31 marzo, 2007

De las despedidas: Don Juan

uimos a pasar unos días con Su Ilustrísima e aprovechamos los momentos en que los niños salieron a sus juegos para manifestar a mi tío el deseo de Marinín e cómo quería yo se cumpliesen.

“Sobrino – me dijo con calma e resignación -, vuestra voluntad debéis seguir; e nunca penséis abandonáis la empresa que llevabais pues sobradamente está cumplida. Ningún hombre solo puede luchar con media España; haced caso a vuestro hijo e jamás penséis en abandono alguno, en huída o en suicidio. Vuestro difunto hermano os dio la clave, mas queda en las manos de Dios Nuestro Señor vuestro destino. Luchad agora por estos que os rodean e ponedlos a salvo. Por mí no habréis de haber cuidado, ya lo sabéis, que la vida que me quede está segura”.

“Ilustrísima – le dije -, mucho os he de echar en falta, mas puedo aseguraros que siempre os llevaré en mi corazón como llevo a Dios e a otros que con él partieron. Bien lo sabéis e no es de razón dar muchas vueltas a este asunto. Decidido está, aunque de alguna forma me pesa”.

Y terciando Marcos, espetó:

“Como familia de todos me siento e compartí e comparto los momentos felices tanto como los dificultosos. Entiendo no aceptéis algunas de nuestras ideas, mas puedo aseguraros que mi amor pongo en todo lo que hago”.

“Hijo – respondióle don Juan -, ¿a qué pensar en si a mí me agradan o me disgustan los trazados que habéis hecho con mi sobrino e su hijo? Dios nos juzgará en el momento adecuado e, puedo aseguraros, que en Él confío plenamente e que hará justicia, que jamás he visto a hombre como vos entregado en cuerpo y alma a todos”.

“Puedo aseguraros yo – le dije con lágrimas en los ojos -, que ni a hombre ni a mujer encontraré como a este mi compañero; vuesa merced lo sabe tanto como yo. Dél ni quiero ni puedo separarme; e gran disgusto sería para mi hijo perder a su tío Marcos como un disgusto será dejar a Antonio e Carlitos con su madre; su propia madre. En el amor de Nuestro Señor Jesucristo hemos vivido unidos y en ese mesmo amor viviremos”.

“Oremos – respondió sereno Su Ilustrísima – porque la felicidad a todos nos acompañe con la luz de Nuestro Señor. Mañana, Dios mediante, haremos un vía crucis en acción de gracias por lo sucedido hasta agora y en petición de que aún nos sintamos todos más unidos en Su Amor. Pronta está la Semana Santa e aún puedo, si es vuestro deseo, preparar una estación de penitencia para entrambos”.

“Sea como lo pensáis – dijo Marcos -, que la tal penitencia purificará nuestras almas para lo que haya de venir en el nuevo futuro”.

“Así sea – concluí -; así sea”.

30 marzo, 2007

Del sello que cambiaría mi vida

omo mi difunto hermano advirtióme e mi hijo coligió, el sello de oro encontrado al fondo del Tajo de Ronda significaría la puesta en función del reloj parado de mi vida. Así, subí en secreto al dormitorio e, tras unas oraciones, puse el anillo al dedo.

Viendo luego Marcos lo llevaba, acercóse a mí con cautela e con respeto e dijo:

“Marino, amigo mío del alma, el sello de vuestra familia veo en vuestra mano. Quizá no lo habéis pensado; ya sabéis el efecto que ello causará y a mí me causa grande dolor, pues pensar que os lo ponéis es pensar en que un día moriréis; es pensar en un suicidio lento e penoso”.

“Nada de lo que decís debéis pensar – le dije -, pues nadie sabe sino Dios el día e la hora. Mi misión en esta luenga vida de torturas creo ha acabado. Si es cierto como se me dijo que este sello me llevará a la tumba como a todo ser humano ¿os parece suicidio? Solos no quiero dejaros, ni a vos ni a mi hijo, mas no quiero mi vida sea estorbo para todos los que me rodeáis. Dejemos a Dios cumpla su misión como yo he luchado por cumplir la mía”.

“No sepa nadie más – respondió quedo – aquesto que comentamos. Cúmplase la voluntad del Altísimo, no la nuestra”.

29 marzo, 2007

Memento del autor: A la muerte de mi padre (Jorge Manrique)

ecuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte,
contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el plazer,
cómo después, de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiera tiempo passado
fue mejor.

Y pues vemos lo presente
cómo en un punto s'es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por passado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera,
más que duró lo que vio,
porque todo ha de passar
por tal manera.

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros, medianos
y más chicos,
allegados son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

Dexo las invocaciones
de los famosos poetas
y oradores;
no curo de sus ficciones,
que traen yerbas secretas
sus sabores.
A Aquél solo me encomiendo,
Aquél solo invoco yo,
de verdad,
que en este mundo viviendo
el mundo no conosció
su deidad.

Este mundo es el camino
para el otro, que es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.
Partimos cuando nascemos,
andamos mientra vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenescemos;
assí que, cuando morimos,
descansamos.

Este mundo bueno fue
si bien usáremos dél
como debemos,
porque, según nuestra fe,
es para ganar aquél
que atendemos.
Y aun el hijo de Dios,
para sobirnos al cielo,
descendió
a nascer acá entre nos
y vivir en este suelo
do murió.

Ved de cuán poco valor
son las cosas tras que andamos
y corremos,
que, en este mundo traidor,
aun primero que muramos,
las perdemos:
dellas deshaze la edad,
dellas casos desastrados
que acaescen,
dellas, por su calidad,
en los más altos estados
desfallescen.

Dezidme, la hermosura,
la gentil frescura y tez
de la cara,
la color y la blancura
cuando viene la vejez,
¿cuál se para?
Las mañas y ligereza
y la fuerça corporal
de juventud,
todo se torna graveza
cuando llega al arrabal
de senectud.

Pues la sangre de los godos,
el linaje y la nobleza
tan crescida,
¡por cuántas vías y modos
se sume su gran alteza
en esta vida!:
Unos, por poco valer,
por cuan baxos y abatidos
que los tienen;
otros que, por no tener,
con oficios no debidos
se mantienen.

Los estados y riqueza
que nos dexan a deshora
¿quién lo duda?
No les pidamos firmeza,
pues que son de una señora
que se muda;
que bienes son de Fortuna
que revuelve con su rueda
presurosa,
la cual no puede ser una,
ni estar estable ni queda
en una cosa.

Pero digo que acompañen
y lleguen hasta la huesa
con su dueño:
por esso no nos engañen,
pues se va la vida apriessa
como sueño.
Y los deleites de acá
son, en que nos deleitamos,
temporales,
y los tormentos de allá,
que por ellos esperamos,
eternales.

Los plazeres y dulçores
desta vida trabajada
que tenemos,
¿qué son sino corredores
y la muerte, la celada
en que caemos?
No mirando a nuestro daño,
corremos a rienda suelta
sin parar;
desque vemos el engaño
y queremos dar la vuelta,
no hay lugar.

Si fuesse en nuestro poder
tornar la cara fermosa
corporal,
como podemos hazer
el ánima gloriosa
angelical,
¡qué diligencia tan viva
toviéramos toda hora,
y tan presta,
en componer la cativa,
dexándonos la señora
descompuesta!

Essos reyes poderosos
que vemos por escrituras
ya passadas,
con casos tristes, llorosos,
fueron sus buenas venturas
trastornadas.
Assí que no hay cosa fuerte,
que a papas y emperadores
y perlados,
assí los trata la muerte
como a los pobres pastores
de ganados.

Dexemos a los troyanos,
que sus males no los vimos
ni sus glorias;
dexemos a los romanos,
aunque oímos y leimos
sus historias.
No curemos de saber
lo de aquel siglo passado
qué fue d'ello;
vengamos a lo de ayer,
que también es olvidado
como aquello.

¿Qué se hizo el rey don Juan?
¿Los Infantes de Aragón,
qué se hizieron?
¿Qué fue de tanto galán?
¿Qué fue de tanta invención
como truxieron?
Las justas y los torneos,
paramentos, bordaduras
y cimeras,
¿fueron sino devaneos?,
¿que fueron sino verduras
de las eras?

¿Qué se hizieron las damas,
sus tocados, sus vestidos,
sus olores?
¿Qué se hizieron las llamas
de los fuegos encendidos
de amadores?
¿Qué se hizo aquel trovar,
las músicas acordadas
que tañían?
¿Qué se hizo aquel dançar,
aquellas ropas chapadas
que traían?

Pues el otro, su heredero,
don Enrique, !qué poderes
alcançaba!,
¡cuán blando, cuán halaguero
el mundo con sus plazeres
se le daba!
Mas veréis, ¡cuán enemigo,
cuán contrario, cuán cruel
se le mostró!;
habiéndole sido amigo,
¡cuán poco duró con él
lo que le dio!

Las dádivas desmedidas,
los edificios reales
llenos de oro,
las vaxillas tan febridas,
los enriques y reales
del tesoro,
los jaezes y caballos
de su gente, y atavíos
tan sobrados,
¿dónde iremos a buscallos?;
¿qué fueron, sino rocíos
de los prados?

Pues su hermano, el inocente
que, en su vida, sucessor
se llamó,
¡qué corte tan excelente
tuvo y cuánto gran señor
que le siguió!
Mas, como fuesse mortal,
metióle la muerte luego
en su fragua.
¡Oh, juïzio divinal!,
cuando más ardía el fuego
echaste agua.

Pues aquel gran Condestable,
maestre que conoscimos
tan privado,
no cumple que dél se hable,
sino solo que lo vimos
degollado.
Sus infinitos tesoros,
sus villas y sus lugares,
su mandar,
¿qué le fueron sino lloros?,
¿fuéronle sino pesares
al dexar?

Pues los otros dos hermanos,
maestres tan prosperados
como reyes,
que a los grandes y medianos
truxeron tan sojuzgados
a sus leyes;
aquella prosperidad
que tan alto fue subida
y ensalzada,
¿qué fue sino claridad
que, estando más encendida,
fue amatada?

Tantos duques excelentes,
tantos marqueses y condes,
y barones
como vimos tan potentes,
di, Muerte, ¿dó los escondes
y traspones?
Y las sus claras hazañas
que hizieron en las guerras
y en las pazes,
cuando tú, cruda, te ensañas,
con tu fuerça las atierras
y deshazes.

Las huestes innumerables,
los pendones y estandartes
y banderas,
los castillos impugnables,
los muros y baluartes
y barreras,
la cava honda, chapada,
o cualquier otro reparo
¿qué aprovecha?
Que si tú vienes airada,
todo lo passas de claro
con tu flecha.

Aquel, de buenos abrigo,
amado por virtuoso
de la gente,
el maestre don Rodrigo
Manrique, tan famoso
y tan valiente;
sus grandes hechos y claros
no cumple que los alabe,
pues los vieron,
ni los quiero hazer caros,
pues el mundo todo sabe
cuales fueron.

¡Qué amigo de sus amigos!
¡Qué señor para criados
y parientes!
¡Qué enemigo de enemigos!
¡Qué maestro de esforçados
y valientes!
¡Qué seso para discretos!
¡Qué gracia para donosos!
¡Qué razón!
¡Qué benigno a los sujetos,
y a los bravos y dañosos,
un león!

En ventura, Octavïano;
Julio César, en vencer
y batallar;
en la virtud, Africano;
Aníbal, en el saber
y trabajar;
en la bondad, un Trajano;
Tito, en liberalidad
con alegría;
en su braço, Aurelïano;
Marco Atilio, en la verdad
que prometía.

Antonio Pío, en clemencia;
Marco Aurelio, en igualdad
del semblante;
Adrïano, en elocuencia;
Teodosio, en humanidad
y buen talante;
Aurelio Alexandre fue
en disciplina y rigor
de la guerra;
un Costantino, en la fe;
Camilo, en el gran amor
de su tierra.

No dexó grandes tesoros,
ni alcançó grandes riquezas
ni vaxillas,
mas hizo guerra a los moros
ganando sus fortalezas
y sus villas.
Y en las lides que venció,
muchos moros y caballos
se perdieron,
y en este oficio ganó
las rentas y los vasallos
que le dieron.

Pues por su honra y estado,
en otros tiempos passados,
¿cómo se hubo?:
Quedando desamparado,
con hermanos y criados
se sostuvo.
Después que hechos famosos
hizo en esta dicha guerra
que hazía,
hizo tratos tan honrosos
que le dieron aun más tierra
que tenía.

Estas sus viejas estorias
que con su braço pintó
en la joventud,
con otras nuevas victorias
agora las renovó
en la senectud.
Por su gran habilidad,
por méritos y ancianía
bien gastada,
alcançó la dignidad
de la gran caballería
de la Espada.

Y sus villas y sus tierras,
ocupadas de tiranos
las halló,
mas por cercos y por guerras,
y por fuerça de sus manos
las cobró.
Pues nuestro Rey natural,
si de las obras que obró
fue servido,
dígalo el de Portugal,
y en Castilla quien siguió
su partido.

Después de puesta la vida
tantas vezes por su ley
al tablero,
después de tan bien servida
la corona de su Rey
verdadero,
después de tanta hazaña
a que no puede bastar
cuenta cierta,
en la su villa de Ocaña
vino la Muerte a llamar
a su puerta.

Diziendo: "Buen caballero,
dexad el mundo engañoso
y su halago,
vuestro coraçón de azero
muestre su esfuerço famoso
en este trago;
y pues de vida y salud
hezistes tan poca cuenta
por la fama,
esforçad vuestra virtud
para sofrir esta afruenta
que os llama.

"No se os haga tan amarga
la batalla temerosa
que esperáis,
pues otra vida más larga
de fama tan glorïosa
acá dexáis.
Aunque esta vida de honor
tampoco no es eternal
ni verdadera,
mas con todo es muy mejor
que la otra temporal,
perescedera.

"EI vivir que es perdurable
no se gana con estados
mundanales,
ni con vida deleitable
en que moran los pecados
infernales.
Mas los buenos religiosos
gánanlo con oraciones
y con lloros;
los caballeros famosos,
con trabajos y aflicciones
contra moros.

"Y pues vos, claro varón,
tanta sangre derramastes
de paganos,
esperad el galardón
que en este mundo ganastes
por las manos;
y con esta confiança,
y con la fe tan entera
que tenéis,
partid con buena esperança,
que esta otra vida tercera
ganaréis".

Responde el Maestre

"No gastemos tiempo ya
en esta vida mezquina
por tal modo,
que mi voluntad está
conforme con la divina
para todo;
y consiento en mi morir
con voluntad plazentera,
clara y pura,
que querer hombre vivir,
cuando Dios quiere que muera,
es locura."

Oración

"Tu, que por nuestra maldad
tomaste forma servil
y baxo nombre;
Tú, que a tu divinidad
juntaste cosa tan vil
como el hombre;
Tú, que tan grandes tormentos
sufriste sin resistencia
en tu persona;
no por mis merescimientos,
mas por tu sola clemencia,me perdona."

24 marzo, 2007

Intervalo

xcusas pido a vuesas mercedes por no narrar todo lo ocurrido en estos días, pues preparamos lo que yo llamo «huída» e Marcos llama «puesta a salvo». Así, como escribiré más en días venideros, manifestaré nuestras conversaciones con todas las personas que he creído menester informar e otros curiosos acontecimientos.

Pido por tanto disculpas deste mi receso y es merced que espero de todos aquellos que hanse interesado e se interesan por los acontecimientos que narro.

En Sevilla e a veinte y cuatro de marzo del año de dos mil e siete.

18 marzo, 2007

De la confesión que me hizo Marinín

oco antes de la cena, e viendo no nos separábamos, pidióme Marinín hablar conmigo un secreto e pidió disculpas a los presentes. Con esto, también presenté mis excusas e pasamos entrambos a mi bufete dirigiéndome yo a mi asiento e invitándole a sentarse con un gesto de mi mano, mas dio también la vuelta a la mesa, vínose a mi lado, puso su brazo sobre mis hombros e dejó caer con suavidad su cabeza sobre mi hombro:

“Papá – me dijo tranquilo -, todo lo ya escrito de ese libro extraño de remedios no habéis leído, mas tengo yo una copia en mi mente. Mucho, mucho os quiero; mas que a nadie; e quiero pediros me perdonéis por haber oído a escondidas lo discutido con el inspector”.

Quedé suspenso esperando siguiese hablando.

“Erráis – dijo -, padre mío, pues no sabéis el poder desa pluma y yo he errado por no decíroslo, pues, aunque no está probado, de un plumazo borraríais Sevilla de la faz desta maldita tierra. Como el rey Alfonso, el décimo, así me siento, que mucho bicho venenoso da esta tierra e tanto daño os están haciendo. Así, quisiera poder convenceros de tomar una nave, como dijo el sabio rey, e partir a un país lejano donde la gente no se odie por haber distintos pensamientos e no se persiga al que con su propio esfuerzo se ha subido en un pedestal”.

“Hijo mío – le abracé en llantos -, en España nací y en España pensaba moriría algún día, mas mi vida ya es muy larga e la muerte aún no aparece ni en lo lejano del horizonte, mas, si sufrís vos mesmo por todo lo ya vivido e por mí, dispuesto estoy a tomar esa nave con vos”.

De la respuesta del inspector

omábamos una copa e algún bocado en el comedor con el servicio e los niños, cuando oímos el silbar de los coches de la guardia e clavó don Eduardo su mirada en mí haciéndome señas de retirar a los pequeños. Con esto, le dije a Cayetano llevase a María al descanso e subiese a la buhardilla con el resto bajando después a hacer compañía a su esposa.

Restamos en el salón don Eduardo, Marcos e yo sin cruzar palabra alguna y en espera de acontecimientos hasta que sonaron sin cesar las campanas de la puerta.

“Yo abriré – dijo Marcos levantándose e apretando el paso -, que también quiero poner de mi parte en esto”.

Al punto, cesaron las campanas e oí voces de enojo del inspector, que, entrando en el salón con paso firme, a mí se dirigió apretando los labios e arqueando las cejas.

“¿Piensa Su Excelencia – gritó ante mi indiferencia – que puede ir por los mundos de Dios cortando gañotes e volando coches?”.

E con mucha calma, tomé un cigarrillo de la mesa, lo encendí e le dije:

“Os repito, por si acaso bien no me oísteis por el teléfono, que me importa un bledo si hay guardia buena y guardia mala…”.

Y levantándome entonces de un repente como empujado por el asiento, púseme frente a él con más enojo del que traía e proseguí hablando:

“¡Harto estoy de dar mi vida por esta España que nada agradece e que está enferma de envidia e dividida siempre en dos! O controláis vos que no se me moleste desde agora hasta mi muerte o con esto (tomé la pluma e puse su punta en su cuello) mataré a guardia bueno o malo que aquí se acerque, volaré coches e cocheros y cuanta casa sea menester como se voló mi palacio e se mató allí cruelmente a un puñado de inocentes. Si queréis salvaguardar la vida de vuestra guardia buena, retiradla de aquí a más de diez millas, pues guardia que se acerque, bueno o malo, tendréis que recoger con pala y escobilla de chimenea”.

“Mi obligación como teniente – dijo alzando otra vez la voz – es obedeceros por ser vos coronel, pero os saltáis las normas, pues sois vos el que deberíais dar las órdenes e nosotros los que las cumpliésemos”.

E viendo intentaba llevar la situación hacia su terreno e ponerse él a salvo, volví a gritarle:

“¡Nadie! ¡Nadie sino vos sabíais de mi nuevo domicilio e me obligasteis a dejar el teléfono móvil e usar uno secreto! Sois el responsable; no eludid vuestras faltas pues tengo poder de enviaros a una mazmorra el resto de vuestros días”.

E, suavizando el tono, espetó:

“No es aquesto, Mi Coronel – cambió el protocolo -, sino que hemos de estar en acuerdo. En cuanto a lo ocurrido con el teléfono móvil, bien es posible fuese descubierto este lugar antes de dejar de usarlo, mas no hacedme creer que habéis hecho desaparecer hasta cuatro coches con una pluma de metal”.

“¡De plata, inspector! – le dije machacando cada sílaba -; esta es la famosa pluma de plata del Capitán Alacaída; la que todo lo puede”.

“Bromeáis, Mi Coronel – dijo sonriendo despectivamente - ¿Acaso pensáis voy a creer en las fábulas e cuentos de los niños?”.

“Puedo aseguraros – dijo don Eduardo poniéndose en pié – que estos mis propios ojos han visto desaparecer en llamas esos cuatro coches e también os aseguro, que si hubiesen sido un ciento, hasta un mes tardaríais en recoger ese estiércol cagado en menos de un minuto”.

Mudó la color del inspector e movía sus labios nerviosos como balbuciando e, sin decir palabra, volvióse asustado e dirigióse a la puerta.

“Pienso, inspector – le dije con calma -, que sin saludar sólo se retiran los animales e aquí todos somos personas e, además – paró en seco -, me debéis el saludo de oficial a jefe”.

Volvióse casi en llantos e nos hizo reverencia poniendo sus manos en gesto de petición de perdón, púsose firme, e dióme el saludo obligatorio e reglamentario. Volvióse girando los pies como en parada militar e salió de la casa. Por la puerta entró una nube de humo y hedor.

Donde se relatan los acontecimientos ocurridos desde la llegada a Sevilla – Parte V

ue sacando con cautela don Eduardo cada pieza de aquella fabulosa arma de la maleta e puso luego cada pieza en su lugar e, poco a poco, vimos como iba formándose una enorme e pesada pieza que de sólo verla se encogía el estómago. Sacó luego un estuche como de piel dura e tomó de dentro unas balas de extraña forma, púsolas dentro de otra pieza (a la que llamó «cargador»), e ajustó esta pieza en una ranura.

“Fíjese, excelencia – me dijo -, que no es arma de amartillar, sino que ella sola hace pasar las balas a la recámara y, en disparando, vuelve a la carga. Cada bala no es como las de fusil, sino que es en sí una arma, pues, tras el disparo, la bala va al lugar preciso e allí mesmo, al chocar con el objetivo, hace explosión como bomba. Tracemos agora un plan, pues no estando los coches alineados, habrá que hacer cuatro disparos. El primero podría alertar a los otros coches más lejanos, que huirían. ¿Me seguís?”.

Tanto Marcos como yo respondimos al unísono, pues el trazado era claro.

“Esperemos un poco más la penumbra de la noche – continuó el trazado -; llevemos a los niños e al servicio a sitio donde oigan menos el estruendo que se oirá e, luego, dejadme a mí mesmo hacer”.

“Hay que bajar a todos al fondo del sótano – le dije -; así se me advirtió”.

“Así entonces se hará. Y llegada la penumbra, saldremos por la cancela con ropas negras e movimientos sigilosos. Puestos en medio de la calle, puedo alcanzar primero a los dos coches que están más abajo e luego a los dos de arriba; desta forma, los de arriba no tendrán tiempo de ver qué pasa e huir”.

“¿Estáis seguro de atinar? – preguntó Marcos -, arma tan pesada e complicada no he visto nunca”.

“No perdamos el tiempo en liciones agora – rió -, lleva esta arma algo que llámase «láser» y donde se pone el láser se pone la bala. ¡Imposible errar!”.

“Si es tan peligroso el láser – espetó Marcos riendo – como lo es «la Ser», que mueve masas ingentes, de seguro ha de ser demoledora”.

“Salga el coronel con su uniforme negro a la calle – continuó don Eduardo – e su sable pulido e brillante e su pluma de plata; póngase en el centro de la calle amenazante por llamar la atención. Todas las cuatro miradas de los acechantes se pondrán en él. Entonces volarán las balas hacia los coches haciéndolos pedazos”.

“Buena táctica militar habéis – le dije -, que deberíais ser general”.

“No asustaros, coronel – insistió -, que el estruendo es muy fuerte mas no correréis peligro alguno, sino que cuando veáis han estallado los dos primeros coches de atrás como piras de San Juan, corred de inmediato a la casa. En ese momento, volarán por los aires los dos primeros. Intentad, como sea, como podáis, resguardaros tras los muros, que han de esparcirse, como lo que llamamos «metralla», los añicos de los más cercanos”.

“¿Y estaréis vos a salvo estando en la calle? – preguntóle Marcos -, pues si esa metralla es peligrosa ¿cómo la evitaréis?”.

“Buena pregunta, don Marcos – dijo don Eduardo -, mas eso es técnica harto difícil de aprender. Tened en cuenta que el coronel ha de salir al centro de la calle. Yo también, mas quedaré muy por detrás dél. No tengáis cuidado, que no he sabido mantener mi matrimonio pero sé mantenerme a salvo”.

Así, corrí a mi habitación e me puse mi uniforme antes de que llegase la penumbra e, abriendo el armario, tomé con ceremonia la pluma de plata e la puse en la toquilla de forma tal que se viera con claridad. Púsose Marcos la ropa más obscura que había e bajamos luego.

Hablé con el servicio (incluida María) para que bajasen al fondo del sótano e advertíles abrazasen a los niños. A éstos, les dije que oirían acaso un grande estruendo, o tal vez cuatro, como truenos aterradores, mas que deberían saber que yo mesmo los iba a producir e todos estaban a salvo. Bien es cierto que estaban todos asustados, pero miróme Marinín e me hizo un guiño. Estaba seguro de que lo que hacía su padre siempre acababa bien.

Nos apostamos los tres muy cerca de la cancela e allí esperamos una pieza. Avisados entonces por don Eduardo, salí al centro de la calle con gesto altanero e paso gallardo, desenvainé el sable, e allí quedé como estatua clavando los ojos acechantes en los coches mientras el viento elevaba suavemente mi capa en el aire.

No hube tiempo de pensar en nada, pues, al poco, oí pasar a mi diestra e siniestra unos espectros sollozantes e, al punto, los dos coches más lejanos convirtiéronse en llamas con grande explosión. Corrí a la cancela, donde esperábame Marcos, me asió fuerte por los brazos e haló de mí con fuerzas hasta que caímos entrambos al suelo. En ese momento, iluminóse todo como al alba e sentimos llegar el aire ardiente e las plantas se movieron e sonaron como azotadas por un puñado de piedrecillas. Abrazóme Marcos e besóme como nunca antes e nos incorporamos con cautela mientras veíamos venir a don Eduardo con el fusil en su mano diestra e, incluso con la luz de las llamas, observamos una amplia sonrisa en su rostro.

“Entremos y bebamos algo – dijo -, que al llegar estará el servicio de retirada de basura”.

Bajé al sótano a buscar al servicio e a los niños e observé todos sonreían mientras Marinín les hablaba alguna cosa.

“Subid – les dije -, queridos todos, que la tormenta ha pasado”.

17 marzo, 2007

Donde se relatan los acontecimientos ocurridos desde la llegada a Sevilla – Parte IV

olvieron Marinín e Ramón del huerto cercano muy de contento e fuése mi hijo a jugar con sus amiguitos e. así, hallándonos solos con Marcos, me dijo:

“¡Vive Dios que a este niño nada puede enseñársele pues todo lo sabe!, que si de guisantes le hablo, me refiere que son «dicotile… no sé qué idóneas», época de siembra e otras cosas. ¡Oh, Dios bendito!, que habiendo nacido hace seis años parece haber diez por su cuerpo e veinte por su mente”.

“No tengáis cuidado, Ramón – le dije -, que aunque fueseis vos a darle liciones e os las haya dado él, a mí mesmo me habéis dado una e importante; pues el niño no debe estar siempre en lecturas, sino salir a la naturaleza e comprobar en ella cuanto en los libros aprehende”.

“Otra cosa quisiera yo deciros, excelencia – comentó bajando la su voz como cotilla -, pues en la calle están esos coches vigilantes e, si he de deciros verdad, e mirad soy verdadero, con miedo he cruzado a la casa”.

“Pues una merced de vos espero – le dije – que riesgo alguno tiene, pues a vos no os conocen. Subid una pieza por la calle e pasad la primera esquina y, en la acera frontera, está la casa de don Eduardo (dél ya se habló) e decidle lo de los coches e si pudiese daros algún consejo para mí”.

“Tal cosa ya está hecha, excelencia – me dijo muy seguro -, que en no llevando al niño no llevo temores. Esperad una corta pieza e os traeré razones”.

E salió con esto hacia la casa de don Eduardo e me dijo Marcos él hubiese ido con gusto o podríase haber enviado a Cayetano.

“Hagamos así las cosas, Marcos – le dije -, que también a vos os conocen e muy bien. Veamos luego qué dice don Eduardo e qué hacemos”.

En poco tiempo, sonaron las campanas de la puerta e fue Cayetano a abrir y entró en el salón Ramón de gran contento con Edu (e venía canturreando) e, tras ellos, entróse ceremoniosamente don Eduardo con una a modo de maleta. Así, hablamos todos una corta pieza e pasamos a mi bufete con Marcos mientras Ramón quedóse en juegos con los más pequeños.

“Esta maleta que traigo, Marino – me dijo el militar amigo -, de viaje parece. Mas no erréis como habrán errado esos que os vigilan desde hace días, que tal cosa ya colegí cuando comenzaron a hacer presencia tan poco disimulada. Dentro desta valija – continuó abriéndola – no viene sino un fusil de asalto moderno en piezas, que una vez bien armado, hasta cinco coches como esos puede atravesar e destrozar. Si permiso tuviéredes para deshaceros destos aprendices malandrines, yo mesmo, yo, haría saltar por los aires a los coches e a los cocheros”.

“¡Permiso tengo vive Dios! – contestéle gritando al punto -, mas aún así, he de advertir al inspector porque lo sepa e venga a retirar la basura que quede e, si no él mesmo remedio pone a esto, yo he de ponerlo e bien sabe Dios (que ha muchos años me conoce), que mis remedios son de muy buen efecto”.

E buscando mi móvil, púselo en función otra vez e llamé al inspector e, antes de que palabra alguna dijese, hablé yo (o grité, quizá):

“Un bledo me importa si hay guardia buena e guardia mala, pero en la puerta de mi casa hay a todo momento gentes ojo avizor. Agora mesmo los hay e dentro de una pieza basura serán. Id preparando a los hombres de retirar escorias y espero no tener que poner más remedios ni molestaros más para hacer limpieza”.

“¡Excelencia! – dijo asombrado -, os juro que…”.

E le colgué del teléfono porque de un pino no podía.

Donde se relatan los acontecimientos ocurridos desde la llegada a Sevilla – Parte III

o, dijo Marinín al ver la mesa del desayuno; ¡Hasta flores hay!

“Mirad, hijo – le dije – que María ha de tomar unos días de reposo e tenemos cocinero nuevo, e ya sabéis que «cada cocinero tiene su librero»”. (No, no es así, pensé).

Al poco, se sirvieron unos platos con desayunos que eran maravilla de ver, aunque faltaba comprobar si eran gustosos, mas, bendecida la mesa, vi sus caras de contento e sorpresa, que cada plato dellos llevaba un dibujo hecho con la mesma salsa. La cara del pequeño Carlitos era de tal admiración, que no colegí no sabría comer aquello. Mas, al punto, vino Ramón a preguntar si todo era de nuestro agrado y el pequeño, en su ignorancia, dijo:

“Bonito es el plato, señor, mas ¿cómo se come esto?”.

Y fuése Ramón a su silla, allí sentóse, púsose al pequeño encima e le dio el desayuno en tanto le narraba una historia fabulosa y el pequeño le miraba con ojos chispeantes.

Y ya pasada la mañana de estudios e de juegos y el almuerzo e todo lo demás, halló Ramón a Marinín en lecturas e, viniendo a mí, me dijo:

“Excuse su excelencia, mas voy a llevarme al su hijo al huerto”.

E mirándole confuso, respondíle:

“¿Qué decís?”

“Que no es bueno los niños estén siempre encerrados, excelencia, e su hijo no hace sino leer o escribir, así, he pensado llevarlo al huerto cercano de ahí enfrente y mostrarle las plantaciones e decirle cómo se trata cada planta e qué fruto da”.

“Bien me parece, Ramón – repuse -; mi licencia tenéis para ello, mas, si quisiéredes partir a vuestra hora, mirad el reloj”.

E con gesto timorato y sin apartar su vista de los ojos de mi hijo, pidióme licencia para pasar la noche en la casa e atender a cuanto necesitásemos.

“Mi licencia tenéis – le dije – e nunca más habréis de pedirla, que la estancia donde habéis descansado anoche podéis tomar como vuestra, si vuestra madre no se encuentra sola”.

“No lo está, señor – respondióme muy seguro -, que a mis dos hermanas tiene. Sólo es menester que sepa que aquí pernocto e así queda tranquila”.

“¡Vamos, pues! Llevaos al niño al huerto.

14 marzo, 2007

Donde se relatan los acontecimientos ocurridos desde la llegada a Sevilla – Parte II

e entré en las partes del servicio e allí encontré, con cierto aire de tristeza, al nuevo cocinero:

“No preocupaos – le dije -, que no está María enferma, sino preñada. El médico ha de confirmar esto que os digo mañana”.

“Vive Dios, señor, que en tal asunto un peso me quitáis de encima – respondióme sin dejar de hacer sus labores -, mas otra cosa me trae a maltraer, pues como cocinero sí puedo venir a esta casa, mas debería partir antes de las diez, que habría de tomar un coche para ir hasta mi casa e ya la hora es pasada”.

“Valeriano ya partió – le dije -, ¿puedo acompañaros acaso en paseos? No quisiera vuestra esposa se preocupase”.

“Mozo soy, señor, e no casado – dijo sin disimulo -, que aunque a las mujeres no odio, las prefiero como madre o como hermanas. Creo entendéis mis razones”.

Y en oyendo lo que decía, comprendí su refinamiento, mas me asaltó una duda:

“¿Vivís acaso solo? – preguntéle -, pues si tenéis compañero o alguien que os espere…”.

“Mi madre, señor – dijo -; mi madre me espera e no quiero se asuste por mi tardanza. Si fueseis tan amable de decirle al señor marqués me dé licencia para darle aviso por teléfono, ya daría yo el paseo hasta mi casa, que la noche no me asusta aunque el camino sea muy largo”.

“Con el «señor marqués» habláis… ¿Cuál es vuestro nombre?” – le dije con desconcierto -.

“¡Santo Dios! – exclamó -, ¡vos el marqués e aquí en las cocinas hablando con un sirviente! Ramón es mi nombre, excelencia, vayamos al salón si quisiéredes, que no es éste sitio para vuesa merced”.

E hízome reverencias e quiso besar mi mano e le subió la color como azorado, pues no pensaba era yo el dueño de la casa.

“No habéis de tener cuidado, Ramón – le dije evitando tanto protocolo -, que en ropas de viaje me hayáis y sabed que también las cocinas son de mi propiedad, Marinín es hijo adoptado al que amo más que a nadie e los otros dos pequeños son sus amigos; y el hombre gallardo que al descanso ya se fue, e Marcos tiene por nombre, es mi compañero; y el otro joven tan bello e tan culto es el maestro de mi hijo. Imagino Cayetano ha olvidado deciros todo esto, mas si seguís en esta casa de cocinero, a todos habréis de conocer muy bien”.

“Cómo pediros disculpas no sé, excelencia – dijo nervioso -, e os pediría no tengáis a mal lo que os he referido pensándoos algún invitado a esta casa ¡Dios, qué disgusto!”.

“Hagamos – le dije -, si os parece atinado, lo que es menester. No os quiero en paseos a estas horas e mañana deberéis volver muy de temprano. Avisad a vuestra madre de que descansaréis hoy en esta casa, pues alcobas hay en demasía e, si no os es de mucho estorbo, os pediría me acompañaseis al sótano por ver… alguna cosa que me interesa”.

“Así he de hacerlo, excelencia – contestóme de contento -, si es vuestro deseo. A mi madre avisaré e iremos luego al sótano a que veáis «eso» que tanto os interesa”.

Así, nos entramos en el bufete, mostréle dónde está el teléfono e salí al salón a esperarle. Cortas fueron sus pláticas, pues en una corta pieza salió tembloroso e miróme con una amplia sonrisa.

“Venid – le dije – que he de mostraros cuál será vuestra alcoba, que en el pasillo del servicio se encuentra”.

Con esto, mostréle sus aposentos e quedó maravillado. Luego, dije al servicio repasasen aquella alcoba para que nada faltase a Ramón e, luego, le hice señas de seguirme a la puerta que da a las escaleras del sótano.

“A fe, señor – me dijo en bajando las escaleras -, que no sabría vivir en este palacio, que sólo la parte de las alcobas del servicio es más grande que toda mi casa e no llamaría yo alcoba al dormitorio lujoso que acabo de ver, que hasta su propio cuarto del baño tiene junto a la cama. Diría mi madre que por esta casa pueden correr caballos”.

Con esto, llegamos al sótano e no encendí las luces, sino que a obscuras entramos e, oyendo que Ramón tropezaba con cualquier cosa y exclamaba, tomélo de la mano para llegar hasta la salida; e parecióme se asía con fuerzas e temblaba.

En llegando a la gran puerta por donde entran e salen los coches, le pedí yaciese en el suelo conmigo por mirar por debajo della. Me tomó por la cintura (tal vez pensando en otras cosas) e miramos hacia la calle. Hasta tres coches de color obscuro había allí parados con alguien en su interior.

13 marzo, 2007

Donde se relatan los acontecimientos ocurridos desde la llegada a Sevilla – Parte I

uando de leche viene el año, hasta los machos echan un chorro. E así es como han venido estos tiempos e así es como obligado me he visto a dejar de anotar los acontecimientos en este diario, que de seguir así, acabará en semanario.

Por ventura tengo un hijo e un compañero que hanme ayudado todos estos días a resolver tanto entuerto, pues entre los de la casa e los de la calle, hay una reja de duro acero.

Así llegamos a Sevilla, noté en la cara de Cayetano cierto disgusto e pensé de primero haber olvidado darles su paga o no haber cumplido con mis compromisos como dueño de la casa, mas, tomándome aparte en cuanto hubimos lugar, manifestóme su preocupación por haber visto en la calle parados varios coches de color obscuro e un hombre dentro de cada uno.

“Sin duda, Cayetano – le dije por sosegarle -, no son sino gentes o cocheros que a las casas aledañas vienen”.

“Mucho me temo, señor – contestóme con razón -, que siendo ésta calle nueva e poco habitada, demasiado coche me pareció ver. Sólo las luces de las casas de la señora marquesa e del señor don Eduardo estaban encendidas e, además, dejónos aquí éste una noche a su hijo Edu porque no quedase solo en casa. María hubo gran cuidado dél, mas nada dijo de haber visitas, sino de haber trabajo de guardia”.

“Preocupado os veo – le dije – e preocupado me dejáis. Si volviésemos a ver esos coches, ya entraré yo en el asunto de averigüar qué hacen ahí”.

Así hablábamos, cuando de la cocina salió un mozo refinado, preguntóle alguna cosa e volvióse sin ni siquiera un saludo.

“¿Qué hace ese mozo refinado - preguntéle – en la cocina de la casa?”.

“No habed cuidado, excelencia – aclaróme -, nada hace sino cocinar”.

“¿Cocinar? – espeté con asombro - ¿Acaso María no puede por algún motivo? Vive Dios que encuentro ya demasiadas novedades”.

“Algo enferma está mi esposa, señor – me dijo quedo -, mas no preocuparos que yo mesmo he buscado a este cocinero e se me ha dicho es muy bueno e yo mesmo lo he comprobado. En cuanto a sus estipendios, no habéis de tener cuidado, que yo mesmo lo he pensado, yo mesmo lo he contratado e yo mesmo los satisfaceré”.

“Nada habréis de poner de vuestra bolsa – le dije en órdenes -, que más me importa la salud de María que lo estupendo de ese muchacho. Decidme: ¿Qué mal la aqueja como para que no pueda cocinar?”.

“Mi permiso tenéis, señor – razonó con reverencia - , para ver a mi esposa, que sé que muy buenos remedios usáis. Mañana mesmo iremos a ver al doctor por que nos diga de qué adolece”.

“¿Al doctor? – exclamé con extraño -. Dejadme antes vea yo cómo se halla e que la vea el doctor mañana”.

Con esto, pasamos a su dormitorio e la hallé en la cama. No me pareció enferma, mas le dije a Cayetano vigilase la puerta, pues quería yo saber de qué mal podía tratarse. Acerquéme a la cama e tendíle la mano. Su temperatura era normal.

“¿Qué os pasa, mujer? – preguntéle - ¿Acaso un cólico?”.

“Descaminado no andáis, excelencia – contestóme sin fuerzas -, que lo que tomo vomito al instante”.

E mirando a Cayetano como pidiendo su venia, puse mi mano e mi brazo en su cuello.

“No preocupaos – le dije a ella -, que aunque este mal pueda ser largo, paréceme más bien que mal”.

E saliendo del dormitorio al pasillo, cerramos la puerta e le dije a Cayetano:

“No uséis más el ungüento que os di. Como dice Su Ilustrísima, en esta familia cada vez hay más tíos”.

E fue grande el contento de Cayetano por saber la preñez de su esposa e volvió al dormitorio e yo fui a… revisar la cocina”.

04 marzo, 2007

Del reencuentro con doña Pastora

e llegó Valeriano muy de mañana a la casa e asistió a la misa con nosotros. Allí estuvieron también Ildefonso e don Diego de Monteliz con su esposa. Y, estando en la misa, parecióme no oler a incienso ni a cualesquiera destas cosas que en las iglesias se huelen, sino a pan fresco e caliente. Llevaba Ildefonso una talega con pan recién hecho para el desayuno e, abrió esto tanto el apetito en los asistentes, que más pendientes estaban de saber de dónde venía aquel olor que del Agnus Dei.

Y en oyendo el «Domine, non sum dignus ut intres sub tectum meum, sed tantum dic vervo et sanatibur anina mea», pensé sería mejor el Señor aligerase el tiempo para que entrasen aquellos panes bajo nuestro techo e catarlos, que serían la sanación, pues del mucho trafego e del poco descanso, todos estábamos para ser sanados.

Gran fiesta fue el desayuno e gran fiesta la despedida e, ya subiendo por la carretera de la Ribera, le dije a Valeriano parase una pieza en la Fuentefría e, imitando el rito de Su Ilustrísima, tomé las aguas de allí e las puse sobre las cabezas de todos.

“Calor hace – les dije – aunque no para tanta agua fresca, mas es éste rito que quisiera hacer cada vez que por aquí pasásemos”.

Luego desto, seguimos el tramo que nos subía a Puerto Chico hasta ver aparecer todas aquellas casas colgando de las rocas. Tiraba Antonio de mis ropas con una mano e asía la otra con emoción.

Encontramos a doña Pastora reluciente, nueva, e salió al punto en lágrimas a abrazar a sus pequeños. No había tiempo para saludos, sino para respetar el de ella. Y en luengo abrazo e quedas pláticas los observamos una pieza.

“En buena mano y con gran cariño, excelencia – dijo -, sé han estado mis hijos, que no es menester sino mirar a sus ojos e la alegría que traen. Mas no quisiera yo fuesen de estorbo ni carga para vuesa merced e aquí mesmo he buscado a una moza que cuidaría mi casa e a mis hijos, como si de la familia fuese”.

“Vuesa merced decide – le dije – que la madre sois, mas habréis de saber que estas dos criaturas ni son de estorbo ni carga en mi casa, sino, al contrario, la alegría que le da la vida e nos aparta de pesares. Si, no obstante, decidierais tenerlos con vos, la mesma semana que entra se os traerán con todo su equipaje”.

Mas en oyendo mis palabras, corrió hacia mí Antonio e tiró (como era de costumbre) de mis ropas en llanto amargo y en temblores.

“¿Qué cosa os sucede, hijo? – preguntó la madre - ¿Acaso os asusta volveros a casa conmigo?”.

E cuando pudo hablar, pues el llanto no le dejaba, dijo en mirándonos a entrambos:

“Allí e aquí al mesmo tiempo no puedo estar”.

“¿Qué haríais pues? – dijo doña Pastora -, que habréis de decidir”.

“Para estar medio día con esa moza – le dijo aún en llantos -, preferiría estar con Marinín e venir a veros siempre que hubiese la ocasión de hacerlo”.

“En este caso, señora – intervino Marcos -, paréceme el niño ha sus razones. Dejadlo un tiempo con nosotros e que reciba una buena educación e una cultura mejor que la que otros niños pueden tener e, pronto estará aquí la Semana Santa e habrá de decidir”.

“Hablaría yo – dijo más tranquila doña Pastora – con esta moza para que viniese a conocerlos en esa semana, si aquí la pasáreis”.

“Sin duda, señora – le dije -, desde el Jueves Santo aquí estaremos”.

“¡Están tan bellos!”.

En Sevilla e a cuatro de marzo del año de dos mil e siete.

Del observatorio improvisado

ubíamos a la azotea por ver el eclipse con todo lo comprado. Su Ilustrísima iba el primero e varias veces le vimos tambalearse e pensamos caeríamos todos con el equipo.

“A fe, sobrino – iba diciendo -, que si no fuese por los remedios que habéis puesto en mis piernas, tendríais que subir todos y esperarme arriba una buena pieza. Por ventura todo eso se ha remediado”.

E me miraba Marinín sonriendo cargado de cosas:

“Tío Juan está mucho mejor – me dijo -, pues tal como estaba no subiría ya a dormir a la primera planta”.

Y en llegando a la puerta de la azotea, no encontraba las llaves que la abrían, así que dijo a uno de los pequeños bajase a preguntarle al servicio, mas, cuando Marinín ya había soltado en el suelo tanto trasto, dio con ella:

“Habed cuidado, niños – dijo -, e no pasad a la parte del fondo de la azotea, que con la humedad del invierno y el poco sol está llena de verdina e podríais caer. Poned todo eso en esta parte derecha de la entrada. ¡Mirad! Desde aquí se ve la Luna limpia e sin nube que la tape”.

“Ilustrísima – le dije -, mucho tiempo habremos de estar aquí para ver esto e para tomar las imágenes. Si quisiéredes, podríais iros al descanso, que mañana es domingo, e ya veríamos lo ocurrido en la pantalla, según dice Marcos”.

“No, hijo, no – contestóme seguro -, que una cosa es ver imágenes de algo e otra verlo en los propios ojos, que otro fenómeno como este ya no se verá hasta pasado mucho tiempo y estaré yo ya criando malvas”.

Con esto, se prepararon todos los artilugios e, al poco, comenzó la luna a obscurecer por la parte más baja. Nada parecía especial, mas, cuando la sombra de la Tierra ya tapaba más de la mitad del círculo blanco e brillante de la Luna llena, comenzaron a oírse comentarios de todas clases. E así fue aumentando la obscuridad hasta que toda la Luna veíase roja o gris. En esto, incorporándose Su Ilustrísima por mirar de cerca aquello, encontró que el joven maestro le pisaba la sotana e vino a caer al suelo ante el asombro de todos.

“¡Ilustrísima! ¿Os habéis hecho acaso algún daño?”.

“No, hijos, no tened cuidado – respondió yaciendo en el suelo -, que el daño sí me parece lo ha sufrido la sotana e otro remiendo habrá que hacer como los múltiples que ya tiene. Halad agora de mi mano que me ponga en pie, que es más importante no perder detalle desto que estar pendiente de un roto en una sotana que nada vale”.

Antes de terminar todo el eclipse, bajóse Su Ilustrísima al descanso e hube de decir a los niños (muy a mi pesar), deberíamos ir todos a dormir, pues tras la misa matutina del domingo, iríamos a Grazalema.

03 marzo, 2007

Del día del eclipse e los preparativos

olvimos todos a la casa cargados de cajas e bolsas. «No deis golpes a estas cosas, decía Marcos». Y en llegando a la casa, nos miró Su Ilustrísima con grande extraño:

“Quisiera saber – dijo – qué cosa se celebra hoy, que tanta caja o tanto regalo no se compra a diario”.

E así, manifestóle Marcos nuestra intención de ver e tomar imágenes del eclipse desta noche e sintióse muy de contento e reunió en derredor de sí a los niños e les contó historias maravillosas, mas cuando vieron éstos que se llenaba el salón de artilugios, le dijeron dejase esas historias para el almuerzo e vinieron a mirar. Mas como Su Ilustrísima es también como niño curioso, acercóse a ver cada cosa e hacer preguntas.

Y llegada la hora del almuerzo, mucho se habló desto e de hacer pruebas antes de que llegase el eclipse porque nada fallase. Con esto, ilustró (e muy bien) Su Ilustrísima a los niños sobre el Universo, su grandeza e la relación que éste tenía con Dios. Mas en acabando toda su retórica tan atractiva, puso Marinín su punto final: «Todos son números».

E mirándole luego don Juan con asombro – e no con enfado alguno -, le dijo:

“Bien decís todos son números, hijo, que no es Dios sino un solo número que es el conjunto de los números y en él todo se encierra”.

“Así lo creo, tío Juan – respondióle Marinín - ¿Cómo iban a existir los números que el hombre ha descubierto si no estuviesen ya en el Universo que Dios nos creó?”.

E no sabía Su Ilustrísima cómo responder a esto, sino que le dijo que los números, cada uno de nosotros, cada uno de los astros, las piedras que pisamos, no son sino parte del Todopoderoso.

E con esto, acabóse el yantar y comenzó el estudio, que tanto artilugio nuevo era de asombro para todos. Al anochecer, hiciéronse pruebas que eran maravilla de ver e, sabiendo ya Marcos cómo tomar aquellas imágenes (e momentos), hicimos una cena ligera, no por comer de priesa, sino por no llenar demasiado nuestros estómagos.

Lo sucedido durante el eclipse lo narraré a vuesas mercedes mañana con más detenimiento.

En Ronda e a tres de marzo del año de dos mil e siete.

De la búsqueda de las lentes

a era casi medio día cuando salimos con los niños a dar un paseo y, entrando en la parte de Ronda donde más negocios se encuentran, comencé yo a buscar unas lentes. Así, nos entramos en una tienda que parecía tenerlas e preguntóme el tendero si quería esas lentes para ver la Luna:

“Telescopio, señor – me dijo -, eso es un telescopio, mas los que aquí tenemos no creo agranden mucho la imagen que queréis ver. Os aconsejo, y esto es enviaros a visitar a un competidor del mercado, sigáis esta mesma calle un poco más arriba”.

Quedéle muy agradecido e le hice algunas compras, pues algunas cámaras como la que tenía Marcos estaban allí expuestas.

“Marino – me dijo Marcos -, que a la hora de comprar estas cosas hay que saber un poco lo que se compra. Si os lo explico no creo lo entendáis, mas hubiese yo comprado una cámara no más cara e con más posibilidades”.

“Desto entendéis vos – contestéle - ¿por qué no me lo habéis advertido? No es problema lo que decís. Guardemos esto para los niños e compremos las que vos creáis más adecuada. No importa el precio, sino la calidad”.

E dando un paseo no muy largo, encontramos otra tienda con estos aparatos e, habiendo sido prudentes todos los niños, preguntó al cabo Antonio:

“Tío Marino, ¿por qué queréis ver agora la luna si ya la habéis visto miles de veces?”.

“Veréis, pequeños – les dije -, que si nadie os lo ha dicho, esta noche hay eclipse total de la Luna, es decir, pasa la Luna por detrás de la Tierra, y ésta, la oculta con su sombra. Muchas veces he visto esto, mas sé hay agora instrumentos para verlo con más claridad e más de cerca. Quisiera entonces saber, si hubiese cámaras desas para sacar imágenes de lo que ha de suceder”.

“¡Sin duda, Marino! – dijo Marcos como cosa corriente -. Si lo que queréis es tener imágenes de la Luna en su eclipse, hay cámaras que os dejarán verla e tomar su imagen desde cerca”.

“Eso quiero – respondíle -, no para conservar yo las imágenes (que ya tendré tiempo de verlas otras veces), sino para mostrar a los niños que el Sol, la Tierra e la Luna no son sino objetos flotantes en el espacio”.

“El maestro deso ya me ha hablado, papi – dijo Marinín -, mas no sabía hoy mesmo se escondía la Luna e podía verse”.

“Vamos, Marcos – hice señas con las manos para entrar en la tienda -, preguntad vos e no reparéis en precios. Ya sabéis lo que quiero”.

02 marzo, 2007

De la vida corta e la luenga

uando un día no se escribe en el diario, por dos motivos puede ser: o nada ha ocurrido ese día o no se tiene tiempo para escribir tanto sucedido. Queda así el día primero de marzo en blanco, mas alguna cosa comentaré, pues fue día de paseos y solaz para todos e aprovechamos esto para narrar al joven maestro lo ocurrido desde que comencé a hacer los trámites para Su Ilustrísima hasta hoy mesmo. Algunas creyó sin hacer preguntas e otras hubo que repetirle (e incluso documentarle). No tratábamos de convencerle de nada, e así claro quedó, sino de que supiese lo que quería saber.

Al despertar esta mañana, encontré ya mi jugo de naranja en la mesilla. Alguien allí lo había puesto. Marcos dormía profundamente al otro lado de la cama e Víctor, al ver yo me movía, tomóme con fuerzas con sus brazos e me dijo en susurros:

“Lo que ya conozco de vuesa merced me es suficiente. No quiero sigáis recordando, que en esos recuerdos los hay buenos e los hay malos, mas, tal como vuestro hijo os preguntaba si podría cambiarse el curso de una vida, así yo os lo pregunto”.

Me volví a él de espacio hasta tener su cara frente a la mía:

“Sois bello, joven, inteligente… ¿En verdad pensáis que un cambio en vuestra vida sería de razón?”.

“Excelencia – me dijo apretándome contra sí -, a vuestro lado quisiera vivir todo el tiempo, e soy agora más joven hasta diez años que vos. Parad el tiempo. Tal como visteis nacer a don Juan lo veréis morir; e desta mesma forma veréis envejecer a Marcos, a vuestro hijo e a mí mesmo, hasta darnos sepultura. Esto no quiero sea así, sino serviros para siempre en vuestra vida”.

“Las cosas cambian – le dije -; yo también ¿Pensáis no querría parar el tiempo en todos vosotros e seguir una vida luenga, quién sabe si infinita, con esta felicidad? Vuestros brazos en rededor de mi cuerpo me vuelven a mis veinte años, mas no creo fuese justo condenaros a vivir siempre vuestra juventud e no poder conocer la madurez e la vejez e vivir el misterioso e desconocido momento de la muerte. Quisiera yo hacer lo contrario, es decir, poner agora el remedio para que mis años pasasen como pasarán los vuestros”.

“¿E podéis hacer tal cosa? – preguntóme asustado - ¿Podría yo veros madurar, envejecer e morir?”.

Pensé un poco mi repuesta e decidí decirle la verdad que él aún no conoscía:

“Puedo hacerlo – le dije e me besó casi con lágrimas -, e si lo hiciese, vería la muerte de algunas de vuesas mercedes (tal vez las de más edad) e verían vuesas mercedes la mía”.

“¡No hagáis eso, Santo Dios!” – contestó al punto -, seguid así”.

Me abrazaba e me besaba como si su tiempo se fuese, cuando despertó Marcos.

En Ronda e a dos de marzo del año de dos mil e siete.