13 marzo, 2007

Donde se relatan los acontecimientos ocurridos desde la llegada a Sevilla – Parte I

uando de leche viene el año, hasta los machos echan un chorro. E así es como han venido estos tiempos e así es como obligado me he visto a dejar de anotar los acontecimientos en este diario, que de seguir así, acabará en semanario.

Por ventura tengo un hijo e un compañero que hanme ayudado todos estos días a resolver tanto entuerto, pues entre los de la casa e los de la calle, hay una reja de duro acero.

Así llegamos a Sevilla, noté en la cara de Cayetano cierto disgusto e pensé de primero haber olvidado darles su paga o no haber cumplido con mis compromisos como dueño de la casa, mas, tomándome aparte en cuanto hubimos lugar, manifestóme su preocupación por haber visto en la calle parados varios coches de color obscuro e un hombre dentro de cada uno.

“Sin duda, Cayetano – le dije por sosegarle -, no son sino gentes o cocheros que a las casas aledañas vienen”.

“Mucho me temo, señor – contestóme con razón -, que siendo ésta calle nueva e poco habitada, demasiado coche me pareció ver. Sólo las luces de las casas de la señora marquesa e del señor don Eduardo estaban encendidas e, además, dejónos aquí éste una noche a su hijo Edu porque no quedase solo en casa. María hubo gran cuidado dél, mas nada dijo de haber visitas, sino de haber trabajo de guardia”.

“Preocupado os veo – le dije – e preocupado me dejáis. Si volviésemos a ver esos coches, ya entraré yo en el asunto de averigüar qué hacen ahí”.

Así hablábamos, cuando de la cocina salió un mozo refinado, preguntóle alguna cosa e volvióse sin ni siquiera un saludo.

“¿Qué hace ese mozo refinado - preguntéle – en la cocina de la casa?”.

“No habed cuidado, excelencia – aclaróme -, nada hace sino cocinar”.

“¿Cocinar? – espeté con asombro - ¿Acaso María no puede por algún motivo? Vive Dios que encuentro ya demasiadas novedades”.

“Algo enferma está mi esposa, señor – me dijo quedo -, mas no preocuparos que yo mesmo he buscado a este cocinero e se me ha dicho es muy bueno e yo mesmo lo he comprobado. En cuanto a sus estipendios, no habéis de tener cuidado, que yo mesmo lo he pensado, yo mesmo lo he contratado e yo mesmo los satisfaceré”.

“Nada habréis de poner de vuestra bolsa – le dije en órdenes -, que más me importa la salud de María que lo estupendo de ese muchacho. Decidme: ¿Qué mal la aqueja como para que no pueda cocinar?”.

“Mi permiso tenéis, señor – razonó con reverencia - , para ver a mi esposa, que sé que muy buenos remedios usáis. Mañana mesmo iremos a ver al doctor por que nos diga de qué adolece”.

“¿Al doctor? – exclamé con extraño -. Dejadme antes vea yo cómo se halla e que la vea el doctor mañana”.

Con esto, pasamos a su dormitorio e la hallé en la cama. No me pareció enferma, mas le dije a Cayetano vigilase la puerta, pues quería yo saber de qué mal podía tratarse. Acerquéme a la cama e tendíle la mano. Su temperatura era normal.

“¿Qué os pasa, mujer? – preguntéle - ¿Acaso un cólico?”.

“Descaminado no andáis, excelencia – contestóme sin fuerzas -, que lo que tomo vomito al instante”.

E mirando a Cayetano como pidiendo su venia, puse mi mano e mi brazo en su cuello.

“No preocupaos – le dije a ella -, que aunque este mal pueda ser largo, paréceme más bien que mal”.

E saliendo del dormitorio al pasillo, cerramos la puerta e le dije a Cayetano:

“No uséis más el ungüento que os di. Como dice Su Ilustrísima, en esta familia cada vez hay más tíos”.

E fue grande el contento de Cayetano por saber la preñez de su esposa e volvió al dormitorio e yo fui a… revisar la cocina”.

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