onsultados los padres sobre el posible examen de los niños, todos quisieron se hiciera, e pasamos Su Ilustrísima e yo al bufete e quedaron los pequeños con los padres e sus amigos.Las pláticas con Marino fueron, tal como pensamos, increíbles para cualquier mortal, e anotáronse todas para ser convertidas a números. Fran, mucho más aislado e sin demasiado contacto con mi hijo, fue de asombro para nosotros. Benito, niño humilde e de pocos recursos, nos pareció un poco avanzado para su edad. Con esto, le dije a Su Ilustrísima, quería hacer una prueba con Antonio y Edu, que sin haber sido curados de mal alguno, un tiempo llevaban en relación con Marinín. Así, al examinar a Antonio, quedamos perplejos, pues habiendo sido repartidor de pan a sus diez años e sin acudir a la escuela, había conocimientos que a entrambos examinadores nos dejaron en suspenso.
Y Edu, que tampoco había sido sanado de mal alguno e que sabíamos había retraso en su mente, hízonos razonamientos que nos auguraban una recuperación total e que podría llegar a un avance muy rápido.
Refirióse todo a los padres presentes e hubieron gran curiosidad por los resultados, mas quería yo hiciese Ildefonso aquellos cálculos que compararían la sabiduría de cada uno con la de Marinín. Así, aseguramos a los padres que, además de la curación total de su mal, sus hijos habían avanzado como no esperábamos e que, hechos los cálculos necesarios, volveríamos a vernos para conocer más cosas.
E ya partidos todos a sus casas, hablamos en el bufete don Juan, Ildefonso e yo del trazado a seguir para ver las evoluciones de todos.
“A la memoria me viene, Ilustrísima – dijo Ildefonso -, aquel sueño que dijisteis tuvo don Juan Bosco, pues en diciéndole su Maestra, Nuestra Señora, que tomase su cayado, advirtió se convertían primero los niños en bestias e luego en ovejas”.
“No es eso más que un sueño – contestóle – con un grandioso mensaje, pues de nada sirven los gritos ni los azotes a los niños para que éstos aprendan. Bien es cierto que en esta casa ni gritos ni azotes se dan a los niños, mas aquesto de que adquieran tanta sabiduría sin nuestra ayuda, ha de haber otra razón”.
“Bien he aclarado – les dije – que al sanar el mal de Marinín, algo (que aún no entiendo) ha hecho de su mente una fuente de sabiduría e, más importante aún, es que los niños que a él se acercan toman de esa fuente. Descubramos primero con esos cálculos los avances de cada uno e, luego, por qué se han producido”.
En Sevilla e a tres de febrero del año de dos mil e siete.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario