legó la hora del almuerzo e nada se habló de la pluma, que los niños lo tomaban como algo maravilloso que les ponía a salvo e los adultos no todos lo entendíamos.Hablamos, sin detalles, de ciertos tósigos que, añadidos a la comida o a la bebida, mataban a una persona al punto, cuando dijo Cayetano:
“Licencia pido para contaros una historia, que aunque se esté yantando, no creo sea desagradable”.
“Licencia tenéis, Cayetano – le dije -, que siendo de pueblo muy bien sabréis del efecto de algunas plantas y espero – reí – no las uséis en nuestros alimentos”.
“Deso trata la historia – dijo -, pues una mujer mataba a sus maridos poniéndoles adelfa en sus bebidas por cobrar el montante de los seguros, mas viendo éstos que no había motivo que causase la muerte, no le pagaban lo convenido. Hasta un tercer marido tuvo envenenado con adelfa e, viendo que ni los de ciencia ni la guardia encontraban motivo de la muerte, insistió tanto la mujer en la muerte de sus maridos por la amistad con alguien, que comenzaron las sospechas. Harta que esta mujer un día, de tanto envenenar y de tan poco cobrar, dijo, de paso, la palabra «adelfa» e, así, supo la guardia el motivo de las tres muertes e descubrióse a la culpable”.
“La adelfa, según sé – le dije -, mata cuando se usa recién recolectada, mas ¿qué decís de la posibilidad de guardar su veneno varios años e que sea efectivo?”.
“La adelfa, excelencia – continuó Cayetano -, es veneno. Esto deberíais saber. Guardar bien su veneno para que dure unos años no creo sea tan dificultoso, que lo que es veneno no se trueca en remedio de enfermedades, mas si al contacto con el aire cambia…”.
“Habláis , Cayetano, de oxidación – le dije -, e tal cosa puede evitarse enfrascando ese líquido o… tal vez, convirtiéndolo en polvo”.
“De gente sé que en Grazalema sabe convertir la adelfa en polvo blanco. E no hacen esto para matar a nadie, sino para ahuyentar a ciertos insectos peligrosos”.
Miróme Marcos con extraño e, terminado el almuerzo, insinuó que sin la ayuda de un buen químico no se podría saber qué era aquello.
Atardeciendo ya, pude yo mesmo comprobar cómo hasta cinco hombres daban paseos en derredor de la casa e, sin más dudas, decidí hablar con Marinín.
En Sevilla e a diez y nueve de febrero del año de dos mil e siete.


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