legados ayer a Ronda, hubo gran fiesta e di luego permiso a los niños para ir a jugar a la plaza diciendo a Marinín e Antonio cuidasen del más pequeño. Con esto, quedamos solos Su Ilustrísima e yo toda la tarde en el bufete y Marcos en el salón, e hasta la madrugada estuvimos en estudios, motivo por el que escribo hoy.Mostróme unas placas negras con varias imágenes de la curiosa caja. En la vista superior, parecióme ver algo alargado e que se ensanchaba, mas no acertaba lo que pudiera ser. E vista la caja desde el frente, veísae con nitidez el mecanismo interno del botón. Unas piezas metálicas (así parecían), quedaban prendidas a la caja por un extremo e por el otro caían. Esta mesma vista, poniendo la caja boca abajo, revelaba que aquellas piezas siempre caían. Alguna cosa impedía quedasen rectas horizontales. El resto del mecanismo era aún más curioso, pues había hasta cinto puntos que señalaban lugares distintos.
“¿Qué pensáis desto, sobrino? – estaba inquieto don Juan -. Si ponemos la caja en su sitio, esas piezas caen e parecen tapar algunos orificios; si le damos la vuelta, caen hacia el otro lado e también tapan otros orificios. Desta forma, es imposible que el botón gire libre y entren algunos salientes, como los de las llaves, donde han de entrar”.
“La gravedad – le dije -, es la gravedad, Ilustrísima. Para que esas piezas de metal se elevasen e dejasen paso a ciertas claves deberían ser de hierro, necesitaríamos un imán e saber cuándo quedan horizontales”.
“Dificultoso lo ponéis, sobrino – dijo riendo – que a través de la madera no veo”.
E así estuvimos haciendo pruebas hasta que volvieron los niños:
“¡Dios bendito! – exclamó Marcos -, de barro vienen hasta los ojos. He de darles un baño antes de la cena mas no entreteneos mucho más, que además de aburrirme solo en el salón, acércase la hora del buen yantar”.
E así se hizo, que subió Marcos a cambiar a los niños e se les oía reír desde abajo; cenamos ternera con espinacas e pescado e, muy a su pesar, quedóse Marcos contando historias a los pequeños e pasamos Su Ilustrísima e yo al bufete, mas, habiendo poca luz, era muy difícil ver aquellas imágenes. Con esto, le dije trujese un imán e pusimos aquella caja de una forma e de otra e dimos vueltas al botón acercando e alejando el imán. En cierto momento, oyóse un ruido como si algo encajase en su sitio.
“Paciencia, sobrino, paciencia – me decía Su Ilustrísima -, cientos de combinaciones, tal vez miles, habrá de hacer hasta levantar la tapa”.
“¿Levantar la tapa? – preguntéle con extraño -, esta tapa no se levanta como en otras cajas, sino que se desliza a un lado. Estas bisagras que aquí veis no son sino adorno o motivo para equivocaros”.
Muy tarde ya, fuimos a dormir e dejamos el día de hoy de descanso absoluto e de paseos e dándome un codazo en la mesma Calle de la Bola, comprendí Marinín me pedía uno de aquellos dulces de colores.
“Elija cada uno el color que le guste”.
En Ronda e a diez y seis de febrero del año de dos mil e siete.


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