oco antes de la cena, e viendo no nos separábamos, pidióme Marinín hablar conmigo un secreto e pidió disculpas a los presentes. Con esto, también presenté mis excusas e pasamos entrambos a mi bufete dirigiéndome yo a mi asiento e invitándole a sentarse con un gesto de mi mano, mas dio también la vuelta a la mesa, vínose a mi lado, puso su brazo sobre mis hombros e dejó caer con suavidad su cabeza sobre mi hombro:“Papá – me dijo tranquilo -, todo lo ya escrito de ese libro extraño de remedios no habéis leído, mas tengo yo una copia en mi mente. Mucho, mucho os quiero; mas que a nadie; e quiero pediros me perdonéis por haber oído a escondidas lo discutido con el inspector”.
Quedé suspenso esperando siguiese hablando.
“Erráis – dijo -, padre mío, pues no sabéis el poder desa pluma y yo he errado por no decíroslo, pues, aunque no está probado, de un plumazo borraríais Sevilla de la faz desta maldita tierra. Como el rey Alfonso, el décimo, así me siento, que mucho bicho venenoso da esta tierra e tanto daño os están haciendo. Así, quisiera poder convenceros de tomar una nave, como dijo el sabio rey, e partir a un país lejano donde la gente no se odie por haber distintos pensamientos e no se persiga al que con su propio esfuerzo se ha subido en un pedestal”.
“Hijo mío – le abracé en llantos -, en España nací y en España pensaba moriría algún día, mas mi vida ya es muy larga e la muerte aún no aparece ni en lo lejano del horizonte, mas, si sufrís vos mesmo por todo lo ya vivido e por mí, dispuesto estoy a tomar esa nave con vos”.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario