olvieron Marinín e Ramón del huerto cercano muy de contento e fuése mi hijo a jugar con sus amiguitos e. así, hallándonos solos con Marcos, me dijo:“¡Vive Dios que a este niño nada puede enseñársele pues todo lo sabe!, que si de guisantes le hablo, me refiere que son «dicotile… no sé qué idóneas», época de siembra e otras cosas. ¡Oh, Dios bendito!, que habiendo nacido hace seis años parece haber diez por su cuerpo e veinte por su mente”.
“No tengáis cuidado, Ramón – le dije -, que aunque fueseis vos a darle liciones e os las haya dado él, a mí mesmo me habéis dado una e importante; pues el niño no debe estar siempre en lecturas, sino salir a la naturaleza e comprobar en ella cuanto en los libros aprehende”.
“Otra cosa quisiera yo deciros, excelencia – comentó bajando la su voz como cotilla -, pues en la calle están esos coches vigilantes e, si he de deciros verdad, e mirad soy verdadero, con miedo he cruzado a la casa”.
“Pues una merced de vos espero – le dije – que riesgo alguno tiene, pues a vos no os conocen. Subid una pieza por la calle e pasad la primera esquina y, en la acera frontera, está la casa de don Eduardo (dél ya se habló) e decidle lo de los coches e si pudiese daros algún consejo para mí”.
“Tal cosa ya está hecha, excelencia – me dijo muy seguro -, que en no llevando al niño no llevo temores. Esperad una corta pieza e os traeré razones”.
E salió con esto hacia la casa de don Eduardo e me dijo Marcos él hubiese ido con gusto o podríase haber enviado a Cayetano.
“Hagamos así las cosas, Marcos – le dije -, que también a vos os conocen e muy bien. Veamos luego qué dice don Eduardo e qué hacemos”.
En poco tiempo, sonaron las campanas de la puerta e fue Cayetano a abrir y entró en el salón Ramón de gran contento con Edu (e venía canturreando) e, tras ellos, entróse ceremoniosamente don Eduardo con una a modo de maleta. Así, hablamos todos una corta pieza e pasamos a mi bufete con Marcos mientras Ramón quedóse en juegos con los más pequeños.
“Esta maleta que traigo, Marino – me dijo el militar amigo -, de viaje parece. Mas no erréis como habrán errado esos que os vigilan desde hace días, que tal cosa ya colegí cuando comenzaron a hacer presencia tan poco disimulada. Dentro desta valija – continuó abriéndola – no viene sino un fusil de asalto moderno en piezas, que una vez bien armado, hasta cinco coches como esos puede atravesar e destrozar. Si permiso tuviéredes para deshaceros destos aprendices malandrines, yo mesmo, yo, haría saltar por los aires a los coches e a los cocheros”.
“¡Permiso tengo vive Dios! – contestéle gritando al punto -, mas aún así, he de advertir al inspector porque lo sepa e venga a retirar la basura que quede e, si no él mesmo remedio pone a esto, yo he de ponerlo e bien sabe Dios (que ha muchos años me conoce), que mis remedios son de muy buen efecto”.
E buscando mi móvil, púselo en función otra vez e llamé al inspector e, antes de que palabra alguna dijese, hablé yo (o grité, quizá):
“Un bledo me importa si hay guardia buena e guardia mala, pero en la puerta de mi casa hay a todo momento gentes ojo avizor. Agora mesmo los hay e dentro de una pieza basura serán. Id preparando a los hombres de retirar escorias y espero no tener que poner más remedios ni molestaros más para hacer limpieza”.
“¡Excelencia! – dijo asombrado -, os juro que…”.
E le colgué del teléfono porque de un pino no podía.


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