10 febrero, 2007

Del reencuentro en Ronda

evantéme temprano e bajé a buscar a Su Ilustrísima, mas no estaba en el salón como siempre en sus lecturas. Así, viendo de pasar a Servando, le di los buenos días e le pregunté por él e otras cosas.

“No, señorito – dijo un tanto quedo -, Su Ilustrísima está como siempre en misa de ocho. Sólo ha venido Ildefonso a traer el pan e unos dulces e ha preguntado a qué hora es el desayuno”.

“¿Ha venido ya? – sorpendíme -. Si ha preguntado la hora del desayuno es que pensará venir”.

“Así me ha parecido, señor – contestó -, que sabe él que aquí hay horarios distintos”.

“¿E no ha habido otra cosa? – pregunté - ¿Un llamado o algo así?”.

“Sí, señorito – se llevó la mano a la cabeza -, olvidaba deciros que vuestro sirviente, Cayetano, ya ha avisado de tener la casa preparada para cuando vayáis a Grazalema”.

E dándole las gracias, sentéme a esperar a don Juan, mas bajó al poco Marcos e sentóse allí conmigo haciendo las mesmas preguntas.

“Tal vez – me dijo -, como en Sevilla no hay misa matutina ya no recordabais su sana costumbre”.

“Culpable me siento – repuse – de vivir agora en sitio tan alejado, pues le impide esto cumplir con sus deberes”.

Abrióse al poco la puerta y entró Su Ilustrísima de contento:

“¡Ay, sobrinos! – era la primera vez que así nos llamaba a entrambos -, que ya sabéis mis costumbres rondeñas e, además, una pieza he platicado con el párroco, don Gonzalo, que como saben vuesas mercedes es Prelado de Honor de Su Santidad. Hame dicho que, desde lo ocurrido, acuden a diario a misa don Diego e su señora por su difunto nietecito, que hasta doscientas misas le han encargado”.

“Quisiera yo verles – dijo Marcos – e presentarles mis condolencias, que los hechos fueron muy repentinos e no los he visto”.

“Tampoco yo los he visto – le dije – aunque sí que platicamos a menudo por teléfono”.

“Iremos hoy a la plaza sobre las doce – dijo don Juan -, que siendo sábado, a esa hora acuden”.

“Subiré pues a vigilar el aseo de los niños – dijo Marcos -, que ni me fío del de los mayorcitos ni sabe aún hacerlo el más pequeño”.

“¿Han advertido vuesas mercedes – espetó don Juan – el contento de mi servicio al ver a Marinín con sus dos nuevos amiguitos grazalemeños? Dice Cristina que no podía creer lo que estaba viendo con los sus propios ojos cuanto tuvo ante sí a Marinín, que parécele muy crecido e mucho más bello; e también han observado que Antonio e Carlitos parecen de muy buena educación. Hasta Servando, que casi nunca habla, me confesó su asombro”.

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