24 febrero, 2007

Del final de la fiesta y el efecto del vino

os entramos en la casa los tres e aún estaban los niños jugando arriba tras el descanso de la tarde.

“Algo más de la medida de vino habéis bebido, Marino – dijo Marcos llevándome del brazo -, que no me parece exceso sino excepción. De contento habréis de estar”.

“Sin duda alguna – les dije a entrambos -, que no todos los días se siente uno tan vivo e no hay cosa como el vino para celebrar eso”.

“No dirían así ciertas personas que quieren prohibir se beba – dijo Víctor – porque no lo beban los niños e los jóvenes”.

“¿Estáis loco – preguntéle en risas – o están locos esos que decís? Si os coméis un frasco de miel entero caeréis enfermo. Igual es el vino. Dadle a los niños un poco de vez en cuando e tendréis niños sanos e, siendo adultos, decidan vuesas mercedes cuándo tomar una saludable copa o beber un poco más para celebrar alguna cosa u olvidar cualquiera otra durante unas horas. ¡Ah, qué incultura!”.

“Esperemos la cena – dijo Marcos -, que os hará bien un poco de caldo caliente”.

“No os lo niego – respondíle -, mas tan a gusto me encuentro que placeríame nos sentásemos una pieza a platicar antes de la cena”.

Así, pasó un buen tiempo hasta que subió Cayetano a llamar a los pequeños e nos entramos en el comedor.

“¡Sírvase a los niños una copa de vino dulce para abrirles el apetito! – dije a Cayetano -, mas sólo una copa, que somos los mayores los que debemos cuidar el futuro de nuestros hijos y educarlos. Bebed esto despacio, niños, que no es agua, sino alimento”.

Terminada la cena, acompañáronme Marcos e Víctor al dormitorio e pedíles cuidasen los niños se acostasen como siempre. Así, fue Marcos a cuidar dellos e, llegada la hora del descanso, pusímonos los tres en pláticas e dormimos juntos toda la noche.

En Sevilla e a veinte e cuatro de febrero del año de dos mil e siete.

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