17 marzo, 2007

Donde se relatan los acontecimientos ocurridos desde la llegada a Sevilla – Parte III

o, dijo Marinín al ver la mesa del desayuno; ¡Hasta flores hay!

“Mirad, hijo – le dije – que María ha de tomar unos días de reposo e tenemos cocinero nuevo, e ya sabéis que «cada cocinero tiene su librero»”. (No, no es así, pensé).

Al poco, se sirvieron unos platos con desayunos que eran maravilla de ver, aunque faltaba comprobar si eran gustosos, mas, bendecida la mesa, vi sus caras de contento e sorpresa, que cada plato dellos llevaba un dibujo hecho con la mesma salsa. La cara del pequeño Carlitos era de tal admiración, que no colegí no sabría comer aquello. Mas, al punto, vino Ramón a preguntar si todo era de nuestro agrado y el pequeño, en su ignorancia, dijo:

“Bonito es el plato, señor, mas ¿cómo se come esto?”.

Y fuése Ramón a su silla, allí sentóse, púsose al pequeño encima e le dio el desayuno en tanto le narraba una historia fabulosa y el pequeño le miraba con ojos chispeantes.

Y ya pasada la mañana de estudios e de juegos y el almuerzo e todo lo demás, halló Ramón a Marinín en lecturas e, viniendo a mí, me dijo:

“Excuse su excelencia, mas voy a llevarme al su hijo al huerto”.

E mirándole confuso, respondíle:

“¿Qué decís?”

“Que no es bueno los niños estén siempre encerrados, excelencia, e su hijo no hace sino leer o escribir, así, he pensado llevarlo al huerto cercano de ahí enfrente y mostrarle las plantaciones e decirle cómo se trata cada planta e qué fruto da”.

“Bien me parece, Ramón – repuse -; mi licencia tenéis para ello, mas, si quisiéredes partir a vuestra hora, mirad el reloj”.

E con gesto timorato y sin apartar su vista de los ojos de mi hijo, pidióme licencia para pasar la noche en la casa e atender a cuanto necesitásemos.

“Mi licencia tenéis – le dije – e nunca más habréis de pedirla, que la estancia donde habéis descansado anoche podéis tomar como vuestra, si vuestra madre no se encuentra sola”.

“No lo está, señor – respondióme muy seguro -, que a mis dos hermanas tiene. Sólo es menester que sepa que aquí pernocto e así queda tranquila”.

“¡Vamos, pues! Llevaos al niño al huerto.

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