04 febrero, 2007

Del reencuentro con Marcos (3/3)

omenzó entonces aclarándome algunas cosas de sí mesmo:

“Nunca me vais a perdonar sea así, pues a veces, callo más de lo que debiera. Nada desconocéis de mí, sino que en algunas ocasiones mis emociones no controlo”.

“Nadie os ha acusado por eso – le dije -, que hasta el inspector me aconsejó retirarme de vos si os veía poco amable y esperar a que volvieseis”.

“Sin solucionar este entuerto no quería volver – continuó – e pensé que unos regalos harían pasar el tiempo con más facilidad. Hice las compras e se me dijo serían enviadas todas a excepción de algunas que deberían llegar desde el almacén por la tarde. Con mi dinero, Marino, e no con el vuestro, compré de buena fe todo aquello. Llevaba un cinturón ceñido debajo de la camisa; un cinturón explosivo que, de no cumplir lo pactado con ese diablo, me haría estallar en pedazos. ¿Pensáis puede un hombre comportarse normalmente llevando ese cinto rodeando su cuerpo?”.

“Marinín os notó raro – le dije -, hasta el punto de insinuarme olíais a adrenalina, es decir, o mentíais por miedo o por preparar una agresión”.

“Miedo, Marino – continuó -, mucho miedo, pues era un hombre convertido en bomba el que entraba en la casa. Así, lo antes que pude, huí de allí, que si algo fallaba sólo yo saltase por los aires”.

“¡Santo Dios! – exclamé sin hacer gesto alguno -, que si me lo hubierais dicho hubiera solucionado yo ese entuerto”.

“No, Marino; no sabéis cómo estaba todo preparado. Preferí irme pronto y hacer la entrega donde se me dijo e, una vez quitado el cinturón explosivo, recuperar para vos la caja, mas no sabía con quién me enfrentaba. Volví ya de noche a la casa dejando la recuperación de la caja roja y el dinero para otro momento, mas encontré una barrera de guardias e de gentes un tumulto a la entrada de la calle e, unos desos guardias me esperaban, que a las órdenes de Andrés estaban. Apresáronme e lleváronse otros el coche. Sabía estaba en manos dese grupo de guardias que a vos mesmo os persigue. Fui conducido en un coche a un lugar que desconocía e se me hicieron preguntas sobre vos; preguntas para capturaros e mataros. Negándome a contestar, fui torturado e drogado e después encarcelado sin juicio alguno. Así, conociendo las leyes, híceme pasar por loco que intenta matar o matarse. No ha habido juicio e no dejarán se investigue nada. Necesitáis el ayuda valioso de los dos inspectores e que se oiga cuanto os he narrado, pues bien sé que Andrés ya no existe, mas sigue existiendo ese grupo de guardias que, algún día, volverán a buscaros hasta arrebataros la vida”.

En Sevilla e a cuatro de febrero del año de dos mil e siete.

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