26 febrero, 2007

Del despertar rondeño con nuestro nuevo amigo

Fue el aseo de los niños muy divertido, pues todos estábamos desnudos en el cuarto del baño. Comenzamos el aseo del más pequeño e, luego desto, el de los de más edad. Víctor disfrutaba tanto como nosotros e, no habiendo visto nunca a Marinín desnudo ni las señales de la espalda de Antonio, díjome luego a parte:

“Excelencia, tenéis un hijo que es bello por fuera, por dentro e desnudo. Esto no entiendo, que teniendo tan sólo seis años, parece mayor e su mirada cautiva. Antonio, teniendo ya los diez, parece parejo al suyo, mas no sé qué es eso que tiene en las espaldas”.

“Lo que tiene en las espaldas – le dije – es la señal de su difunto padre. Desto no habléis, que también le pongo un remedio para que, al menos, se vea poco”.

“Vuestro hijo, excelencia – insistió -, es como ángel del cielo bajado. Jamás hemos discutido, siempre obedece. Acabará un día llevándose a la gente tras de sí”.

“Secadlos e vestidlos si es de vuestro agrado - le dije -, que su maestro sois e alguna cosa buena le enseñaréis”.

Poco tiempo después, bajamos todos juntos al salón e hallamos - ¿cómo no? – a Su Ilustrísima en lecturas.

“De la misa ya he vuelto, sobrino, e nada os digo de asistir a ella que bastante carga habéis con cuatro renacuajos. ¡Oh, excúsenme vuesas mercedes, que no he querido incluir a Víctor en estos alevines!”.

E acercóse a él Marinín, besó su cruz e le dio los buenos días.

“¡Mi niño! ¡Mi ángel! – decía don Juan - ¿Cuánto tiempo pasará para que yo encuentre en mi camino a alguien como vos?”.

E luego, mirando a Víctor, le dijo:

“Venid, joven maestro, que si Marinín no ha parangón para mí, es posible que algún día descubráis lo que oculto lleváis”.

“¿Oculto, Ilustrísima? – respondió sorpreso -. Lo que ante vuestros ojos hay es lo que por dentro hay”.

“No quiero errar – le dijo – mas paréceme tenéis también algo que me gustaría compartieseis con mi pequeño. Desayunemos agora, que ya suena la campanilla, e tengamos luego unas pláticas”.

Asombrado por lo que le dijo Su Ilustrísima, vino el joven maestro a mi lado todo el tiempo.

“Ayer llovía – dijo don Juan – y es hoy día espléndido. Iremos todos a «los molinos» por ver Ronda desde abajo e daré aviso a don Diego por si pudiéramos visitar su finca”.

Sonreía Víctor de continuo e nos miraba agradecido e, acercándose a mi oído, me dijo Marinín:

“Paréceme que habéis enseñado vos al maestro esta noche”.

En Ronda e a veinte e seis de febrero del año de dos mil e siete.

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