17 febrero, 2007

Del contenido de la caja e su posible uso

o podía entrar en sueños pensando en el contenido de la caja e Marcos tenía su brazo sobre mí. Así, dime media vuelta e bebí agua tomándola del vaso. Con esto, estando Marcos ya bien dormido, levantéme con sumo cuidado e bajé al bufete de Su Ilustrísima. Por debajo de la puerta veíase salir la luz.

Llamé a la puerta con prudencia e vino don Juan a entreabrir la puerta e, al verme, espetó:

“Mucho me extrañaba, sobrino, que pudieseis dormir en teniendo ya la caja abierta. Nada he tocado, sino que la miro con asombro e busco libros o legajos donde se indique qué cosa contiene e para qué sirve. Pasad, que hasta las ocho que iré a misa, tiempo tenemos de ver cosas”.

Y entrando en la sala, vi la caja abierta e sin tocar. Su interior no podía verse por estar cubierto de una capa de fieltro pegada a la madera.

“No hay clave ni cualquiera otra cosa para quitar este paño – le dije -, habrá que cortarlo con cuidado por ver el interior”.

“En eso creo tenéis razón. Pegado parece a todas las paredes”.

E sacando la puntiaguda daga que traía a colación, comenzamos cuidadosamente la ceremonia. Fui cortando primero uno de los lados más cortos, e tirándo luego con suavidad deste lado, levantóse la tela sin dificultad.

En su interior encontramos lo que nunca hubiéramos esperado, pues bien atado todo con cintas de cáñamo (o algo parecido), encontramos una gran pluma de plata como las antigüamente usadas para escribir, e un atillo de tela azul obscura que también estaba atado. La pluma casi conservaba su brillo e no estaba obscurecida la plata por el tiempo, e cortando las ataduras del atillo, encontramos hasta tres frascos sellados con lacre e otra bolsa pequeña que contenía un polvo blanco e unos a modo de pequeños dardos.

“Ilustrísima – advertí -, no tocad ese polvo por lo que pudiere ser, que no sabemos si es remedio para curar o para matar”.

“¡Santo Dios! – exclamó -, que cuando se guardan estas cosas en una caja tan dificultosa de abrir, es que han de ser de gran importancia”.

“Por lo que observo en la pluma – le dije – paréceme no es para escribir, sino para solucionar otros menesteres ¿Quién hace una pluma en plata para escribir? Agora sí deberemos dejar los estudios para mañana”.

En Ronda, la madrugada del diez y siete de febrero del año de dos mil e siete.

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