ue sacando con cautela don Eduardo cada pieza de aquella fabulosa arma de la maleta e puso luego cada pieza en su lugar e, poco a poco, vimos como iba formándose una enorme e pesada pieza que de sólo verla se encogía el estómago. Sacó luego un estuche como de piel dura e tomó de dentro unas balas de extraña forma, púsolas dentro de otra pieza (a la que llamó «cargador»), e ajustó esta pieza en una ranura.“Fíjese, excelencia – me dijo -, que no es arma de amartillar, sino que ella sola hace pasar las balas a la recámara y, en disparando, vuelve a la carga. Cada bala no es como las de fusil, sino que es en sí una arma, pues, tras el disparo, la bala va al lugar preciso e allí mesmo, al chocar con el objetivo, hace explosión como bomba. Tracemos agora un plan, pues no estando los coches alineados, habrá que hacer cuatro disparos. El primero podría alertar a los otros coches más lejanos, que huirían. ¿Me seguís?”.
Tanto Marcos como yo respondimos al unísono, pues el trazado era claro.
“Esperemos un poco más la penumbra de la noche – continuó el trazado -; llevemos a los niños e al servicio a sitio donde oigan menos el estruendo que se oirá e, luego, dejadme a mí mesmo hacer”.
“Hay que bajar a todos al fondo del sótano – le dije -; así se me advirtió”.
“Así entonces se hará. Y llegada la penumbra, saldremos por la cancela con ropas negras e movimientos sigilosos. Puestos en medio de la calle, puedo alcanzar primero a los dos coches que están más abajo e luego a los dos de arriba; desta forma, los de arriba no tendrán tiempo de ver qué pasa e huir”.
“¿Estáis seguro de atinar? – preguntó Marcos -, arma tan pesada e complicada no he visto nunca”.
“No perdamos el tiempo en liciones agora – rió -, lleva esta arma algo que llámase «láser» y donde se pone el láser se pone la bala. ¡Imposible errar!”.
“Si es tan peligroso el láser – espetó Marcos riendo – como lo es «la Ser», que mueve masas ingentes, de seguro ha de ser demoledora”.
“Salga el coronel con su uniforme negro a la calle – continuó don Eduardo – e su sable pulido e brillante e su pluma de plata; póngase en el centro de la calle amenazante por llamar la atención. Todas las cuatro miradas de los acechantes se pondrán en él. Entonces volarán las balas hacia los coches haciéndolos pedazos”.
“Buena táctica militar habéis – le dije -, que deberíais ser general”.
“No asustaros, coronel – insistió -, que el estruendo es muy fuerte mas no correréis peligro alguno, sino que cuando veáis han estallado los dos primeros coches de atrás como piras de San Juan, corred de inmediato a la casa. En ese momento, volarán por los aires los dos primeros. Intentad, como sea, como podáis, resguardaros tras los muros, que han de esparcirse, como lo que llamamos «metralla», los añicos de los más cercanos”.
“¿Y estaréis vos a salvo estando en la calle? – preguntóle Marcos -, pues si esa metralla es peligrosa ¿cómo la evitaréis?”.
“Buena pregunta, don Marcos – dijo don Eduardo -, mas eso es técnica harto difícil de aprender. Tened en cuenta que el coronel ha de salir al centro de la calle. Yo también, mas quedaré muy por detrás dél. No tengáis cuidado, que no he sabido mantener mi matrimonio pero sé mantenerme a salvo”.
Así, corrí a mi habitación e me puse mi uniforme antes de que llegase la penumbra e, abriendo el armario, tomé con ceremonia la pluma de plata e la puse en la toquilla de forma tal que se viera con claridad. Púsose Marcos la ropa más obscura que había e bajamos luego.
Hablé con el servicio (incluida María) para que bajasen al fondo del sótano e advertíles abrazasen a los niños. A éstos, les dije que oirían acaso un grande estruendo, o tal vez cuatro, como truenos aterradores, mas que deberían saber que yo mesmo los iba a producir e todos estaban a salvo. Bien es cierto que estaban todos asustados, pero miróme Marinín e me hizo un guiño. Estaba seguro de que lo que hacía su padre siempre acababa bien.
Nos apostamos los tres muy cerca de la cancela e allí esperamos una pieza. Avisados entonces por don Eduardo, salí al centro de la calle con gesto altanero e paso gallardo, desenvainé el sable, e allí quedé como estatua clavando los ojos acechantes en los coches mientras el viento elevaba suavemente mi capa en el aire.
No hube tiempo de pensar en nada, pues, al poco, oí pasar a mi diestra e siniestra unos espectros sollozantes e, al punto, los dos coches más lejanos convirtiéronse en llamas con grande explosión. Corrí a la cancela, donde esperábame Marcos, me asió fuerte por los brazos e haló de mí con fuerzas hasta que caímos entrambos al suelo. En ese momento, iluminóse todo como al alba e sentimos llegar el aire ardiente e las plantas se movieron e sonaron como azotadas por un puñado de piedrecillas. Abrazóme Marcos e besóme como nunca antes e nos incorporamos con cautela mientras veíamos venir a don Eduardo con el fusil en su mano diestra e, incluso con la luz de las llamas, observamos una amplia sonrisa en su rostro.
“Entremos y bebamos algo – dijo -, que al llegar estará el servicio de retirada de basura”.
Bajé al sótano a buscar al servicio e a los niños e observé todos sonreían mientras Marinín les hablaba alguna cosa.
“Subid – les dije -, queridos todos, que la tormenta ha pasado”.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario