res de febrero, San Blas; ni día menos ni día más. Llegaron todos a esta casa, que convirtióse durante una pieza en casa de locos nada locos, sino demasiado cuerdos. Ya había preparado María unos dulces e Cayetano retiró algunos muebles del centro de la buhardilla dejando un grande lugar para sus juegos e, allí mesmo, pasarían entrambos la mañana con los niños procurando no bajasen si no les fuere necesario.Dirigieron el cónclave Su Ilstrísima e Ildefonso, muy acostumbrados entrambos a reuniones donde mucha gente quiere hablar al mesmo tiempo e dijo don Juan hiciese Ildefonso de «moderador», que no habría sino la empresa de dar la palabra según se pidiese. Ya todos de acuerdo, reunidos en torno a la gran mesa redonda de cristal e con papel e pluma cada uno, nos encontramos don Francisco e señora, los padres de Benito (que por nombre han José Miguel e Blanca), Su Ilustrísima, Ildefonso e yo. E siendo para mí el número siete como número de la buena ventura, parecióme sería aquel cónclave de gran interés.
Manifesté de primero mi deseo de saber los adelantos en la salud de los niños e los avances de sus mentes, pues nadie más, sino sus padres, son los que los ven e los tratan día a día. Hubo quórum en la respuesta e comencé entonces a aclarar que, al sanar a Marino de su mal, advertía cada día también un grande adelanto de su mente; no un adelanto normal como el de todos los niños, sino uno mucho más rápido (En progresión geométrica, aclaró Su Ilustrísima).
Con esto, dióse la palabra a los padres de Fran e cada uno dellos (más la madre que el padre), fueron narrando cosas que su hijo hacía e que jamás antes las había hecho e cómo razonaba de forma tal, que a veces, ni ellos mesmos podían alcanzarle. Así, me dijo la madre que más leía que jugaba, había mejorado su letra hasta no parecer de niño y que, aún siendo travieso, habíase vuelto muy obediente.
No tanto podían decir los padres de Benito, pues poco tiempo hacía de su curación, mas, confesando su padre no creyó mucho en aquello que se hizo por sanarlo, sentíase agora orgulloso de verlo más sano que antes de caer enfermo e había pláticas con él que le asombraban, pues más parecía adulto algunas veces, que niño de apenas seis años.
Tomóse anotación de cada suceso e manifesté yo cuáles eran los avances de Marinín e me miraban suspensos, mas no incrédulos, por las cosas que yo les decía.
“Una cosa hay – aclaró Su Ilustrísima - que han estos tres niños en común, pues los tres han sido sanados del mesmo modo, los tres se han liberado del mal (en ocho días) que podría haberlos llevado a la muerte en poco. Sólo nos queda saber agora si también los tres irán avanzando hacia una mente prodigiosa. Quizá Dios Nuestro Señor nos sorprenda algún día e se hagan grandes hombres de grandes hechos”.


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