ontemplé, al abrir hoy los ojos, cómo estaba la copa de mi jugo de naranja sobre un fino paño de encaje en una bandeja de plata e, junto a él, uno destos que llaman bombones de chocolate envuelto en papel de colores brillantes. Miré con disimulo a Marcos e vi seguía dormido, así pensé que alguien había puesto aquello allí e de tal forma. Tomé mi zumo e despertó Marcos cuando me moví mirándome con extraño.“¿Os apetece un despertar con un poco de bombón? – le dije -; parece esto novedad”.
“¿Bombón decís? – miró a la mesilla -. Alguien piensa pediros hoy algún favor”.
E reímos e comimos la mitad del dulce cada uno. Era temprano y, tras el aseo, nos llegamos a ver a los niños. Carlitos aún dormía e, si nada le decimos, hubiese seguido en sueños, mas Marinín e Antonio tenían sus cabezas tapadas y estaban ya despiertos:
“¿Acaso pensáis os vamos a dejar más tiempo dormir? – les dije -; levantaos que os quiero ya aseados e preparados. Antonio – me dirigí al mayor -, cuidad de vuestro hermano que agora vendré yo a darle su baño”.
“No es necesario, Marino – dijo Marcos -, yo mesmo lo asearé. Bajad vos e id comprobando que todo está bien”.
Así, bajé yo primero, saludé al servicio con mis buenos días, e sentéme a esperar en el salón. Pasada una pieza, bajaron los tres niños muy bien vestidos e peinados e venían como en formación (muy juntos e todos al mesmo tiempo) e Marcos bajaba tras ellos. Llegando al final de la escalera, se acercaron a mí muy de espacio e sonriendo e, ya cerca, corrió Marinín a abrazarme e besarme; e así hicieron luego sus dos amigos.
Dándome luego los buenos días, oí decían a coro: «Felicidades». E me entregaron un presente envuelto en bello papel de color. Era una pluma moderna de oro, destas que llevan ya la tinta en su interior.
Quedé mudo, pues no sabía qué estaba pasando, cuando me dijo Marinín:
“Jo, papá, no disimuléis que bien sabéis qué día es hoy”.
E no pude sino levantarme e abrazarme a todos en diciéndoles:
“Sé quién ha sido el que ha dicho qué ocurre hoy, mas ese tal personaje no sabe nunca cumplo años”.
“Tal vez – dijo Marinín – no tengáis aspecto de la edad que tenéis, mas, por lo que sé, hoy es vuestro cumpleaños: quinientos e nueve”.
“Jamás he celebrado el día de mi cumpleaños – les dije -, mas esto que hacéis se merece descansemos hoy de labores e otras cosas e pidamos a Valeriano nos lleve todo el día a la ciudad. Tal cosa os debo”.
E hubo gran contento entre ellos e todos se lanzaron (donde digo «todos» incluyo a Marcos) sobre mí en abrazos y en risas.
E saliendo del comedor muy sonriente, felicitóme todo el servicio e hizo Cayetano un gesto para que pasásemos al desayuno. La mesa estaba adornada con premosas flores e velas e Marinín no soltaba mi mano: «Quinientas e nueve velas no caben».


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