omábamos una copa e algún bocado en el comedor con el servicio e los niños, cuando oímos el silbar de los coches de la guardia e clavó don Eduardo su mirada en mí haciéndome señas de retirar a los pequeños. Con esto, le dije a Cayetano llevase a María al descanso e subiese a la buhardilla con el resto bajando después a hacer compañía a su esposa.Restamos en el salón don Eduardo, Marcos e yo sin cruzar palabra alguna y en espera de acontecimientos hasta que sonaron sin cesar las campanas de la puerta.
“Yo abriré – dijo Marcos levantándose e apretando el paso -, que también quiero poner de mi parte en esto”.
Al punto, cesaron las campanas e oí voces de enojo del inspector, que, entrando en el salón con paso firme, a mí se dirigió apretando los labios e arqueando las cejas.
“¿Piensa Su Excelencia – gritó ante mi indiferencia – que puede ir por los mundos de Dios cortando gañotes e volando coches?”.
E con mucha calma, tomé un cigarrillo de la mesa, lo encendí e le dije:
“Os repito, por si acaso bien no me oísteis por el teléfono, que me importa un bledo si hay guardia buena y guardia mala…”.
Y levantándome entonces de un repente como empujado por el asiento, púseme frente a él con más enojo del que traía e proseguí hablando:
“¡Harto estoy de dar mi vida por esta España que nada agradece e que está enferma de envidia e dividida siempre en dos! O controláis vos que no se me moleste desde agora hasta mi muerte o con esto (tomé la pluma e puse su punta en su cuello) mataré a guardia bueno o malo que aquí se acerque, volaré coches e cocheros y cuanta casa sea menester como se voló mi palacio e se mató allí cruelmente a un puñado de inocentes. Si queréis salvaguardar la vida de vuestra guardia buena, retiradla de aquí a más de diez millas, pues guardia que se acerque, bueno o malo, tendréis que recoger con pala y escobilla de chimenea”.
“Mi obligación como teniente – dijo alzando otra vez la voz – es obedeceros por ser vos coronel, pero os saltáis las normas, pues sois vos el que deberíais dar las órdenes e nosotros los que las cumpliésemos”.
E viendo intentaba llevar la situación hacia su terreno e ponerse él a salvo, volví a gritarle:
“¡Nadie! ¡Nadie sino vos sabíais de mi nuevo domicilio e me obligasteis a dejar el teléfono móvil e usar uno secreto! Sois el responsable; no eludid vuestras faltas pues tengo poder de enviaros a una mazmorra el resto de vuestros días”.
E, suavizando el tono, espetó:
“No es aquesto, Mi Coronel – cambió el protocolo -, sino que hemos de estar en acuerdo. En cuanto a lo ocurrido con el teléfono móvil, bien es posible fuese descubierto este lugar antes de dejar de usarlo, mas no hacedme creer que habéis hecho desaparecer hasta cuatro coches con una pluma de metal”.
“¡De plata, inspector! – le dije machacando cada sílaba -; esta es la famosa pluma de plata del Capitán Alacaída; la que todo lo puede”.
“Bromeáis, Mi Coronel – dijo sonriendo despectivamente - ¿Acaso pensáis voy a creer en las fábulas e cuentos de los niños?”.
“Puedo aseguraros – dijo don Eduardo poniéndose en pié – que estos mis propios ojos han visto desaparecer en llamas esos cuatro coches e también os aseguro, que si hubiesen sido un ciento, hasta un mes tardaríais en recoger ese estiércol cagado en menos de un minuto”.
Mudó la color del inspector e movía sus labios nerviosos como balbuciando e, sin decir palabra, volvióse asustado e dirigióse a la puerta.
“Pienso, inspector – le dije con calma -, que sin saludar sólo se retiran los animales e aquí todos somos personas e, además – paró en seco -, me debéis el saludo de oficial a jefe”.
Volvióse casi en llantos e nos hizo reverencia poniendo sus manos en gesto de petición de perdón, púsose firme, e dióme el saludo obligatorio e reglamentario. Volvióse girando los pies como en parada militar e salió de la casa. Por la puerta entró una nube de humo y hedor.


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