11 febrero, 2007

Del encuentro de una madre con sus hijos

os llegamos por la tarde a casa de doña Pastora subiendo algunas calles y, al llegar a la casapuerta, llamó Antonio con fuerzas: «¡Mamá, mamá; que estamos aquí!”.

E salió la madre al abrir e los abrazó en llantos de alegría e así los dejamos una pieza haber unas pláticas. Luego desto, nos hizo pasar e vi la casa muy cambiada. Le dije nos acompañaba Marcos, mi compañero, e Antonio encargóse de decirle cómo era. Sentados a la mesa, tomamos café e comentamos muchas cosas, pues estaba ella trabajando en una casa por las mañanas mas decía no sentirse sola, pues sus vecinos siempre la atendían.

“Hecho a faltar a estos dos pilluelos – decía -, mas no podría agora dejarlos solos toda la mañana”.

“¿Acaso os preocupa eso? – le dije -. A Sevilla volverán con nosotros e allí tendrán lo que sea menester e, llegado el viernes, volveremos a venirnos al pueblo e pasaréis cuanto tiempo queráis con ellos”.

“No sé qué les habéis hecho, excelencia – exclamó -, mas cuando los miro, parécenme mayores e son sus rostros más bellos”.

“Un corte de pelo aquí, alguna ropa allá – dijo Marcos -; no creo haya más novedades”.

“Sí, don Marcos; sí las hay – contestóle -, pues no habéis conoscido a estos niños antes de…”.

“Lo sé doña Pastora – le dije – e por ello no debéis tener cuidado. Seguid en vuestro trabajo hasta que os sea menester e, cuando veáis pueden estar atendidos por vos mesma, avisáis e con vos restarán”.

“Míos son e nadie me lo va a negar – apuntó -, e viéndolos cada semana me sentiría feliz”.

E oyendo esto Antonio, puso sobre la mesa el pliego de papel con su retrato e lo abrió para que su madre lo viese.

“¡Santo Dios! ¡Mi niño en dibujo! Miradle, miradle – decía -, que ya no es el mesmo e más bello está”.

E tras una luenga despedida, volvimos a la casa, recogió Marcos las máquinas y el servicio el equipaje. Al poco, llegaron Valeriano e Rafael e nos trajeron de vuelta a Sevilla, e venían los niños cantando divertidos versos e, al anochecer, quedaron dormidos una pieza. En llegando a la casa, hubo que darles la cena casi en sueños e María atendía a Carlitos como si su madre fuese.

“Ea, ea, mi niño, que cuando comáis, os llevaré a la cama calentita”.

En Sevilla e a once de febrero del año de dos mil e siete.

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