20 febrero, 2007

Epílogo: Los importantes son los niños

irábamos por la ventana acompañados de Marcos, que dejaba ver en su rostro la preocupación del mal vivido a causa desos hombres, cuando oímos un extraño murmullo e griterío en la calle e apareció Marinín dirigiéndose a mí:

“Papá, bien sé que no debo entrar en los asuntos vuestros, mas aquí os traigo la pluma de plata cargada del veneno como se dice en el libro. Cuidaos de tocar la punta. Si os acercáis a esos hombres e hacéis un trazo curvo hacia abajo en su cuello, habréis resuelto para siempre este entuerto que os desvela”.

“¿Qué cosa decís? – preguntéle con extraño - ¿Cómo pensáis voy a salir yo solo a esos pasillos entre arbustos e acercarme hasta esos hombres sin que antes me disparen?”.

“Asomaos agora a la ventana, papi – me dijo seguro -, que no os vais a enfrentar solo a esos traidores”.

E miramos los tres adultos por los cristales e vimos cómo por un lado e otro del pasillo entraban hasta cincuenta o sesenta niños.

“¡Santo Dios!, esto es obra de mi hijo – dijo don Eduardo -, que más de una escuela paréceme los rodea”.

“¡Presto, salgamos! – grité en tomando la pluma -, no es cuestión peligrosa, que si ellos esperan yo esté solo, no es el momento”.

Tomé con el máximo cariño la pluma cargada que me ofrecía mi hijo e le dije bajase al salón con el servicio y Edu e de allí no se movieran.

“No es así, papá – me dijo como adulto que da consejo -, que dos pequeños más son dos testigos más”.

Así, viendo que los niños entraban cada vez más en el pasillo e los hombres quedaban juntos, corrí a poner mi cinto bien lleno de aceros invisibles e, llevando la pluma a las espaldas, salimos de la casa don Eduardo e yo y entramos por uno de aquellos callejones. Atardecía. Había luz, pero no demasiada. Con esto y al vernos de llegar, más de cincuenta voces infantes comenzaron a gritar en coro: “¡Capitán! ¡Capitán!...”. Tal estruendo había, que observé a los hombres como acorralados en la esquina del pasadizo e con sus armas abajo.

Así, nos acercamos con seguridad ambos militares hacia ellos entre aquel estruendo de los gritos e los hombres veíanse asombrados e pegados a una pared de ramas. Conforme avanzábamos, se nos abría paso franco e se volvía a cerrar la salida y, en llegando a ellos, advertí me miraban con mucho temor, que ni estaba solo ni iba armado.

Hicieron los niños un pequeño cerco a estos hombres cuando a ellos nos acercamos e gritaron aún más fuerte: “¡Capitán! ¡Capitán!”.

Delante de los cinco hombres me puse sin gesto alguno e parecióme uno dellos quería mostrarme su placa de pertenecer a la guardia. E levantando éste la mano, hice con rapidez un trazo en vertical e curvo, de arriba abajo, en cada cuello antes de que pudieran pensar yo llevaba arma alguna.

“¡Santo Dios bendito! – exclamó don Eduardo - ¿Qué arma es esa? ¡Mirad! ¡Han caído al punto e su rostro se ha vuelto azul!”.

“¡Niños! – grité sonriente -, la merced que os debo he de devolvérosla agora mesmo, que lo que conseguís los inocentes no lo conseguimos los que nos llamamos valientes”.

Así, recorrí aquel pasillo hasta mi casa seguido de niños y encontré al servicio con estupor mirando lo que ocurría e les dije:

“No sé qué cosas hay en la casa, mas dadles a todos un dulce o lo que pidan y el sábado se hará gran fiesta”.

Así, me entré con Marcos en el bufete e di aviso al inspector:

“¿Inspector? A vuestros hombres podéis enviar a retirar cierta basura que rodea mi casa”.

“Quien tiene en sus manos esa pluma – me dijo Marinín – debe saber que los demás huirán dél”.

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