e entré en las partes del servicio e allí encontré, con cierto aire de tristeza, al nuevo cocinero:“No preocupaos – le dije -, que no está María enferma, sino preñada. El médico ha de confirmar esto que os digo mañana”.
“Vive Dios, señor, que en tal asunto un peso me quitáis de encima – respondióme sin dejar de hacer sus labores -, mas otra cosa me trae a maltraer, pues como cocinero sí puedo venir a esta casa, mas debería partir antes de las diez, que habría de tomar un coche para ir hasta mi casa e ya la hora es pasada”.
“Valeriano ya partió – le dije -, ¿puedo acompañaros acaso en paseos? No quisiera vuestra esposa se preocupase”.
“Mozo soy, señor, e no casado – dijo sin disimulo -, que aunque a las mujeres no odio, las prefiero como madre o como hermanas. Creo entendéis mis razones”.
Y en oyendo lo que decía, comprendí su refinamiento, mas me asaltó una duda:
“¿Vivís acaso solo? – preguntéle -, pues si tenéis compañero o alguien que os espere…”.
“Mi madre, señor – dijo -; mi madre me espera e no quiero se asuste por mi tardanza. Si fueseis tan amable de decirle al señor marqués me dé licencia para darle aviso por teléfono, ya daría yo el paseo hasta mi casa, que la noche no me asusta aunque el camino sea muy largo”.
“Con el «señor marqués» habláis… ¿Cuál es vuestro nombre?” – le dije con desconcierto -.
“¡Santo Dios! – exclamó -, ¡vos el marqués e aquí en las cocinas hablando con un sirviente! Ramón es mi nombre, excelencia, vayamos al salón si quisiéredes, que no es éste sitio para vuesa merced”.
E hízome reverencias e quiso besar mi mano e le subió la color como azorado, pues no pensaba era yo el dueño de la casa.
“No habéis de tener cuidado, Ramón – le dije evitando tanto protocolo -, que en ropas de viaje me hayáis y sabed que también las cocinas son de mi propiedad, Marinín es hijo adoptado al que amo más que a nadie e los otros dos pequeños son sus amigos; y el hombre gallardo que al descanso ya se fue, e Marcos tiene por nombre, es mi compañero; y el otro joven tan bello e tan culto es el maestro de mi hijo. Imagino Cayetano ha olvidado deciros todo esto, mas si seguís en esta casa de cocinero, a todos habréis de conocer muy bien”.
“Cómo pediros disculpas no sé, excelencia – dijo nervioso -, e os pediría no tengáis a mal lo que os he referido pensándoos algún invitado a esta casa ¡Dios, qué disgusto!”.
“Hagamos – le dije -, si os parece atinado, lo que es menester. No os quiero en paseos a estas horas e mañana deberéis volver muy de temprano. Avisad a vuestra madre de que descansaréis hoy en esta casa, pues alcobas hay en demasía e, si no os es de mucho estorbo, os pediría me acompañaseis al sótano por ver… alguna cosa que me interesa”.
“Así he de hacerlo, excelencia – contestóme de contento -, si es vuestro deseo. A mi madre avisaré e iremos luego al sótano a que veáis «eso» que tanto os interesa”.
Así, nos entramos en el bufete, mostréle dónde está el teléfono e salí al salón a esperarle. Cortas fueron sus pláticas, pues en una corta pieza salió tembloroso e miróme con una amplia sonrisa.
“Venid – le dije – que he de mostraros cuál será vuestra alcoba, que en el pasillo del servicio se encuentra”.
Con esto, mostréle sus aposentos e quedó maravillado. Luego, dije al servicio repasasen aquella alcoba para que nada faltase a Ramón e, luego, le hice señas de seguirme a la puerta que da a las escaleras del sótano.
“A fe, señor – me dijo en bajando las escaleras -, que no sabría vivir en este palacio, que sólo la parte de las alcobas del servicio es más grande que toda mi casa e no llamaría yo alcoba al dormitorio lujoso que acabo de ver, que hasta su propio cuarto del baño tiene junto a la cama. Diría mi madre que por esta casa pueden correr caballos”.
Con esto, llegamos al sótano e no encendí las luces, sino que a obscuras entramos e, oyendo que Ramón tropezaba con cualquier cosa y exclamaba, tomélo de la mano para llegar hasta la salida; e parecióme se asía con fuerzas e temblaba.
En llegando a la gran puerta por donde entran e salen los coches, le pedí yaciese en el suelo conmigo por mirar por debajo della. Me tomó por la cintura (tal vez pensando en otras cosas) e miramos hacia la calle. Hasta tres coches de color obscuro había allí parados con alguien en su interior.


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