and you don't ask the time of day.
But you and I, our love will never die,
but guess who'll cry come first of May.

The apple tree that grew for you and me,
I watched the apples falling one by one.
And as I recall the moment of them all,
the day I kissed your cheek and you were gone.

Now we are tall, and Christmas trees are small,
and you don't ask the time of day.
But you and I, our love will never die,
but guess who'll cry… come first of May.

OÍR AQUÍ

De la llegada a la estación e la partida

o quería Marcos escribiese hasta mañana en llegando al hotel, mas hemos todos vivido tantas cosas nuevas, que he necesidad de escribirlas.

Tan temprano nos llevó Valeriano a la Estación de Santa Justa, que hubimos de esperar una buena pieza. Miraba él los grandes letreros luminosos donde se leía la hora de salida e fuíme yo con los pequeños a comprar unos dulces. Al poco, dijo Marcos nuestro tren a Barcelona (esto era sorpresa) salía por la puerta [andén] cuatro e allí nos dirigimos con nuestro pazco equipaje. Corta fue la despedida de Su Ilustrísima mas parecióme ver lágrimas en sus ojos cuando bendecía a mis niños.

Recibiónos luego una señorita a la que me pareció Marcos llamaba Azofaifa, mas no era sino una sirvienta de las que son llamadas azafatas. Pasamos entonces a esos pasillos largos que bajan sin haber que mover los pies e, al llegar abajo, otro criado nos dijo tenía preparado un coche para llevarnos hasta el nuestro. Era éste un coche pequeño, cómodo e abierto que nos llevó hasta una caseta donde entregó Marcos nuestro pasaje e, al poco, recorrimos de espacio un largo camino. Allí nos bajamos e otra desas azafatas del servicio nos dio la bienvenida e nos dijo éramos invitados a tomar un refresco o un vino. E subiendo al coche, observé no era como el AVE, sino que había largos y estrechos pasillos e puertas a un lado e ventanas al otro. Así, le dijo Marcos a los niños cuál era su dormitorio (muy pequeño, mas lujoso) donde dejaron sus cosas y entramos en el nuestro, tan pequeño e tan lujoso como el de los niños.

Pasamos el comedor, que todo un gran coche ocupaba, e llegamos a otro coche como la taberna del AVE e allí se nos dio una copa e allí hubimos unas pláticas hasta que observé que toda la estación se movía.

“No es la estación la que se mueve, Marino – dijo Marcos en risas -, nos movemos ya nosotros”.

“¿E a estas horas tempranas –preguntéle – habremos ya de ir al descanso?”.

“Nadie va a obligarnos a descansar agora – me dijo -; aquí esperaremos hasta la hora de la cena e pasaremos al comedor”.

Fue una cena exquisita e los niños miraban todo a su alrededor pues, por las ventanas, veíase nos movíamos en la noche al ver pasar las luces. El criado que nos sirvió, en viendo el comportamiento de los niños, quedó prendado e venía a hablar con ellos: «Niños como estos no se ven todos los días señores».

E ya tomado los postres e no pudiendo fumar en aquel lugar, decidimos ir al descanso.

Y dejo agora este relato que mañana, ya en el hotel, he de escribir otras cosas.

29 abril, 2007

Del cambio del día de la partida

izo por la tarde Su Ilustrísima unas oraciones por no haber sufrido quebranto alguno en mañana tan peligrosa e, incluso, por las almas de los fallecidos en la lucha. Hubo pocas pláticas e los niños no jugaron, sino que restaron quedos e sentados junto a su padre e sus tíos.

Esperábamos la llamada del inspector por saber si podría cambiarse el viaje e, ya eran las cinco, cuando sonó el teléfono:

“Excelencia – dijo una voz grave del inspector -, los pasajes ocupados por las fiestas se han cambiado. Habéis pues dos habitaciones dobles con baño. En la Estación de Santa Justa deberéis estar antes de las nueve de la noche, pues parte a los veinte minutos”.

“Gracias, inspector – le dije -; no sé cómo agradeceros lo hecho”.

“No sé yo cómo agradeceros los hecho por vos, excelencia – contestóme nervioso -, que no pude detener cuantos coches hubiesen sido menester. Partid hoy mesmo e decid a don Marcos adelante el día de llegada al hotel e cualquiera otra cosa”.

“Así lo haré – le dije – e sabed tengo conocimientos de cómo daros a todos aviso sin que se sepa do estamos”.

“Sed cuidadoso con eso – insistió -; no cometáis errores que lleve a esta guardia a do vayáis. Os deseo un buen viaje, que aunque lujoso, será fatigoso”.

E luego de hablar esto con el inspector, así se lo dije a Marcos, que antes de las nueve deberíamos estar en la estación.

Di aviso a Valeriano por haber cambios e menos de quince minutos tardó en aparecer.

“Si no os es de estorbo, sobrino – me dijo Su Ilustrísima -, a la estación quisiera acompañaros e, siendo ya noche cuando partáis, desearía quedarme en esta casa y esperar a que viniese Ildefonso a recogerme para volver a Ronda”.

“Nada deso habréis de hacer, Ilustrísima – respondióle Valeriano -, que en partiendo ellos, yo mesmo he traeros a casa e yo mesmo os llevaré a la hora que deseéis a Ronda”.

“Vuestro gesto agradezco, Valeriano – le dijo don Juan -; luego veremos la hora oportuna para entrambos, que no he menesteres en Ronda e no es necesario madruguéis”.

Y pensé el resto de los acontecimientos del día debería ya escribir mañana, que la tarde se venía muy apretada.

De las despedidas: Los traidores (3/3)

speramos varios minutos que pareciéronnos interminables, hasta oír un gran ruido de coches acercarse. Pusímosnos en guardia e arrodillóse Su Ilustrísima, no sé si por hacer su oraciones más fuertes o por quedar un poco oculto.

Al llegar los coches (todos ellos negros) a la esquina de nuestra calle, encontraron el grande obstáculo que allí se había puesto. Bajaron hasta seis hombres por apartarlo, mas, haciendo la calle cuesta arriba, no podían retirarlos. Subieron a los coches e vimos se iba cumpliendo el trazado, pues siguieron calle abajo.

Al encontrar el camino a la izquierda, hicieron una corta parada e por él se entraron; la segunda parte del trazado, la definitiva, se iba cumpliendo.

Al poco de subir hasta doce coches por el camino, comenzó a levantarse el polvo en gran nube que les cegó, pues les quedaba el sol en la parte frontera y el viento de cola. Parecióme entonces los primeros coches se detenían e no podían subir la pendiente. Todos los coches estaban ya dentro del huerto. Tomé mi pluma de plata e la puse en alto mas, desde la casa, oí la voz de Marinín:

“¡No, papá, no usadla, que tiempo no he tenido para prepararla!”.

Mas, haciéndola girar a un lado e otro, veía con claridad el reflejo del sol en la plata iba dando en cada uno de los coches a través de la nube de polvo.

“¡La pluma de plata!” – oí gritar a alguien desde uno de los coches - ¡Estamos en peligro!”.

E haciendo una señal hacia el lado donde parecíame estaban ocultos don Eduardo e Marcos, fui dirigiendo el rayo de sol a cada coche de más abajo. Al punto, un estruendo ensordecedor salió de entre las plantaciones. Las balas mortales de los fusiles alcanzaron de primero a los coches de abajo impidiendo los demás retrocedieran. E así, coche tras coche, fueron todos saltando por los aires en explosión tan grande que el calor de las llamas sentíamos en nuestra piel.

No deseaba yo hacer daño sino a los coches (e sus ocupantes), mas comenzaron las plantas secas del huerto a arder en grandes llamas e, cuando vinieron a priesa don Eduardo e Marcos, corrimos a la casa, buscamos a las mujeres e los niños e comenzamos a oír esas «sirenas» de las que hablase «el chusco» una vez.

Subimos al salón e trujo María mantas por arropar a los pequeños que, aunque temblaban, no era frío lo que tenían. No hubo llanto alguno; ni de hombre ni de mujer ni de niño, sino un grande silencio sólo roto por el estruendo de los coches de la guardia e los grandes coches que vinieron con depósitos de agua a apagar el fuego que pudiese llegar a las casas.

Poco después, oyéronse las campanas de la puerta e fui yo mesmo a abrir.

“Excelencia – dijo el inspector descubriéndose -, un ejército habéis formado con una sencilla pluma de plata. Os aconsejaría no esperaseis al día de la partida. Siendo fiesta en Sevilla e dentro de otros dos días en toda España y en Madrid, yo mesmo he dar órdenes de que se os cedan los pasajes para partir esta mesma noche. Vuestra hazaña encomiable atraerá a otro ejército aún más preparado”.

“Pasad, inspector – le dije -, aún no hemos desayunado”.

De las despedidas: Los traidores (2/3)

esde el centro del salón grité en alarma porque acudiesen Cayetano e Ramón e Marcos e salió también Su Ilustrísima con pavor: «¿Qué cosa ocurre?».

“A los hombres quiero conmigo como ejército, aunque sea sin armas, pues se acercan los traidores. No hay tiempo que perder agora. Os diré lo que habrá que hacer”.

E vi cómo salía corriendo Antonio hacia la calle en ropas de dormir.

“¡Dios mío! ¡Parad a ese niño! – grité - ¡En peligro está!”.

Mas cuando volvió Cayetano por haberse apresurado a darle alcance, dijo en la casa de don Eduardo le vio entrar.

“Paréceme, excelencia – dijo en ijadeando -, que vuestro hijo ha ido a dar aviso a nuestro vecino”.

“No hay armas que tomar – les dije -, sino que habremos de cumplir una estrategia. ¡Rápido! Traed todo el vinagre existente en la casa e cuantas puntas de hierro afilado tengamos”.

“En el jardín, papá – me dijo Marinín asustado -, hay mucho alambre con espinos”.

E fue Marcos apresurado con el niño a buscarlo e lo trajeron al salón y, en una corta pieza, apareció don Eduardo con su maletín e su hijo en brazos.

“¡Llevad al pequeño con las mujeres al fondo de los sótanos! – grité -. Los hombres, dejaremos caer los recipientes de basura calle abajo. Todo cuanto podamos poner para impedir suban por esta calle; desta forma, habrán de seguir la calle abajo e cruzar por el camino del huerto para llegar aquí. Allí los esperaremos; nos los llevaremos al huerto”.

“Armados vienen, Mi Coronel – aclaró don Eduardo -, e armados debemos recebirlos”.

E mientras esto decía, vi cómo él e Marcos armaban dos fusiles: el que entregó a Marcos e otro que traía.

“Este es el plan – les dije alzando la voz -; mucho peligro corremos mas de Dios espero ponga su mano. Bajarán los niños (¡Dios Santo!, exclamó don Juan) por el huerto y en el camino del huerto que viene hacia arriba, esparcirán de primero todas las puntas de hierro e, ayudados por Cayetano luego, extenderán en el suelo todo ese alambre lleno de espinos. Luego desto, verterán el vinagre sobre ellos. Apostados camino arriba, de espaldas al sol, esperaremos la llegada de los coches. Nadie sabe si las puntas e los alambres los detendrán. Mientras tanto, he de esperarlos donde el camino de tierra vuelve hacia nuestra casa. Con la pluma de plata. ¡Corramos!”.

Marcos e don Eduardo hablaron entre sí por saber el sitio donde quedarían apostados, pues necesitaban (eso pensé) alcanzar con sus fusiles a los coches desde un lado e ocultos entre el sembrado.

Recogimos las cajas de basura con ruedas e las fuimos dejando caer hasta poner hasta seis dellas (e muebles pesados e viejos) a la entrada de nuestra calle, e por ser domingo, pesadas eran por estar llenas de basuras. Corrimos calle arriba e bajamos por el camino del huerto. Marcos y don Eduardo, como yo había pensado, siguieron por los sembrados a ocultarse más lejos e más abajo.

“¡Niños! – grité -, corred agora agachados a la casa e bajad a los sótanos con María y Edu ¡A la orden!”.

Así, quedamos los adultos preparados en espera e Su Ilustrísima, a mi diestra, rezaba el rosario.

De las despedidas: Los traidores (1/3)

espertaba mirando mi copa de jugo e pensando en el viaje mientras Marcos seguía en profundos sueños. El tiempo de primavera avanza hacia el verano y el sol hace ya los días más largos, amaneciendo más de mañana e anocheciendo más tarde. Sabía que un simple movimiento despertaría a mi compañero e permanecí inmóvil mas parecióme oír sonaba el teléfono secreto en la lejanía de mi despacho. Sonaron unos golpes a la puerta (que despertaron a Marcos) e me incorporé: «¿Quién va?».

“¡Excelencia – era Cayetano un tanto nervioso -, al teléfono secreto os dan aviso urgente e paréceme es la voz del inspector De Lema!”.

Dimos un salto de la cama Marcos e yo e bajamos con la camisa e a priesa hasta el bufete.

“Excelencia – era la voz del inspector -, no quiero penséis no estoy pendiente de vos”.

“Buenos días, inspector – le dije -, he de agradeceros la merced que hacéis con vuestra vigilancia pero, decidme, una llamada tan de mañana no paréceme una simple vigilia”.

“E no lo es, excelencia – dijo con gravedad e rapidez -, pues así os dije que lo que sabía la guardia buena lo sabía la mala e lo que sabía la mala lo sabía la buena, ha llegado a mis oídos, no ha minutos, que hasta veinte coches llenos de guardias armados se dirigen a vuestra casa. Tomad pues esa pluma de metal que decís (de plata, le dije) e procurad no borrar de un plumazo todo el barrio donde vivís, sino sólo los coches”.

“Habíame parecido oíros decir – levanté la voz -, que vos mesmo mantendríais a esa guardia indeseable a más de diez millas de mi casa”.

“No sabéis, Mi Comandante – tragó saliva -, los esfuerzos que para ello he tenido que hacer, mas esta gente, por ser traidora, es mejor guardia de asalto que la propia guardia que yo llevo a mis órdenes. He de intentar frenar, de alguna forma o manera, todos los coches que pueda, mas de seguro recebiréis la visita de hasta diez coches si no puedo poner el remedio”.

“¿El remedio, decís? – preguntéle pensando -; perdonad no pierda más un minuto en preparar la defensa e agradecido os quedo por el aviso”.

28 abril, 2007

De cómo deben comerse los callos

ugábamos en la alfombra del salón Marcos, los niños e yo en tanto Su Ilustrísima estaba en sus lecturas e, oyendo nuestras risas e viendo nuestras luchas, mirábanos a veces con ojos inquisitivos e luego sonreía e movía la cabeza: «¡Qué le vamos a hacer!”.

Entró Ramón e restó quedo mirándonos por ver si podía hablarme.

“¿Dios, qué os pasa? – le dije -, que nada interrumpís de importancia, sino unos juegos para pasar el tiempo”.

“Excusadme, señor – dijo -, pues sólo quería preguntaros si servimos los callos picantes. Es por los niños…”.

“Por los niños no habéis de preocuparos, María lo sabe – le dije riendo -, e ninguno de nosotros padecemos de hemorroides. Ponedlos bien picantes, que es la costumbre de la tierra y el gusto de Su Ilustrísima”.

E dando las gracias por lo aclarado, hizo reverencia e retiróse a las cocinas.

“Los callos (el menudo que aquí se llama) con garbanzos e picantes son unos de mis platos favoritos – espetó don Juan - ¿Quién se come ese plato si no pica? Sin picar me los sirvieron en cierta ocasión e pedí al sirviente trujese unas guindillas, que si no pican, paréceme no los como”.

“Siempre se han comido en mi casa picantes – le dije -, que es así como están exquisitos. A Dios gracias no he padecido en vida tan larga de hemorroides”.

“¿Qué son hemorroides? – preguntó Antonio - ¿Acaso es otro plato parecido?”.

“No es un plato, hijo – dijo don Juan -, sino un trastorno del cuerpo que se acentúa comiendo cosas picantes. Tal vez lo conozcáis por «hemorranas»”.

“Sin saber sigo de qué cosa habláis, tío Juan – insistió Antonio -, que si con los callos hemos ranas, preferiría no comerlas”.

E acercándose Marinín a Antonio, le dijo quedo:

“Callaos, hermano, que no son éstas horas de hablar desos asuntos. Luego os lo diré todo”.

E comiendo luego Antonio el menudo con garbanzos en su salsa picante, exclamó:

“Si son éstas las ranas de las que habláis habremos, un día sí e otro no las comería”.

En Sevilla e a veinte e ocho de abril del año de dos mil e siete.

Problema de Lógica: La Secuencia del Capitán

A partir del número 32, obténgase una clave de hasta 10 cifras. El resultado ha de ser el siguiente:
4368425616

¿Cómo se llega a obtener esta clave? Reto a mis lectores hagan pruebas e, si alguno diese con la fórmula usada antes del día 9 de mayo de 2007, visite la página Sinopsis. En ella encontrará cómo enviarme la solución. A partir desta fecha, todos los lectores que me escriban recibirán la solución e sólo aquél que primero envíe la correcta, recebirá una caja plateada de aquellas donde se introducen esos relucientes discos llamados DVD, de la marca Vieta.

Un Ayuda: Recuérdese la «Secuencia de Fibonacci».

De la Secuencia del Capitán

ejamos descansar esta mañana a los pequeños por ser sábado e no haber cosa alguna que pudieran hacer, sino jugar; e para tales menesteres tendrían todo el día. Fue Su Ilustrísima a la misa matutina en paseos, que dentro de veinte minutos se llega en andando de espacio a la iglesia del pueblo cercano. Así, tomamos un café Marcos e yo y esperamos volviese para desayunarnos juntos como es costumbre en esta casa.

Quedamos sentados a la mesa en pláticas e le dije habría de mostrarle a él e a Cayetano un secreto importante antes de la partida, pues sería Cayetano, e no otro, quien llevaría la economía de la casa; los pagos al servicio, el pago mensual e adelantado de la casa, la comida, la ropa e otros gastos que yo deseaba se hiciesen como si de allí no hubiésemos salido. Sintióse Cayetano con una carga que hubiese preferido no llevar, mas comprendió no se podrían hacer tales menesteres de otra forma. Advertíle que si hubiese algún problema e no supiese cómo darle solución, preguntase a don Justo, el abogado e, si aún no tenía claro el camino a seguir, manifestase a Ramón me diese un aviso secreto (el que ya sabía éste como hacer) e yo hablaría al día siguiente con él buscando la forma de no ser localizado.

Pasamos con Cayetano a mi bufete, que tras la mesa e bajo unas librerías, tenía un arca antigüa de las pocas cosas valiosas que pudieron salvarse del derrumbe de mi palacio. Sobre él, podía verse una grande llave antigüa que llamaba al ajeno a tomarla para abrir el arca, mas, advertíle que aunque la llave entraba en la cerradura, ni siquiera lo intentase. Tenía entonces que decirle que, en su interior, guardaba una gran cantidad de dinero de donde debería ir sacando partes para los pagos grandes e pequeños e que abriese la tapa con sumo cuidado e procurase hacerlo no muy a menudo.

“Señor – me dijo con extraño -, acabáis de decirme que no use la llave para abrirlo. ¿Acaso está siempre abierto?, pues ese es un gran riesgo que no quisiera correr”.

“No, amigo, nos es tal – oía Marcos con atención -, sino que si miráis en el costado derecho, veréis un contador con hasta diez cifras distintas. Cada cifra está en una rueda que gira arriba e abajo independientemente e sólo contienen éstas los números del 1 al 9. Si pulsáis este botón dorado, todas las ruedas girarán juntas de número en número”.

E miró con curiosidad e comprobó no era aquello sino un candado con una larga e, por tanto, dificultosa clave.

“¡Mirad, excelencia – me dijo -, que no tengo buenas facultades para memorizar números. Habría de apuntar la clave e ponerla a buen recaudo”.

“Nada deso habréis de hacer – aclaré -, pues con sólo memorizar una cosa fácil, daréis con la clave completa”.

“¿Una sola cosa – preguntó Marcos – puede dar la clave para abrir este arca?”.

Así, les dije que sólo habrían de recordar mi edad (treinta e dos años, según se dice) e, a partir dese número obtendrían la clave correcta.

“Si erráis e intentáis abrir la tapa, dos frascos de fino cristal verterán ácido sobre el contenido desapareciendo dinero e arca entre vapores ponzoñosos. No ha de pasar tal cosa, que obtener la clave no es nada dificultoso, mas si vieseis salir vapores, corred afuera, cerrad la puerta e no volved a entrar aquí hasta cinco días después; abrid las ventanas e, pasado un mes, arrojad los restos a la basura”.

“A fe, excelencia – dijo Cayetano -, que dejáis en mis manos una arma peligrosa”.

“No tal; oíd agora cómo os resultará muy fácil obtener la clave”.

En Sevilla e a veinte e ocho de abril del año de dos mil e siete.

De la fidelidad debida

ubo en la cena muchas pláticas con los pequeños, que preguntaban unas e otras cosas del viaje e a todas dábamos razones Marcos e yo e Su Ilustrísima nos escuchaba con grande atención e, terminada la cena, levantóse de primero Marcos pidiendo se le excusase por estar muy fatigado.

“No os acostéis recién comido – le dije -, que la comida lleva su curso e hay que respetarlo”.

“No tengáis cuidado, Marino – me dijo -, que quiero escribir antes de dormir, mas sí os pediría vinieseis al descanso pronto, que de tanto encerraros en el bufete apenas os veo”.

E diónos las buenas noches a todos e levantáronse los pequeños (con esfuerzo) de sus elevadas sillas e fueron a besarle e, con sonrisa sincera, hizo reverencia con la cabeza e subió de espacio las escaleras. Luego desto, dije a los niños subiesen también a su estancia, jugasen una pieza e acostáranse.

E saliendo ya al salón Su Ilustrísima conmigo, tomóme del brazo e me dijo un tanto quedo:

“Rodeado estáis de gente que os ama; no puede dudarse tal cosa. E a Marcos e a los niños no me refiero; ni a mí mesmo tampoco. El servicio os respeta, mas os ama, pues como a parte de la familia lo tratáis. Es ese Ramón…”.

“¿Qué decís, Ilustrísima? – farfullé llevándolo al bufete - ¿Acaso pensáis tengo mejor trato con unos que con otros?”.

“Erráis, sobrino – me dijo en tanto nos sentábamos -, que bien sé el cariño que a cada uno tenéis. Es María para vos mujer de cuidar entre algodones; e su marido, Cayetano, os es fiel tanto como a su esposa. Nada he de decir del trato que dais a vuestros (agora) dos hijos, que más cariño os veo hacia ellos que el que dan algunos padres a sus verdaderos hijos. A las dos mozas del servicio tratáis como sirviéndolas, mas ¡a este Ramón…!”.

“¿Qué queréis decir con esa frase cortada? – le miré con extraño - ¿Acaso pensáis le doy mejor trato que a los demás?”.

“Mejor trato – insinuó – no diría yo, mas deberíais haber cuidado con lo que decís. Incluso con vuestras miradas ¡Dios me ampare si yerro!”.

“Erráis en dos cosas, Ilustrísima – le dije con afecto -, pues aunque cada uno tiene su lugar para mí, ninguno tiene un lugar más alto que el otro. Marcos es como…, perdonad esta expresión, mi esposo; Ramón es bello por dentro e por fuera. En eso, Marcos tiene un sitio preferente en mí. Y erráis si creéis que Marcos va a asustarse de las cosas que suceden a mi en derredor, pues sabe ya de tiempo que quien me conoce cae en una trampa que él mesmo se pone. Tal cosa no puedo ni eludir ni evitar”.


“La fidelidad, hijo – concluyó -, es a veces también un sacrificio e vos le debéis a Marcos más que eso (¡Santo Dios, si alguien oyese a un obispo decir tales cosas!)”.

“La fidelidad, Ilustrísima, es tan clara entre nosotros, que nada tememos por el «que me quiten lo bailao»”.

De los que sabemos lo que se cuece

onaron unos suaves golpes en la puerta:

“¿Excelencia? – oí a Ramón desde afuera - ¿Dais la venia?”.

“Pasad Ramón, pasad – le dije -, que lo que tengo que deciros es breve e algo dello ya conocéis. Sentaos”.

“¡Ay, excelencia! – exclamó -, que cuanto más os veo en preparativos e cómo pasan los días, más pronto veo llega el momento de la partida”.

“Cual vos pienso, Ramón – le dije -, que aunque veo necesario hacer este viaje, os aseguro prefiero el riesgo sin moverme desta casa. Pasemos agora al asunto pues, como ya sabéis, no quedará en esta casa persona alguna que conozca estas máquinas del diablo sino vos. Nada que desconozcáis habréis de hacer. Este estuche portátil no es sino una copia del mío personal (aunque algunas cosas no aparezcan, le hice un guiño). Lo pondréis en vuestra alcoba e recebiréis a diario correo mío, «encriptado», como dice mi hijo e para mí no es sino un galimatías. Si pasáis ese escrito incompresible por esta «herramienta» que mi propio hijo ha fabricado, obtendréis el escrito original. El resto, ya lo sabéis; dirección, nombre, contraseña…”.

E restó quedo mirándome como con embeleso e me dijo luego:

“Me asombran vuestros conocimientos, excelencia, e más me asombran los de vuestro hijo. Siento dentro la pena de haberos conoscido agora e no antes”.

“No penéis por cosa tal – le dije sonriendo -, que pronto nos tendréis aquí. Sé que el servicio que dejo a cargo de la casa no es mejorable, mas quisiera que, en forma de clave, introdujeseis en mi diario cualquier cosa que no fuese por su camino. En vos confío pues sois vos quien destas cosas sabe, mas aseguraos de no enviar correo alguno a la dirección desde donde recebiréis los escritos”.

“Sé ningún dato habréis de recebir allí donde valláis – dijo seguro -, pues estaría revelando vuestro destino. No habed cuidado”.

“Para terminar – le dije -, quiero me prometáis colaborar con Cayetano en cuanto haga. Un amigo os considero”.

“Y… como amigo – me dijo azorado -, ¿puedo besaros agora por vuestra confianza?”.

“Nada voy a negaros, ya sabéis que…”.

Y en saliendo del bufete de contento e como en baile, iba diciendo:

“¡Que buen vasallo sería yo si hobiera este buen señor!”.

De mi trazado para no abandonar este diario

e entró Marcos en el bufete mientras escribía yo este mi diario, al atardecer, e acercóse de espacio mirándome con intriga y con una sonrisa en la boca.

“¿Termináis ya vuestro diario? – me dijo - ¿o acaso pensáis seguir escribiéndolo allí do vayamos?”.

“Vuestra pregunta, Marcos – le dije mirándole fijamente -, paréceme entenderla de otra forma. Si quisiéredes saber lo que voy a hacer con estos escritos, preguntadlo”.

“Así como darían con nosotros por usar los mesmos teléfonos en cualquier rincón deste mundo – dijo paseando -, es fácil para la guardia dar con vos si ponéis esos textos desde quién sabe dónde”.

“Por poco cultivado me tenéis – le dije sin dejar de escribir -, que desde Chuti a mi hijo, en pasando por vos mesmo e la literatura leída, desto de la «red» tal vez conozca más que vos”.

“Nada dello me habéis dicho – respondióme con sospecha -; quizá sea porque no es tal el conocimiento que habéis o quizá porque lo ocultáis”.

“Quizá – le dije grave – no me interese se sepan mis conocimientos. Nada os oculto, querido Marcos mas, si no preguntáis, prefiero callar”.

“Prenguntándoos estoy – dejóse caer sobre la mesa -, pues si enviáis esos textos a «la red» desde nuestro futuro escondite, ya no seremos salvos”.

“Tiene esta casa – le dije – hasta cinco estuches portátiles e hasta tres máquinas que entre ellas se conectan; por el aire. Excusaos de que no use esos nombres que se le dan a estas máquinas, que por ignorancia no lo hago, sino por desafecto a esa jerga. Unidos los datos de todos ellos, pueden enviarse a cualquier parte del mundo ¿No es así? (asintió). Y esos datos van marcados con un número (IP) que señala a esta casa. Si envío los datos desde nuestro «futuro escondite», sabrá la guardia al punto do hallarnos. Pues en tal empresa me hallo yo que, aunque vos no sepáis, los escritos diarios saldrán desta casa”.

“E… ¿cómo haréis eso? – preguntóme con extraño -; no veo la forma de escribir desde aquí si estáis allí”.

“Mucho me temo, amigo – le dije -, que habréis de dar un buen repaso a los libros o preguntar a Marinín. El trazado es simple e ya está preparado”.

“¿E no vais a decirme cómo lo haréis? – sintióse perdido -. Es vuestra decisión, mas no erréis, Marino, que no es sólo vuestra vida la que queda al descubierto”.

E un tanto enojado fue a salir del bufete cuando le dije diese aviso a Ramón.

“Paréceme algo cocináis” – sonrió -.

27 abril, 2007

De la primera comunión de Antonio e Marinín

reparóse muy de temprano un altar ante las cristaleras e colgóse en las cuerdas de las velas que las tapan el crucifijo grande que había yo en mi bufete, de forma, que parecía quedar en los aires a tres metros de altura. Quitáronse la gran mesa redonda del centro e los grandes asientos e pusiéronse sillas e dos reclinatorios que preparó Ramón muy premosos e ricos, adornados con grandes ramos de flores, ante el altar.

Asistieron a la ceremonia todo el servicio con sus mejores galas; don Eduardo con su pequeño; Víctor, el maestro; la señora marquesa (que quedóse prendada de ver su casa como iglesia); don Julio, el director de la escuela donde fueran mis pequeños otrora e que asistió a Su Ilustrísima en la misa; el hermano mayor de la Santísima e Humilde Hermandad de la Caridad con el capellán de la iglesia de San Jorge (al que los acogidos llaman el «berrendo», por reverendo); e, según pensaba yo e así lo hacían mis hijos, sus mejores amigos Raúl, Fran e Benito acompañados de sus padres. De Grazalema nadie pudo asistir.

Fue la ceremonia como misa; sencilla e con homilía tan bella como nunca antes oí decir a Su Ilustrísima. E recibieron los niños por primera vez a Jesús e me miró Marinín con gran sonrisa.

E terminada la hermosa ceremonia, pasaron todos los asistentes e besaron a los niños e les entregaron regalos. Después, abrióse la puerta del comedor e apareció una mesa de muy bellos adornos e de abundantes e ricos manjares. E de allí salieron todos los pequeños con sus mostachos de xoclatl e María fuéselos limpiando.

“¡Vamos, niños! – gritó Marcos -, en el jardín tenéis una fiesta preparada ¿A qué esperáis?”.

E salieron todos corriendo e hubo en el salón muchas pláticas de los mayores e aproveché tal ocasión para decir a todos que iríamos a un largo viaje.

Siendo como es la semana de la Feria de Sevilla, no quise hacer la fiesta muy larga porque cada uno de los asistentes fuese allí a visitarla, e ya sentados con Su Ilustrísima en el salón, nos manifestó la devoción de entrambos niños al recebir el Cuerpo de Cristo e cómo sus ojos brillaban con entusiasmo.

“Sin duda alguna, sobrinos – nos dijo -, la educación dada a estos pequeños es de encomio. Muchas comuniones he visto en mi vida e no he visto el entusiasmo de recebirla, sino de llevar un traje rico e nuevos zapatos e de esperar los regalos”.

“No es sólo nuestro el esfuerzo, Ilustrísima – le dije -, pues su maestro también ha hecho su labor”.

“Decidle de mi parte cuando otra vez le veáis, que se nota inculca su educación religiosa en sus alumnos”.

El resto de los días pasarían ultimando los preparativos para el viaje pasada la semana de la Feria.

24 abril, 2007

De cuando el pecado se vuelve virtud

abló con nosotros Su Ilustrísima durante el día:

“¡Ay, sobrino! ¡Cómo pasan los días!, que ya mañana es San Marcos e habrán de recebir los niños su primera comunión e habrá de prepararse el equipaje. E como pasan los días, pasan los años. No sé yo si para bien o para mal, que muchos años hemos estado sin vernos e muy unidos estamos todos agora desde hace más de uno. E a vos, Marcos, no sé cómo agradeceros lo hecho por todos nosotros. En la misa de mañana he de pedir…”.

“No, Ilustrísima – intervino Marcos poniéndose a su lado -, no quitéis importancia a la comunión de los niños. Algún día, cuando volvamos, celebraremos el día de mi santo. Dejad que los niños se sientan los únicos importantes mañana”.

“Así he de hacerlo pues así lo deseáis, mas no voy a olvidar vuestra labor e dar gracias por ello a Dios Nuestro Señor. ¡Cuántos días! ¡Cuántos descubrimientos e cuanto asedio! Lo único que me disgusta es pensar en la muerte de algunos seres, que aunque eran puros diablos, vivos estaban e nos dice Dios que nadie, sino Él mesmo, puede disponer de nuestras vidas”.

“Pensad, Ilustrísima – le dije -, que de no haber muerto ellos, no estaríais hablando agora conmigo”.

“Dios escribe derecho con renglones torcidos – respondióme -, que con vos prefiero haber estas pláticas e no con esos traidores e, por pensar esto, no creo me ponga Nuestro Señor al lado dellos”.

“¿Qué decís? – exclamé -. No estáis defendiendo la muerte desos pobres diablos que no hacen sino lo que les dicen. Si ellos no respetan la libertad e la vida de los demás, a morir se entregan. E no me parece su entrega sea justa, ni para los hombres ni para Dios. Recordad que Jesús también hablaba de nidos de víboras e sepulcros blanqueados e, llegado su momento, pidió al Padre les perdonase porque no sabían lo que hacían. Así yo les he perdonado su ignorancia, pero no voy a olvidarme de lo ocurrido porque no vuelva a ocurrirme”.

“Pronto, sobrino – paró e nos miró sonriente -, salvos estaréis desta calaña, y ésta, salva estará de vos, que no habéis hecho sino cumplir vuestra empresa”.

E ya llegada la tarde, sentáronse Marcos e Su Ilustrísima en el comedor porque supiese «el tío Juan» los pormenores de nuestro viaje. E yo me entré en mi bufete mientras oía a los niños jugar en el jardín; guardando silencio.

Sonaron unos suaves golpes a la puerta e di permiso para entrar. Abrióse de espacio la hoja e apareció Ramón (aún vestido con sus galas) e pidió la venia para haber conmigo unas pláticas.

“Pasad – le dije -, pasad e sentaos, que pocos sirvientes en tantos años de mi vida he tenido como vos e como amigo quiero me tengáis”.

“Preferiría, señor – me dijo cabizbajo -, restar en pie, pues solo quería deciros que, antes de vuestra partida, si lo creéis conveniente, yo mesmo he de bajar a las cocheras en la noche con vos por vigilar si os acechan”.

“En verdad os digo, que os hizo Dios e partió el molde”.

De las despedidas: El servicio de la casa

reparado el desayuno, fuése el servicio a vestir sus galas. Quedó en el centro del salón una larga mesa. A un lado, pondríanse todos ellos; al otro nos situaríamos nosotros. E dentro de media hora, todo el servicio púsose en pie a un lado de la mesa, quedando primero las dos sirvientas, luego Ramón e luego el matrimonio de Cayetano e María. Frente a ellos, en silencio, quedábamos Marcos en el lado frontero al matrimonio, a nuestra siniestra los niños e a su lado Su Ilustrísima.

Les dije unas palabras sobre nuestro viaje, que habría de ser largo, e de cómo ellos deberían cuidar de la casa como si allí estuviésemos. A mis palabras, añadió don Marcos que tendrían noticias nuestras a menudo e limitóse Su Ilustrísima a decir: «Todo se lleve a cabo como está previsto e con el ayuda de Nuestro Señor».

A continuación, pasaron a saludarnos cada uno dellos e apenas hubo palabras, sino algún «buen viaje», mas, al pasar Ramón ante mis hijos, detúvose ante ellos, hizo un saludo inclinando su cabeza e tomó sus caras suavemente con sus manos:

“Sólo Dios sabe lo que encierran mis pequeños. Sabiduría, bondad e obediencia. Sé obedeceréis siempre a su excelencia como debe hacerse con un padre”.

E poniendo bien el nudo de la corbata de Antonio, le dijo quedo:

“No dejad nunca el nudo ni muy suelto ni muy apretado, cariño. Eso distingue a un hombre gallardo y de excelente elegancia de uno sencillamente correcto”.

E inclinóse luego besando sus cabezas. Y al llegar a Su Ilustrísima, tomó en su mano la cruz, la besó e le dijo:

“Sana envidia siento desta familia, Monseñor, que tiene entre ellos a un ministro digno de admiración”.

“No, hijo – respondióle don Juan -, que formo parte de otra gran familia a la que vos mesmo pertenecéis: la Iglesia. E para serviros a todos de igual manera estoy”.

“Y no sólo vuesa merced – concluyó Ramón -, pues en esta casa los señores parecen los sirvientes e los que deberíamos servir nos sentimos servidos”.

E no sabiendo qué decir, puso Su Ilustrísima sus manos sobre Ramón e le bendijo.

Luego desto, nos sentamos todos a la mesma mesa, bendijo Su Ilustrísima los alimentos e dijo algunas gratificantes palabras para todos. Así, descubriéronse los manjares que eran maravilla de ver e de catar y, en viéndolos Su Ilustrísima, dirigióse a Ramón e le dijo:

“Muy buen aspecto tienen estos platos, hijo. Esperemos hayan mejor sabor”.

“Aunque me gusta llenar el ojo antes que la tripa de los demás – contestóle sonriente -, no son estos platos sólo obra mía”.

“A María e a vos he de felicitaros pues – concluyó -, que cada uno en su estilo hacéis se llene la boca de saliva al ver los manjares. Seguid así, joven cocinero, que además de cocinar, decoráis los platos y, eso, no es sólo una profesión, sino un arte y el deseo de complacer a los comensales; podría deciros que no sólo cocináis para ganaros la vida, sino como devoción. ¡Lástima da de dar buen cumplimiento a estas obras de arte!”.

Del mi miedo a volar

omé a Marcos antes de la cena e lo llevé al bufete.

“Enojado parecéis – me dijo sonriendo - ¿Acaso he hecho algo que os disguste?”.

“No me habéis dicho – espeté con enojo -, que «la nave» sería un «aluvión» de los que vuelan”.

“Que yo sepa, Marino – contestóme seguro -, no hay otras naves e ya deberíais saberlo a estas alturas”.

“¡De alturas no hablad! – exclamé -, que bien sabéis que son mi talón de Aquiles”.

“Os prometo, querido hermano – dijo con seriedad -, que un viaje en tal nave no produce vértigos. ¿Qué digo? ¡Menos vértigos que un coche, el AVE, un barco o atravesar el puente de San Pablo de Cuenca! Si me equivoco, os doy permiso a reprimirme, de la forma que os venga en gana y el tiempo que se os antoje. Si vos os enojáis, yo también. He cuidado cada uno de los detalles deste viaje e sabed que siempre, siempre, he pensado en vos. Jamás sentiréis vértigos ni os parecerá voláis. Creedme. ¡Que un valiente militar tenga miedo a embarcar en avión!”.

E salió del bufete enojado e, atravesando el salón con presteza, entró en el comedor. Salí tras él un poco arrepentido de lo manifestado e otro poco avergonzado e, al entrar en el comedor e ver las sonrisas de contento de mis hijos, les dije sonriendo en sentándome a la mesa:

“Ilustrísima, id bendiciendo los alimentos; Marcos, contadnos agora detalles desas maravillosas naves que tomaremos; niños, comed e oíd todo lo maravilloso que tío Marcos tiene que decirnos desos «aluviones»”.

E rió Su Ilustrísima poniéndose la servilleta al cuello:

“Aviones, hijo, aviones – repuso -, que no es sino el nombre desas aves que tanto se parecen a las golondrinas e no el de un caudal de aguas e piedras que se nos viniese encima”.

E, bendecida la mesa, continuó Su Ilustrísima:

“Gentes hay que temen a embarcar en una desas naves; mas puedo aseguraros, aunque sé padecéis de vértigos, que jamás veréis cosa mas bella por la pequeña ventanilla, pues notaréis la nave se eleva, no vos, e iréis viendo abajo los campos e las gentes e, luego, al seguir subiendo, observaréis que el horizonte que os parece tan lejano, cerca está. Si está nublado, atravesaréis las nubes como quien atraviesa una espesa niebla clara e, al final, observaréis desde arriba lo grande e maravilloso que hizo Dios el mundo teniendo las nubes como alfombra a vuestros pies”.

“¡Vaya, tío Juan! – exclamó boquiabierto Antonio -; y ¡nosotros vamos a ver eso!”.

“Si Dios lo quiere”.

De las esperanzas del viaje de los pequeños

nochecía e aún quedaba una pieza para la cena, cuando le dijo Marcos a Su Ilustrísima le mostraría los huertos que enfrente de la casa quedan e las calles cercanas. Preferí yo seguir sentado e meditando, mas subieron del jardín los pequeños e, viéndome solo, sentáronse cada uno a un lado. Suele Marinín sentarse a mi siniestra e Antonio a mi diestra tirando de mis ropas.

“Hijos – les dije besando sus cabellos -, aquí me hallo pensando lo mejor para vosotros. También vuestro tío Juan dice tiene nuevas ideas para el viaje. Decidme, ¿qué pensáis de todo esto?”.

“Jo, papá – comenzó Marinín -, ¿acaso no os gusta viajar? Antonio e yo esperamos ver muchas cosas que no conocemos”.

“Sí, papá – continuó Antonio -, pues hasta Sevilla he venido desde Grazalema e nada más conozco de España e de todo el mundo. Decidnos dónde iremos”.

“Tal cosa – les dije -, es una sorpresa que no puedo aún desvelaros, mas puedo aseguraros que veréis maravillas. Grandes ciudades, hermosos edificios, gentes muy distintas a nosotros…”.

“Y si salimos de España – preguntó Marinín -, ¿qué idioma habremos de hablar? Si no lo conoscemos no tendremos amigos”.

“Puedo aseguraros – les dije con misterio -, os prometo, que con las lenguas que ya conoscéis, más amigos que aquí tendréis. En casa, seguiremos hablando español y en la calle, con los demás, hemos de entendernos en su propia lengua. También esto ha de ser una sorpresa”.

“E mañana – dijo Marinín mesando mis cabellos -, ya será la despedida de todos. Luego, viajaremos en ese tren con camas e luego, más luego, tomaremos la nave que yo os decía”.

“¡Ay, mi pequeño – exclamé -, lo de la nave quisiera olvidar, que no he hecho uso sino de cabalgaduras e coches e, alguna vez, he ido a Madrid en ese tormento que llámase AVE!”.

“Ya veréis, papá – me besó Antonio -, cómo viajando con nosotros e tío Marcos, os sentiréis seguro, pues yo nunca he volado e quiero ya hacerlo”.

“¿Volar decís? – pregunté suspenso - ¿Acaso la nave a que tío Marcos se refiere es una desas ruidosas que vuela?”.

“Sí, sí – abrazóme Marinín -, esas que llamamos avión”.

“¿E pensáis voy yo a subir a un «aluvión» desos? – apartélos de mí con espanto -. Habré de tomar «Biomadrina» desa en doble dosis por no sentir los vértigos”.

E riendo entrambos con todas sus fuerzas, dijo Marinín:

“¡Que no, papá!, que tales naves llámanse «aviones» e mucho menos que un coche se mueven e no habréis de tomar Biodramina, que otro nombre habéis pronunciado”.

“¡Mal me habréis oído, que tal cosa he dicho!”.

De unos hijos imposibles

nterada Su Ilustrísima del trazado a seguir, manifestó su preocupación por nosotros hasta la huída final e me dijo le quitaba más el sueño el tal viaje que los asedios sufridos, así, me propuso le dejase hasta un día para tapar algunos agujeros que él veía. Pasó la tarde en el bufete con los niños en lo que creí iban a ser liciones para su primera comunión mas, al salir de allí con ellos, les dijo saliesen a jugar al jardín e sentóse con Marcos e conmigo por haber unas pláticas:

“Acompañaría yo estas palabras con algún bocado – dijo -, si tal no es de estorbo”.

“No ha de serlo – dijo Marcos -, que aquesto mesmo nosotros hacemos ya a estas horas”.

E avisando al servicio, aparecieron María e Ramón e preguntaron qué deseábamos. Les dije trujesen un buen vino para Su Ilustrísima (e para nosotros, claro quede), e algún bocado al estilo de Ramón.

“¿Otro tío en esta casa? – farfulló don Juan -; y este con pluma, aunque no de plata”.

“Es Ramón, Ilustrísima – le dije confuso -; no recuerdo si lo habéis visto antes”.

“Pudiera ser, sí – respondióme -, mas ese uniforme… tan «florido» no esperaba”.

“Es hombre joven – le dije – e de cocina innovadora que los platos decora y el que los ve los devora. Es persona en la que se puede confiar”.

“Y… - quedó suspenso don Juan e dijo insinuante - ¿toca… a los niños?”.

“Por supuesto, Ilustrísima – dijo Marcos -, es mozo muy cariñoso e quita mucho quehacer a María durante su embarazo”.

“¡Santo Dios del Cielo! – exclamó -, que no es esto sino otra cosa que no sé cómo voy a razonar”.

“Los toca, don Juan, los toca – le dije con paciencia -, mas no cómo vos pensáis. ¿A qué el escándalo si no lo hay? Muy bien lo he vigilado al principio y, aparte de refinado, es de educación religiosa. Mañana mesmo, de mañana, habremos aquí en el salón la despedida formal del servicio. Observadlo”.

“No puedo negar me habéis asustado – dijo con enojo -, que bien sabíais entrambos a que «tocamientos» referíame”.

“¿Lo veis claro agora? – le sonreí -; ¿ha puesto él el pecado o lo habéis presumido vos?”.

“Tomemos esos bocados – dijo entonces en disimulos – e hablemos de lo visto e oído desos niños, pues casi he tenido que hacer memoria a veces al oír sus perfectas respuestas ¡Saben todas las oraciones en español y en latín! ¡Santo Dios, que un progreso en los estudios como el que he visto, ni podía imaginarlo!”.

“Por eso, Ilustrísima – le dijo Marcos tomándole las manos -, en esta casa no se prejuzga. Fijaos en Antonio. Hace sólo meses no era sino un niño de pueblo e maleducado (un cateto, dicen) e tiene agora los mesmos conocimientos e la mesma belleza e la mesma educación que nuestro pequeño Marinín”.

“En verdad, en verdad os digo, que juraría son hermanos”.

“Tal parecen, Ilustrísima – le dije – mas… ¿hijos de quién diríais?; ¿de Marcos?; ¿míos?”.

“¡Dios me perdone por lo que pienso e voy a decir a vuesas mercedes, pues hijos de entrambos me parecen!”.

23 abril, 2007

De la presencia esperada en el desayuno

cabábamos de sentarnos para el desayuno – los dos cojines de los pequeños bien puestos en su sitio – cuando sonaron las campanas de la puerta: «Alguien llega».

E abrióse al poco la puerta del comedor apareciendo allí Su Ilustrísima sonriente.

“¡Tío Juan, tío Juan! – gritaban los niños - ¿habéis llegado agora?”.

Levantéme al punto con Marcos e fuimos a besar su cruz e darle la bienvenida e los pequeños le llamaban desde su asiento.

“No levantaos, hijos – díjoles -, que yo me acerco a saludaros”.

“Es así, Ilustrísima – le dije – porque estos niños tienen dos cojines”.

E hubo muchos besos e muchos susurros e le decían a Su Ilustrísima se sentase a la mesa.

“A tiempo llegáis, Ilustrísima – dijo Marcos –, para desayunarse con nosotros. Mucho habréis madrugado para estar aquí a estas horas. Sentaos, sentaos aquí e presidid e bendecid la mesa, que visita como esta no llega todos los días”.

Así, dejé mi sitio a don Juan e sentéme junto a Marcos – he de confesar que sentíame así más a placer – e trajeron café e chocolate e tostadas e dulces e bendijo Su Ilustrísima los alimentos. E comenzando estábamos a dar buen cumplimiento de aquel desayuno, cuando eché en faltar a alguien.

“Ilustrísima - le dije -, me dijisteis vendríais con Ildefonso mas ¿dónde está?”.

“En la puerta me ha dejado – dijo saboreando las tostadas – e ha ido a Sevilla a resolver unos asuntos. Quizá a medio día esté aquí con nosotros”.

“Tío Juan – dijo entonces Marinín -, pocos días nos faltan para salir de viaje e no nos habéis dado nuestra primera comunión. ¿Es eso cosa de muchos días?”.

“¡Ay, ángel mío! – contestóle con parsimonia -, hasta tres días quedan para el viaje según me ha dicho vuestro padre e, viniendo la festividad de San Marcos ¿qué mejor ocasión para recebirla. He de haber unas pláticas con los dos antes dello, mas mi nariz me dice que poca catequesis necesitáis”.

“Todo, todo lo sabemos – respondióle Antonio con la boca llena -, podéis preguntar cuanto sea menester e veréis estamos bien preparados”.

“Tal como lo decís – le dijo -, e sólo por querer recebirla, paréceme lo estáis. Esta mesma tarde he de comprobarlo”.

E habíase quedado Marinín pensativo, soltó los cubiertos e le dijo:

“¿E cómo sabíais yo soy Ángel?”.

“¡Vive Dios, que tal cosa no sabía! – respondióle Su Ilustrísima - ¿Desde cuándo lo sois?”.

“Desde ayer mesmo, Ilustrísima – dijo Marinín tomando otra vez sus cubiertos -; tío Marcos me lo ha dicho”.

“Bien disimuladas lleváis las alas”.

22 abril, 2007

Del sueño de la partida

ube por la noche un mal sueño, pues la duda que en mi cabeza anidaba no dejaba de atormentarme.

Vi cómo nos acercábamos como menesterosos en la noche, entremezclados con la niebla, a un puerto de mar que había gran hedor a pescado. Subimos unas tablas para el embarque e oí los crujidos de la madera de la nave e los ruidos de las aguas e podía ver cómo oscilaba el car hasta dos metros. Al subir a bordo, encontramos en la cubierta al capitán dándonos la bienvenida, mas no había otra tripulación. E aún no entramos en los camarotes, cuando comenzaron a soltar amarras e todo se balanceaba e partía la nave.

Desperté angustiado e, sin saber la hora, di aviso al teléfono de Su Ilustrísima; eran las tres de la madrugada.

“Sobrino – me dijo -, os aseguro me habéis asustado, que en los sueños me hallaba. Decidme, por algo llamáis; decidme”.

“Por algo llamo, Ilustrísima – le dije -, e no sabiendo la hora, pues pocos días nos quedan para la partida e acabo de tener un mal sueño”.

“¿Cuándo partís? – preguntó -; he de suponer que aún faltan días”.

“Hasta tres, Ilustrísima – exclamé -, e aunque he de hacer alguna visita, mucho me temo que parecerán tres cientos”.

“Tal cosa no ha de suceder, sobrino – intentó sosegarme -, que pudiendo yo administrar mis días, en amaneciendo partiré para Sevilla con Ildefonso hasta el día del viaje”.

“No quisiera – le dije – seros un estorbo; sólo pensaba me dieseis vuestro consejo”.

“Mi consejo os estoy dando – repuso -, que también yo poco e mal duermo e paréceme más atinado estar con vos e los niños e Marcos, que todos nos encontremos solos en pudiendo estar juntos en el Señor”.

“Vos decidís – me tranquilizó su respuesta -, que a todos nos placerá veros aquí e vuesa merced habrá unos días de esparcimiento”.

“¡Ay, bien sabe Dios cómo deseo volver a ver a mi angelito rodeado de felicidad!”.

Del trazado de Marcos para los viajes

quella mesma tarde e tras un descanso corto, nos hizo firmar Marcos los documentos e nos dijo, omitiendo nombres de lugares e otros pormenores, cómo habría de llevarse a cabo la huída:

“Saldremos de Sevilla al anochecer en un «ave con camas» e con nuestros nuevos documentos hacia otra ciudad de España, así, no sabrá la guardia de nuestro viaje”.

“¿Un «ave con camas»?” – preguntéle con extraño - ¿Qué necesidad hay de acostarse en viaje tan corto?”.

“Lo de «ave», Marino – aclaróme paciente -, no es sino un tren de grandes coches, como el AVE, mas no hay asientos en su interior, sino pequeñas e cómodas alcobas muy lujosas e un pequeño cuarto del baño en cada una; de la mejor calidad. Úsanse estos trenes cuando el viaje es largo e dura toda la noche”.

“O va muy lento por no despertar a los ocupantes – le dije – o nos llevará ese «tren» a algún lugar más lejano”.

“Tan rápido como el AVE irá, Marino – me dijo -; ya sabéis cuál es la respuesta. Los niños han de saberla ya también”.

“Sin duda, tío Marcos – dijo Marinín -, que duermen las gentes mientras viajan e amanecen lejos del lugar de partida”.

“Así es, pequeño – prosiguió -; usaremos las alcobas más ricas e cómodas que han a su lado otro coche que es comedor e, pasando éste, otro que es taberna. Llegando de mañana al lugar pensado, vestiremos ricas ropas e iremos a un rico hotel, mas volveremos a ser los que somos agora. Mientras nosotros viajamos sin saberse lo hacemos en tren e durmiendo, Valeriano viajará con nuestro coche e lo dejará en sitio visible. Luego desto, volverá él en el tren de las camas. Es una estrategia; desta forma, la guardia pensará hemos viajado todos en el coche”.

“Y… eso del viaje durmiendo – le dije incrédulo - ¿es para que aparezcamos donde esté el coche un día o dos después?”.

“Sólo un día – aclaró -; pretendo no hacer ese largo viaje en el coche, pues ello nos produciría gran cansancio”.

“¡Santo Dios! – exclamé -, habrá que pagar a Valeriano algo más de dinero”.

“Así será, amigo – dijo -, que aunque para él no sea de tanta fatiga, habrá de moverse mucho tiempo por toda España. Hasta dos días estaremos en aquella ciudad y aquel hotel, pues al salir déste, cambiaremos los documentos e iremos un día a un hostal modesto hasta tomar la nave que nos llevará a buen puerto”.

“¿A buen puerto? – pregunté con enojo - ¿No pensaréis voy a subir a una desas naves para atravesar los mares?”.

“No tal – me dijo -, que la nave de la que hablo no flota en las aguas”.

21 abril, 2007

De cómo los niños propusieron un nuevo juego

oco antes del almuerzo, acabóse al fin tanta explicación e tanta risa e repartió Marcos algunos papeles en blanco a cada uno en diciendo su nuevo nombre e pidiendo se inventase cada firma e se hiciese muchas veces hasta memorizarla. Ninguno de los presentes hubimos problema en ello y, en poco tiempo, cada uno tenía su nueva rúbrica.

Descansamos una pieza en el salón así se acercaba la hora del almuerzo e preguntaban los pequeños algunas cosas sobre su supuesta e difunta madre, los lugares de nacimiento, la vida social e algunas otras cuestiones que iban creando el mundo e la vida de una familia inexistente.

“Juguemos durante el almuerzo – propuso Antonio -; almorcemos como si ya fuésemos esas personas. ¿No hay que cambiar el carácter, no?”.

“No hijo – le dije -, atinado me parece el juego que proponéis, mas sigamos siendo como somos”.

“Razonad esto, pequeños – dijo Marcos -, así como os lo dice vuestro padre, pues seguiremos siendo los mesmos aunque nos vistamos de hábito carmelita. Lo único que cambiará serán los nombres”.

“Pues vos, tío Marcos – dijo Marinín -, no sois hermano de papá ni él hubo esposa ni Antonio es su hijo”.

“¿E os disgusta cambie eso? – preguntóle pellizcándole la nariz -. Tal vez prefiráis que Antonio no siga siendo sino un amigo vuestro”.

“¡No tal, tío Marcos! – respondióle al punto -, que pláceme sólo el pensar que vos sois hermano de mi padre e que Antonio es mi hermano”.

“Queda claro, según lo dicho – les dije -, que seguiremos siendo los mesmos, mas paréceme atinado jugar como decís, que tal cosa nos ayudará a saber si erramos o nos es fácil llamarnos de forma distinta. Cuando entremos por esa puerta – señalé al comedor – seremos esas otras personas”.

E vino al poco Cayetano e nos anunció el almuerzo estaba ya presto y esperando e, diciéndole se acercase a mí, le dije advirtiese a todo el servicio de la prueba que se iba a hacer.

Cruzando ya la puerta del comedor, volvióse a mí Marcos e me dijo:

“¿Presidís vos la mesa, hermano Diego? Sois el mayor”.

“Así será, Quino – respondíle -, que las buenas costumbres no han de perderse”.

Y en llegando a la mesa, púsose cada uno en su sitio e dijo Marinín con sorpresa:

“Papá, mucho me temo hanse llevado los cojines e no alcanzaremos a los platos. Quizá me dierais licencia para decir al servicio traiga dos dellos”.

“Licencia habéis de ir vos mesmo a recojellos, Ángel – respondile grave -, que también habremos de acostumbrarnos a no haber servicio en la casa”.

“¿Cómo? – preguntaron ambos niños al unísono - ¿Sin servicio?”.

“Sí hijos, sí – aclaréles -, que no debe verse somos familia acomodada ni noble, sino sencilla”.

E saliendo hacia el salón, parecióme oírle decía: «Jo, esto ya no me gusta tanto».

“¡Dioni, acudid y echadme una mano!”.

20 abril, 2007

Del cónclave de las risas (2/2)

siguió el cónclave una vez nos trujo agua Cayetano.

“Ni me gusta llamarme Diego Manuel ni lo del cabello dorado, pero démoslo como cosa seria e obligada”.

“Os llamaré Diego o hermano Diego – dijo Marcos -, e los niños os dirán papá; no hay por qué decir los dos nombres, mas siendo hermanos, mis apellidos son los mesmos e mi nombre será Joaquín; Joaquín Cabello Dorado e tío Joaquín para los niños”.

“Jo, tío Marcos – exclamó con desilusión Marinín - ¿E no podríamos llamaros tío Quino?”.

“Llamadme así si os place – les dijo sonriente -, parece algo más… familiar”.

“Me gusta más tío Quino – dijo Antonio -; quédese así”.

“Vienen agora vuestros nombres, pequeños – disimuló sus risas -, pues el mayor (Antonio) llevará por nombre Dionisio; Dionisio Cabello Peinado”.

Fueron tales las risas, que vino todo el servicio e hallónos llorando sobre la mesa.

“Veo que los señores disfrutan – me dijo Cayetano -, llamad si algo ocurre”.

Pasadas las risas, preguntó Marinín ya serio:

“¿Y puedo llamar a mi hermano Dioni? El nombre es largo”.

“Sea así – le dije -, desde agora ha de ser Antonio el Dioni”.

“Y para terminar por el orden establecido – dijo Marcos -, nuestro pequeño Marino llevará por nombre Ángel; Ángel Cabello Peinado”.

E volvieron las risas e hubimos de ponernos en pie e hacer un receso.

“¡Oh, mi Ángel, mi bellísimo Ángel! Siempre lo has sido para mí”.

“Papá, no tengáis cuidado, me gustará oír cómo os llaman don Diego, decir a mi hermano Dioni e tener a un tío como Quino”.

Del cónclave de las risas (1/2)

asamos al bufete e hice señas para sentarnos en torno a la mesa redonda, mas, en llegando a ella, dijo Antonio:

“Excusen vuesas mercedes, mas viendo quedan las sillas bien bajas, he de venir con dos cojines”.

E Miróme Marcos sonriendo e le hizo un gesto de no creer lo oído.

“Quedaos aquí – les dije -, que eso de los cojines es labor del servicio”.

Así, pulsando el timbre, vino Cayetano e le di razones e, poco más tarde vino María e dijo en entrando:

“¡Ay, estos dos enanitos! Pronto habéis empezado a saber lo que habréis de hacer”.

E poniendo los cojines en sus sillas ayudólos a subir a ellas.

“No hemos de perder un minuto – dijo Marcos al punto - ¿Tenéis a mano vuestra pluma de oro, Marino?”.

“Perdonad, amigo – le dije -, mas viendo había de despedir al maestro e no sabiendo cómo complacerle, parecióme atinado hubiese un recuerdo nuestro”.

“Eso no importa e os honra – respondióme con cierta güasa -, mas… quien da lo que ha menester…”.

“Es igual – dije al punto -, buen papel e buenas plumas tengo para todos”.

E levantándome, fui a buscar en uno de los cajones e puse sobre la mesa hasta un ciento de folios blancos e hasta cinco plumas de oro.

“Mas vale que «sosobre» - dijo Antonio – e no que «sofalten». ¿Hemos de escribir todos?”.

“Así es, mi pequeño – comenzó Marcos su plática -, que como ya saben vuesas mercedes, tendremos muy en breve dos personalidades e seremos dos entidades cada uno. Necesito, por tanto, sepáis quiénes vamos a ser a partir de cierto momento e cuál será el nombre de cada uno. Debemos memorizar aquesto con tanta seguridad, que aunque alguien grite en la calle nuestro actual nombre, no volvamos la cabeza”.

“Jo, tío Marcos – exclamó Marinín -, pláceme eso como juego, mas paréceme dificultoso”.

“Lo es. Veréis – continuó -; a partir de agora (cuando yo lo diga) papá e yo seremos hermanos, así, vosotros seréis sus hijos e yo seré vuestro tío. Pero cambian todos los nombres. Os lo narraré como historia. Vuestro padre casóse una vez con una dama muy bella que murió joven; su nombre era Ana Peinado Moscoso (oyéronse risas e miró Marcos con seriedad). Por tanto, debemos todos memorizar que la esposa de vuestro viudo padre es ese; y esa dama era vuestra madre”.

“No es difícil de memorizar – dijo Antonio -, es nombre fácil, aunque no me gusta lo de «Moscoso»”.

“¡Atentos, niños! – alcé la voz -; lo que dice vuestro tío es muy serio”.

“Ha dos años que murió la pobre señora – continuó entonces Marcos – de enfermedad sin cura. Sólo os quedan vuestro padre e vuestro tío. El nombre de vuestro padre – recordad esto muy bien desde agora – es Diego Manuel Cabello Dorado”.

Hubo risas tan fuertes, que hasta el servicio quiso saber si algo ocurría. E Marcos acabó riendo también.

“Lo entiendo, lo entiendo – dijo al poco -, mas estos nombres no se han elegido al azar”.

“¿Ah, no? – preguntéle - ¿Acaso pensáis pasaré desapercibido siendo de pelo castaño e llevando por nombre Cabello Dorado?”.

“Tanto Cabello como Dorado – miróme Marcos muy gravemente -, son apellidos actuales e casi todo el mundo los conoce; lo demás… es coincidencia”.

“¿Coincidencia decís? – dije con enojo - ¿He de teñirme los cabellos con camomila? ¿No podían ser los apellidos Martínez Pérez?”.

E sacando de su cartapacio un pequeño papel, como tarjeta, lo lanzó a mis manos e me dijo:

“Tomad y leed todos de él, pues este es el DNI provisional e todo está en él escrito”.

E tomando el documento, leí mi nombre e vi mi imagen, aunque faltaba la firma.

“Nada especial veo – le dije -, es como el que tengo mas tiene el nuevo nombre”.

“Mirad la parte de atrás, Marino – farfulló Marcos -; mirad la parte de abajo atrás”.

“No veo sino muchos números e unos signos a modo de puntas de flecha”.

“Así es – continuó -, solo veis números, mas si os fijáis en los últimos de la derecha, comprobaréis están separados de los demás”.

E viendo que aquello era cierto, pasé el documento a los niños e lo observaron con extraño.

“Sepan vuesas mercedes – dijo con gesto grave -, que ese número indica exactamente el número de personas españolas que llámanse exactamente así; nombre y apellidos. Hanse usado máquinas para hacer los cálculos, de tal forma e manera, que se nos pueda confundir con el número máximo de personas. E ha sido labor costosa”.

“Perdonad, amigo Marcos, nuestras risas, mas habréis de comprender…”.

E seguimos riendo.

De cómo el cuerpo cambia cuando cambian las horas

ucha fue la labor que hubo de hacerse aquella noche, mas casi toda ella la hizo Marcos e casi no hice otra cosa sino darle compaña. Muy temprano levantóse e aprestóse para las tareas necesarias, así, cuando llegó la hora del desayuno, sólo estaba yo en la mesa con los niños.

“Papá – preguntóme Antonio -, agora que ya las liciones han terminado, ¿no podríamos desayunarnos más tarde?”.

“Sí, hijo – manifestéle -, mas ¿qué aprovecha eso? Si tomamos el desayuno a la mesma hora e vamos al descanso a la mesma hora en no habiendo labores, ¿qué más importa? Si nos levantamos e nos desayunamos más tarde, todo el día cambia, pues también el almuerzo sería más tarde, e la merienda y el descanso. Si nuestro cuerpo está en costumbres sanas, ¿a qué cambiarlas? Seguiremos las mesmas horas y encontraréis más tiempo libre para vuestros juegos”.

“Papá – preguntó a continuación Marinín -, ¿es cierto que debe siempre desayunarse, almorzar, cenar e descansar a la mesma hora? He leído que aquesta disciplina es buena para el cuerpo”.

“Así como lo decís es – repuse -, que una vida desordenada no hace otra cosa sino desordenar el cuerpo, que, como ya sabréis entrambos, no es sino como una máquina perfecta de Dios e tiene su propio reloj. Observad a los perros. No portan reloj en su muñeca como nosotros, mas saben, según su instinto, la hora exacta de su paseo e de su comida. Cuando se adelanta o se atrasa la hora por aprovechar la luz (dicen), el perro sigue su horario e no entiende estos cambios”.

“¡Es cierto, papá! – exclamó Antonio -, cuando adelantan una hora, una hora antes te piden ellos su paseo e su comida”.

“Quizá no lo entendáis muy bien, hijos – concluí -, pero la naturaleza es más sabia que el hombre; e los perros no son sino una parte della”.

E fuéronse los pequeños luego a jugar a la buhardilla e yo al bufete en espera de nuevas de Marcos. Y estando el día soleado, salieron luego a jugar al jardín e yo los estuve observando por las cristaleras. Al poco, sonaron las campanas de la puerta; había vuelto Marcos.

“¡Dios Bendito! – dijo en dejándose caer en el asiento -, creí que nunca acabaría esta mañana, mas ya traigo casi todo presto para usarse”.

“Dejadme verlo – le dije ansioso -; dejarme ver esos documentos”.

“No, Marino, esperad – me dijo alzando la mano -; habremos agora un cónclave donde han de estar presentes los niños. Descansaré una pieza e todo se hablará antes del almuerzo. Luego, si dais vuestra licencia, de todo lo nuevo se hablará en la mesa por aclarar las dudas”.

“Sin duda, amigo – sentéme a su lado -, vos lleváis esos menesteres e vos sabréis lo que habrá de hacerse”.

“Pedid por caridad un bocado que me dé ánimos – me dijo entonces –, que de las horas cambiadas, traigo el cuerpo disgustado, e llamemos a los pequeños luego para las pláticas”.

18 abril, 2007

De la jornada de Marcos en Grazalema

omamos un corto descanso Marcos e yo en el salón a solas e pidióme subiésemos al dormitorio, pues quería tomar un baño (que le untase algo de vinagre) e narrarme sin mucho detalle todo lo hecho. Así, subimos de espacio e le noté muy fatigado.

“Más fatigado vengo – dijo – de lo que yo deseara, que esta mesma noche he de preparar algunos documentos para mañana. Luengo e bien claro he hablado el asunto del viaje a doña Pastora e, aunque con tristeza mal disimulada, ha preferido esté su hijo con vuesa merced. Todo documento necesario traigo para ello; incluso los falsos, que pensó era buena la idea pasar por otros allá donde fuéramos. Mucho han jugado los niños en la calle mientras tanto, que ha mejorado el tiempo. Fuimos luego a visitar a la guardia para que diese ésta su visto bueno como yo había trazado, de forma tal, que ni ellos saben los nuevos nombres que habremos. E tras la comida, dimos un corto paseo hasta el Tajo e dejamos a Carlitos con su madre, mas, al volver ya en el coche para Sevilla, quiso Marinín parar en la Fuentefría, hizo el rito que siempre ha hecho Su Ilustrísima e luego, entrambos niños, me pidieron licencia para jugar un poco entre las plantas. Así venimos con picores por el cuerpo e muy cansados”.

“Paréceme pensáis ha sido el viaje de provecho – le dije -, aunque bien es cierto que se os nota cansado. Luego del baño he de daros unas friegas para los picores e, con la cena, os sentiréis mejor”.

“Mañana mesmo, Marino – insistió -, he de presentar a don Justo algunos de los documentos. Aprobados éstos por él e visados por el inspector, tendremos dos identidades. Habrá que leer mucho a los niños, pues deberán saber sus nuevos nombres, los parentescos e algunas cosas más”.

“Si puedo seros de algún ayuda – le dije – en el bufete estaremos las horas que sean menester e, si os sentís muy fatigado, mejor sería dormir algunas horas e seguir antes del amanecer”.

“No, no, Marino – dijo al punto -, terminemos como bien podamos esta mesma noche, que no quiero falte nada”.

“Parece sois vos e no yo quien quiere huir. Agradecido os quedo de por vida”.

17 abril, 2007

De la llegada de Marcos con los niños e las nuevas

legaron Marcos e los niños al anochecer. Parecióme oír la puerta de la cochera e luego sus voces y, en pocos instantes, se abrió la puerta de los sótanos e arremetieron de contento los dos pequeños a mis brazos. Al poco entró Marcos con el cansancio en su rostro e vino hacia mí en sonriendo:

“Buenas noches, Marino – dijo -, sereno se os ve ahí sentado. He de suponer ha sido un día de poco trafego para vos; mas ya tenéis aquí a estos dos gusanillos”.

Vino hasta mí mientras le saludaba el servicio e retiraban las bolsas que traía e, luego de besarme, sentóse a mi lado e sentáronse los pequeños encima.

“¡Ay, pequeños! – dijo cansado - ¿No podéis sentaros mejor en los asientos?”.

“Dejadlos, Marcos – le dije riendo –, e decidme si hay nuevas”.

“Nuevas e viejas – respondió recostándose -, que todo se ha solucionado en un solo día; unas cosas ya no son como antes y otras he de narraros más tarde (hízome señas para que supiese no quería lo oyesen los niños)”.

“Así ha de ser - le dije acariciando e besando a mis pequeños -, más tarde, pues quiero agora suban estos dos torbellinos, que además de oler a tomillo e romero, también a cansancio huelen. ¡Contadme! ¿Habéis jugado mucho?”.

E comenzaron a decirme todo lo hecho en el pueblo y en el campo con tío Marcos e, al cabo, tomó Marinín una bolsa, la abrió e me dijo:

“No es a tomillo ni a romero a lo que olemos, papá. Os traigo muchas plantas de las que se usan en los remedios del libro en blanco”.

“¿Qué decís? – le miré de contento - ¿Acaso habéis traído esto haciendo memoria?”.

“Para vos, papá – dijo con orgullo -, así no habréis de ir tan lejos a por ellas”.

“Os quiero, hijo mío; esto ha de servirnos para remediar muchas cosas. Os agradezco la merced. Agora, quiero vayáis mis dos pequeños al baño, si no os llevan antes los coquitos”.

“Necesitaré vinagre, papi – dijo Marinín en arrascándose -, daré también unas friegas a Antonio”.

Y en oyendo esto, quedé suspenso de primero e dije luego:

“Ah, sí, sí… María ha de daros un poco. E ya sabéis que en siendo muy fuerte debéis mezclarlo con agua. Haced más cantidad, que también he de darle yo unas friegas a tío Marcos”.

E subieron entrambos más sosegados las escaleras.

16 abril, 2007

De las despedidas: Víctor, el maestro

cabadas las clases a medio día, bajaron los niños corriendo al salón donde nos hallábamos Marcos y yo en pláticas preparando el viaje a Grazalema.

“Niños – dijo Marcos con paciencia -, no corráis al bajar las escaleras que no es momento de sorpresas”.

“Así mesmo os digo – apostillé -, que no quiero huesos rotos en esta casa. Bajad los escalones con prudencia y agarrados al pasamanos”.

“¡Dejadlos, excelencia, dejadlos! – exclamó el maestro que tras ellos bajaba -; es su última clase y están de contento”.

E acercándose luego a nosotros sonriente, nos dijo:

“No sé en verdad si son ellos los que acaban sus liciones o soy yo, pues casi no hay cosa que ya pueda enseñarles”.

“Mucho parece han progresado entonces – le dije -. Dícese que no hay mal alumno, sino mal maestro; diría yo entonces que no hay buen alumno, sino buen maestro”.

“No sé si erráis en este caso, excelencia – me dijo -, que ningún esfuerzo he tenido que hacer para que aprendiesen e casi siento vergüenza de dudar a veces a sus cuestiones. No volveré a encontrar niños como estos”.

“Quizá sí, maestro Víctor – le dije insinuante -, pues no estaremos de viaje toda la vida e, cuando vuelvan, con vos cuento para las clases”.

E así le entregué su paga (e algo más) e dijo volvería al día siguiente en coche por recoger cuanto dejaba.

“Sea pues la despedida – dijo Marcos -, que hemos de viajar mañana a Grazalema e no os veremos”.

“Quedad con Dios – dijo – o viajad con Él, pues de seguro estará siempre a vuestro lado. Y a vos, excelencia, mucho tengo que agradeceros. Cuidad desos niños hasta que volvamos a encontrarnos”.

E nada más hablóse, sino que, despidiéndose del servicio hasta el día siguiente, lo acompañó Cayetano a la puerta.

Mas encontróme en casa cuando llegó al día siguiente a recoger sus cosas e subí con él a la buhardilla e hubimos una luenga plática y, al bajar las escaleras, me dijo:

“Vive Dios, excelencia, que con estos dolores de espaldas echaré mucho en faltar vuestras friegas”.

“¿Tanto os duele? – preguntéle incrédulo -. Las friegas que os he dado hasta agora llevaban un remedio que ya deberían haber quitado esos dolores”.

“Será… el momento – dijo -, que de ser emocionante me los produce”.

“Tal vez – insinué – no os vendría mal una dosis de recuerdo”.

E cayeron las bolsas rodando por los escalones.

De la necesidad de estar a la altura precisa

entados ya a la mesa, trujo el servicio el desayuno, bendijo Marcos los alimentos e noté Antonio comía de espacio e parecióme verle triste.

“¡Vamos, Antonio! - le dije – tomad bien cuchillo e tenedor; no son esas las formas que os hemos enseñado”.

“No es aqueso – dijo grave -, sino que esta mesa está muy alta e no me hallo”.

Entró en esto María por preguntar si todo estaba bien servido e, viéndola de buena cara, le dije:

“En descanso deberíais estar; o andando en paseos. No hay necesidad alguna de que estéis en la cocina”.

“Muy bien me hallo, excelencia – contestó sonriente -, pues fue el malestar cosa de los primeros días”.

Luego, observando a los pequeños, continuó en diciendo:

“¿Qué es esto? ¿Acaso no habéis observado la mesa más alta está? ¡Oh, mis pequeños! Os han subido la mesa e no llegáis. Dejadme dar solución a esto”.

“¿Pensáis acaso bajar la mesa, María? – preguntó Marcos -; paréceme está a su altura”.

“A su altura está para vuesas mercedes – le dijo sonriendo -; dejadme ponga yo el remedio”.

E saliendo del comedor, volvió con dos cojines, hizo levantarse a los niños, los puso sobre las sillas e volvió a sentarlos.

“Mejor creo agora comeréis – les dijo -, así está todo a vuestro alcance”.

“Gracias, María – le dije -, mejor sabe una mujer de niños que un ciento de hombres”.

E observé los pequeños se desayunaban de más contento e así lo vio Marcos, que dejando pasase una corta pieza, comenzó a hablarle a Antonio:

“¿En verdad, en verdad estáis agora a placer? Paréceme habréis comprobado que la mesa no debe estar ni demasiado baja ni demasiado alta. Así será el viaje que emprendamos, pequeño, según nos plazca, mas deberíais pensar agora estaremos mucho tiempo lejos e no veréis a vuestra mamá. Todos tendremos que aprender a poner la mesa a nuestra altura. ¿Estáis seguro de la decisión tomada?”.

“Seguro, tío Marcos – le respondió de contento -, pues estando con Marinín e vuesas mercedes, nada me faltará. No perderé ni a mamá ni a Carlitos, sino que volveré a verlos pasado el viaje ¿No es así?”.

“Así es, valeroso pequeño, así es. Nada perderéis, sino que algunas cosas no tendréis en algún tiempo”.

“En siendo así – les dije -, mañana mesmo iréis a Grazalema los tres. Recordad lo hablado”.

Del nuevo entusiasmo de Marcos

aseaba Marcos de un lado al otro de la habitación en pensamientos mientras yo seguía sentado a la mesa:

“Curaciones milagrosas, luchas increíbles de no ser vistas, aparición de vuestro difunto hermano, inteligencia poderosa en todo el que se os acerca… ¿Cómo podéis pensar dudaría de lo que me narráis? Sólo quisiera saber, si ello es posible o lo creéis necesario, qué consejos fueron esos que incluso abandonáis vuestro sello”.

E, con pocas palabras, manifesté lo que me había aconsejado don Diego Benavente e cómo todo me parecía cierto, pues de haber usado esos consejos, no seguiría siendo un capitán demente e odiado por los demás. La clave estaba en esperar a que los niños creciesen e los viejos muriesen antes de volver como un hombre nuevo. Varias vidas en una sola.

“¡Es fantástico, Marino! ¡Fantástico! Aunque hubiese sido esta visita un sueño, que no me lo parece, creo es cierto podéis haber más de una vida en una sola. Tal vez hayáis errado al no querer cambiar con el tiempo e seguir siendo para los demás el siempre odiado e perseguido Capitán Alacaída, mas no debéis sentiros culpable de cosa alguna. Habéis hecho lo que ha sido vuestra voluntad. Si no queréis agora seguir ese camino, ¡podéis cambiarlo! Nos tenéis a nosotros, a mí e a los niños… Vivid agora esta vida”.

“Así he de hacerlo; con vos. Sólo presiento pueda causar daño a Antonio e a su madre; y esto no quiero”.

“Dejadme a mí – me sonrió – solucione yo ese entuerto, que no me parece tal. Aprestémosnos agora e bajemos al desayuno. Yo mesmo he de hablar con los niños”.

De la confirmación de la visita

ificultoso fue conciliar el sueño aquella noche e durmiendo aún Marcos desperté antes del amanecer. Cuando vi se movía, abría los ojos e me miraba, le dije necesitaba hablar con él antes del desayuno e, abriendo mucho los sus ojos, preguntóme si algo ocurría.

“Algo ocurre, Marcos, e no sé cómo manifestaros todo”.

Pensando la cuestión era de gravedad, incorporóse e pidióme nos sentásemos a la mesa del dormitorio. Abrió luego la puerta e tomó mi jugo de naranja que en la mesilla del pasillo ya estaba e lo trujo a la mesa:

“Bebed eso antes, Marino; os ayudará. E decidme luego qué cosa os atormenta tanto como para quitaros el sueño, mas tened en la mente que las labores que estamos haciendo permitirán se cumpla todo lo trazado. Sosegaos e hablad luego”.

Con esto, bebí el jugo sorbo a sorbo y en silencio mientras él me observaba. Cuando creí tenía las ideas ordenadas para narrarle lo vivido, comencé a hablar:

“No dudo de que vuestra idea es la más atinada e de que vuestra labor será valiosa para todos. Lo que deseo deciros es otra cosa, aunque a esta atañe”.

“Hablad pues con calma – me dijo tomando e apretando mi mano -; sabéis que si puedo ayudaros he de hacerlo”.

“Anoche, querido amigo, pensé dormía en mi bufete por sentirme muy cansado. Oí las campanas de la puerta (puso cara de extraño) e vi luego se abría con lentitud la de mi bufete. Asustéme de primero, pues no sabía quien venía, mas no imagináis quien entró a hacerme visita; era don Diego Benavente, según me pareció por sus rasgos americanos. Un abrigo le cubría el cuerpo e portaba una maleta”.

“¿Estáis seguro? – preguntó incrédulo - ¿Sigue en la casa?”.

“No, no. Oídme. Le dije se entrase e tomase asiento e dijo venía a darme unos consejos e así lo hizo; mas estos consejos parecían venir de otra persona. Don Diego Benavente es Atlacatl. Mirad esta nota”.

Con espanto, leyó.

“Reconocería su letra entre cientos. Es la suya. ¿E decís os pareció un sueño?”.

“Tal fue, pues en acabando los consejos, levantóse e salió de la habitación sin abrir la puerta”.

“¡Santo Dios! – exclamó -; esta nota parece confirmar no fue un sueño mas eso de la desaparición…”.

“Sus consejos fueron sabios e sé agora muy bien lo que debo hacer”.

E sin decir ninguna otra palabra, quité el sello de mi dedo e lo puse a un lado:

“Esta es mi vida y me pesa por no llevarla atinadamente. Agora sé que esta huída trazada es lo que debería haber hecho más de una vez. Mi padre ya no es Atlacatl, sino Diego Benavente, pues hasta nueve veces dijo haber huido e haber vuelto como hombre nuevo”.

Sin palabra alguna, levantóse Marcos rápidamente de su asiento, salió al pasillo e le oí hablar con Cayetano:

“No, no, señor – le dijo éste -, oí sonar las campanas de la puerta muy tarde, mas cuando fui a abrir, nadie había. Acerquéme entonces al bufete del señor e le oí hablar con otro hombre; así, volví a la cama”.