01 febrero, 2007

Del uso de la razón según Marinín

e entré en el bufete por hacer algunos llamados e allí encontré a mi hijo escribiendo las misteriosas páginas e no quise yo decirle saliese de allí, pues al verme de entrar, levantó la vista e sonrió en diciendo:

“Sabed, papá, que aunque parece a extraños mucho lo escrito, podré acabaros esto en poco”.

“Priesa no hay, mi niño – me acerqué a verle -, que no he menester agora de consultar nada dello. E, decidme; cuando lo vais escribiendo, ¿lo entendéis e lo memorizáis?”.

“Sin duda, papá – dijo orgulloso -, que al estar ya todo escrito, si se quemasen estos papeles, podría volver a escribíroslos de memoria desta mesma forma”.

“Uso yo un sistema para no olvidar nada – le dije -, e más dificultoso es para mí explicaros cómo lo hago, que hacerlo ¿Usáis vos algún método?”.

“Así como lo decís lo hacéis vos – respondió -, yo lo hago. Manifestaros cómo lo hago es más dificultoso que hacerlo, mas podría deciros que, en poniendo algo en la memoria con lo ya existente en ella, aprendo aún más cosas”.

“¿E podríais decirme – preguntéle curioso -, como es posible aprender una cosa e, de esa, aprender más cosas como decís?”.

“Sé alcanzaréis a razonar lo que os diga – dijo seguro -, que no es arte ni magia alguna, sino razón. Imaginad que todos aprehendemos las cosas e las colocamos en nuestra mente una detrás otra. Cada cosa va unida a la siguiente e a la anterior. Imaginad agora que ponéis las cosas como si en el aire flotasen e cada cosa que aprehendéis, va unida a todas las ya aprehendidas, así, si he aprehendido «amarillo» e aprehendo «azul» mucho más tarde, hago todas las combinaciones, pues sumando amarillo e azul, ya sé lo que es el verde”.

“Paréceme entenderos – le dije – mas ¿cómo memorizáis todo un texto?, pues no son más que muchos caracteres seguidos, que unidos de cierta forma, hacen las palabras, y éstas, hacen el texto que tiene sentido”.

“Tres modos tengo de hacerlo – contestóme haciendo gestos con las manos -, pues esa cadena no sirve sino para memorizar todo lo escrito, mas he de usar la razón para entender lo que se dice en el texto e, una vez entendido, hago un resumen de todo ello”.

“Sinopsis llámase ese resumen – le aclaré – e buen método intuyo tenéis, mas, ¿transmitís estos conocimientos a vuestros amigos? Tal vez no alcancen el entendimiento de lo que decís”.

“Así lo creo, papá – dijo mientras seguía escribiendo -, que si yo siempre dijese a mis amigos todo lo que sé o que todo lo sé, inferiores a mí se sentirían, e cosa tal no quiero suceda. Así, sólo les voy diciendo poco a poco lo que ya conozco según paréceme lo entenderán e no se sentirán inferiores o torpes”.

“¿Os ha dado alguien estas claves maravillosas para aprender? – preguntéle con intriga - ¿O acaso vos mesmo lo habéis descubierto?”.

“Nada he descubierto, según creo – dijo -, sino que una razón me ha llevado a otra”.

“E… ¿cómo sabéis cuántas monedas de papel e cuánto dinero hay en un fajo con sólo mirarlo?

“Si se sabe el tamaño de un grano de arroz – dijo – e se sabe luego el tamaño de diez dellos e su peso, es fácil saber cuántos granos tiene un kilo”.

E viendo sus razonamientos eran correctos mas demasiado dificultosos, le dije:

“¡Ah, claro está! Algunos ejercicios desto he de hacer, que suelo errar bastante al contar con la vista un montante de monedas. Ya, ya entiendo esto. Os dejo escribir e volveré luego”.

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