e llegó Valeriano muy de mañana a la casa e asistió a la misa con nosotros. Allí estuvieron también Ildefonso e don Diego de Monteliz con su esposa. Y, estando en la misa, parecióme no oler a incienso ni a cualesquiera destas cosas que en las iglesias se huelen, sino a pan fresco e caliente. Llevaba Ildefonso una talega con pan recién hecho para el desayuno e, abrió esto tanto el apetito en los asistentes, que más pendientes estaban de saber de dónde venía aquel olor que del Agnus Dei.Y en oyendo el «Domine, non sum dignus ut intres sub tectum meum, sed tantum dic vervo et sanatibur anina mea», pensé sería mejor el Señor aligerase el tiempo para que entrasen aquellos panes bajo nuestro techo e catarlos, que serían la sanación, pues del mucho trafego e del poco descanso, todos estábamos para ser sanados.
Gran fiesta fue el desayuno e gran fiesta la despedida e, ya subiendo por la carretera de la Ribera, le dije a Valeriano parase una pieza en la Fuentefría e, imitando el rito de Su Ilustrísima, tomé las aguas de allí e las puse sobre las cabezas de todos.
“Calor hace – les dije – aunque no para tanta agua fresca, mas es éste rito que quisiera hacer cada vez que por aquí pasásemos”.
Luego desto, seguimos el tramo que nos subía a Puerto Chico hasta ver aparecer todas aquellas casas colgando de las rocas. Tiraba Antonio de mis ropas con una mano e asía la otra con emoción.
Encontramos a doña Pastora reluciente, nueva, e salió al punto en lágrimas a abrazar a sus pequeños. No había tiempo para saludos, sino para respetar el de ella. Y en luengo abrazo e quedas pláticas los observamos una pieza.
“En buena mano y con gran cariño, excelencia – dijo -, sé han estado mis hijos, que no es menester sino mirar a sus ojos e la alegría que traen. Mas no quisiera yo fuesen de estorbo ni carga para vuesa merced e aquí mesmo he buscado a una moza que cuidaría mi casa e a mis hijos, como si de la familia fuese”.
“Vuesa merced decide – le dije – que la madre sois, mas habréis de saber que estas dos criaturas ni son de estorbo ni carga en mi casa, sino, al contrario, la alegría que le da la vida e nos aparta de pesares. Si, no obstante, decidierais tenerlos con vos, la mesma semana que entra se os traerán con todo su equipaje”.
Mas en oyendo mis palabras, corrió hacia mí Antonio e tiró (como era de costumbre) de mis ropas en llanto amargo y en temblores.
“¿Qué cosa os sucede, hijo? – preguntó la madre - ¿Acaso os asusta volveros a casa conmigo?”.
E cuando pudo hablar, pues el llanto no le dejaba, dijo en mirándonos a entrambos:
“Allí e aquí al mesmo tiempo no puedo estar”.
“¿Qué haríais pues? – dijo doña Pastora -, que habréis de decidir”.
“Para estar medio día con esa moza – le dijo aún en llantos -, preferiría estar con Marinín e venir a veros siempre que hubiese la ocasión de hacerlo”.
“En este caso, señora – intervino Marcos -, paréceme el niño ha sus razones. Dejadlo un tiempo con nosotros e que reciba una buena educación e una cultura mejor que la que otros niños pueden tener e, pronto estará aquí la Semana Santa e habrá de decidir”.
“Hablaría yo – dijo más tranquila doña Pastora – con esta moza para que viniese a conocerlos en esa semana, si aquí la pasáreis”.
“Sin duda, señora – le dije -, desde el Jueves Santo aquí estaremos”.
“¡Están tan bellos!”.
En Sevilla e a cuatro de marzo del año de dos mil e siete.


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