espués de una mañana donde los niños anduvieron en sus juegos e nosotros en paseos y en pláticas con don Diego e, luego, también con Ildefonso, que a casa vendría a almorzar con nosotros, volvimos a la casa habiendo ya dado cumplimiento a una buena chacina e un buen vino.En sonando la campanilla, pasamos al comedor e no quisimos hubiese lugar para invitados, sino que nos sentamos todos como siendo de la casa. Sentóse Su Ilustrísima a la presidencia e a un lado Marcos e yo con el maestro entre nosotros e, al otro lado, estaba Ildefonso con los niños, teniendo cerca de Carlitos para ayudarle en la cosa del yantar.
“Como rondeños todos almorzamos hoy – dijo Su Ilustrísima -, e como si esta fuese la casa desta…«familia»; aunque cada uno sea de un lugar diferente”.
“Así es, Ilustrísima – dijo Ildefonso al punto -, que rondeños no somos más que vuesa merced e yo”.
“De cerca somos otros – apunté -, que hasta cuatro grazalemeños hay a esta mesa. De la Serranía al cabo”.
“¿No sois sevillano, excelencia? – preguntó el maestro -, que de Sevilla os tenía”.
“De aquí, de acá e de acullá – le dije -, mas nacido en Grazalema al cabo”.
“De Albacete soy yo – dijo entonces -, que hay también quien me cree sevillano”.
E al oír esto Marcos, lo miró sonriendo e le dijo en risas:
“¿De Albacete? Sabed soy yo de Cuenca; muy cerca hemos nacido e ya somos tres los caballeros de la Mancha, si contamos con don Quixote”.
“¡Conquense! – dijo el joven maestro -; bella ciudad para nacer”.
“Mas se dice que los conquenses no somos muy amigos de albaceteños – dijo Marcos -. Dícese allí que «En Albacete, caga y vete».
E rompimos todos en risas con la excepción de Su Ilustrísima e, al mirarlo como en gran enojo, callamos todos con algunas toses de disimulo mientras nos hacía señas con los ojos de no decir tales cosas en la mesa habiendo niños.
Al cabo, siguiendo todos en silencio, comenzó a oírse una risa contenida e, al levantar la vista, vimos cómo reía don Juan cada vez más fuerte e así todos reímos.
“De Plasencia nada se ha dicho, papá – dijo Marinín -, e también es bonita”.
“Por eso, hijo – le dije -, por eso la he dejado para el final”.
En Ronda e a veinte e siete de febrero del año de dos mil e siete.


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