15 febrero, 2007

Del secreto tal vez descubierto

erminado el desayuno e llegado el maestro (que me miró con agradable sonrisa), entré de priesa en mi bufete por llamar al inspector e referirle lo por Marinín narrado sobre los hombres que observaban la casa. En esto, sonó el teléfono e sentí la duda de quién podría llamar, mas al oír, sonó una voz casi melodiosa:

“Sobrino, buenos días nos dé Dios, que alguna nueva os tengo”.

“Decidme, Ilustrísima – contestéle sin hacer referencia a lo ocurrido -, ¿son nuevas de Ronda o son de la casa?”.

“De la casa podría deciros – aclaró -, mas algo tienen que ver con cierto misterio que se nos quedó pendiente ¿Recordáis la caja que os mostré con un extraño botón e mucho peso? Pues pensando en ello, decidí llevarla al hospital”.

“¡Santo Dios!, que sois atrevido sacando a la calle esas preseas e llevándolas a un hospital”.

“Ningún médico habría de verla por estar enferma – dijo en risas -, sino que pensé en el doctor Cañete, que tiene una máquina desas que, como vos decís, ve el interior de las cosas. E la puso sobre una mesa e aquí tengo varias imágenes de su contenido”.

“Decidme, Ilustrísima – dije al punto -, lo que hay en su interior, que no hago sino pensar en cosa tan extraña”.

“A decir verdad, sobrino – dijo como desilusionado -, nada entiendo destas imágenes aunque el mesmo doctor Cañete me ha dicho que las partes más blancas son cosas duras e las partes más negras o están vacías o son cosas de blandura”.

“¿E no observáis forma alguna – le dije – que os diga lo que hay en su interior?”.

“Importante me parece – dijo un tanto quedo -, mas veo formas que no entiendo, aunque bien se ve el mecanismo del botón para abrirla. Necesitaría vinieseis un día a recogerlas e que las estudiaseis, que desto poco sé”.

“Tan poco como yo, Ilustrísima – le dije -, mas habrá que hacer algo por saberlo”.

“Veníos, sobrino – dijo con voz grave -, pues paréceme es de importancia lo descubierto”.

E no sabiendo qué hacer, dispuse viniesen los niños y Marcos conmigo e decir a Cayetano hubiese cuidado e no abriese a nadie, pues alguna duda tenía yo de lo que pudiere suceder.

Así, se prepararon los equipajes e despedí al maestro (que miróme con desconsuelo al tener que irse). Tras el almuerzo, partimos para Ronda.

En Ronda e a quince de febrero del año de dos mil e siete.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario