04 febrero, 2007

Del reencuentro con Marcos (1/3)

añana de nieblas que parecían presagiar un encuentro poco claro. E poco antes de las once nos entramos Valeriano e yo en el centro e, como en la anterior visita, se nos pidió dejásemos cualquier objeto de metal o contundente en unos estantes, se tomó nota de la hora de nuestra llegada e nuestros nombres e apareció el inspector sonriente desde los adentros del pasillo:

“¿Preparado, excelencia? – me dijo como saludo -; vuestro cochero ha de quedar aquí en espera, pues habiendo pedido total discreción para vuestras pláticas, sólo podréis hablar entrambos y en el lugar e condiciones que os dije”.

“Sea así – respondíle -, que con quien necesito hablar agora es con Marcos, no con alguien más. Vos diréis cómo ha de hacerse”.

“Siendo domingo – respondióme – paréceme el médico e alcaide que debería recebiros no lo hará. Excusa infantil me parece por no veros frente a sí, mas paréceme también os habéis librado de un encuentro no deseado”.

“Ningún encuentro – le dije -, aunque no lo desee, me hará bajar la mirada, que bien alta puedo traer mi cabeza. Decidme, ¿está ya Marcos preparado?”.

“Dentro de las normas – me dijo – hay algunas que no pueden eludirse, excelencia. Pasaréis a obscuras a la sala e Marcos no podrá veros mas sí veréis vos cómo se le desata e se le prepara. No es esta medida sino porque observéis quiere veros e se deja desatar, poner los grilletes e oír las condiciones. Si nada ocurre, os encontraréis en una sala aledaña que tiene salida al jardín trasero, como os dije, e habrá hasta tres guardias armados en prevención. Saldréis luego a los susodichos jardines e iréis hablando en paseos siempre rodeando el estanque hacia la izquierda. No os paréis, excelencia, hablad sin dejar de andar, que tienen estos guardias órdenes de interrumpir el encuentro si esto hacéis. Cosa extraña parece, mas tiene un sentido, pues si se os diese un sitio para vuestras pláticas, podríais pensar hay alguien cerca que escucha lo que digáis. Podréis ver que Marcos no lleva en su cuerpo ningún a modo de teléfono pequeño que nos dejase oír lo que habláis, mas, si eso fuere así, yo mesmo os daría aviso. Confiad en que cuanto habléis quedará entre vuesas mercedes”.

“Así lo espero, inspector – le dije -, que la vida ya me hace desconfiar de cuanto se me asegura. Mas bien sabéis os creo e confío en vos”.

E pasamos por la puerta que daba al pasillo hasta llegar a la sala que me daría paso a aquella que parecía no tener puertas e desde donde se vería a Marcos al ser preparado.

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