legados a Sevilla ayer casi a la hora de la cena, no podía borrar de mi memoria la caja que traía con la pluma de plata a buen recaudo e, viendo Marcos mi gesto como ausente, me dijo ofrecíase a ayudarme si fuere menester, así, le dije que llegada la tarde hablaríamos e aceptaba su ayuda.E siguió la mañana como era costumbre, pues dio Marinín sus clases e a ellas asistió Antonio; e María cuidaba de Carlitos como si su propio hijo fuese e lo dejaba con nosotros cuando le era menester entrar en la cocina. Con esto, le dije a Marcos le enseñaría el secreto que traía de Ronda y nos entramos en el bufete e cerré la puerta bajo llave.
“Esto que vais a ver, amigo Marcos – le dije -, ni yo mesmo sé lo que es. Y ese es el primero de los secretos en descubrir: su utilidad. Dícense cosas de mí entre las gentes, mas son los niños e jóvenes los que conocen al Capitán Alacaída mejor que yo mesmo. E todos dicen tengo una pluma de plata para defenderlos. Mirad agora lo que hame entregado Su Ilustrísima, que aunque él no lo dice, bien sé ha visto alguna referencia en algún libro antigüo que guarda en su casa”.
E viendo correr la tapa de la caja y el contenido, dejóse caer en una silla.
“¡Santo Dios! – exclamó - ¿Es la pluma de plata de la que un día, tiempo ha, hablóme Marinín? Así como vos decís, cuentan los niños que el Capitán los protege e los cura de males e que los defiende de unos hombres con una pluma de plata. Creía era leyenda”.
“Leyenda no es – le dije -, mas ni yo mesmo he sabido desto hasta ha poco tiempo. Es conveniente agora saber qué se hace con esa pluma. Marinín me será de ayuda e quiero estéis presente e deis vuestra opinión”.
“Contad con ella, Marino – me dijo poniéndose en pie -, que ni siquiera deberíais pedírmelo. E veo aquí unos vidrios con tinturas e unos a modo de dardos. Si os fuere menester, los enviaría yo a analizar”.
“¡No, no, no haced eso! – exclamé -, no quiero nadie sepa sobre esto. Lo que haya que resolverse, entre nosotros lo resolveremos”.
“Sea así como es vuestra voluntad, mas sepa vuesa merced, que en esto de líquidos e polvos para matar, sí estoy bien ilustrado. Dejadme os ayude”.
E acabó la mañana con las friegas al maestro.


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