quella mesma tarde se hicieron los preparativos para el viaje e volví a tomar a Antonio e a Carlitos para llamar a su madre.“Tomad, Antonio – le dije -, el aviso ya está dado. Cuando hable la vecina decidle sois vos”.
Así, hablaron unas palabras con ella mientras avisaba por el patio a su madre que, según me dijo luego, subió a toda priesa a su casa por platicar con sus hijos.
“¡Vaya, tío Marino! – exclamó Antonio al terminar -, mi madre gana buenos dineros e dice ya tiene ahorros. Cuando vayamos, le decís vos eso de que nos dé licencia de volver.
“No habéis de tener cuidado – le dije -, que si está trabajando, no os va dejar solos en casa. Subid conmigo a la buhardilla; le llevaremos un presente”.
E subimos todos a la buhardilla e le dije se sentase en una banqueta e no se moviese. Así, le hice un retrato a lápiz porque su madre lo pusiese a la vista.“¡Vaya! ¿Cómo hacéis esto en tan poco tiempo? – me dijo admirado -. Estoy seguro le gustará más que una imagen de cámara”.
“¿E a mí no me hacéis uno? – preguntó Carlitos -, que sólo recordará a mi hermano”.
“No es así, pequeñín – lo tomé en brazos -, pues volveremos como antes a Grazalema los fines de la semana e, la semana que viene, le llevaremos el vuestro. ¡Ya veréis lo contenta que ha de ponerse!”.
“Sí, que yo también quiero sentarme en esa baqueta” – dijo en señalándola -.
“E dentro de pocos días – aseguré -, tendremos un coche grande para ir e venir todos juntos”.
E acercándose a mí quedo, tomóme Marcos por la cintura e me dijo al oído:
“Siento tengáis que hacer una nueva compra, que esos guardias se lo llevaron”.
“Dos tendremos algún día – repuse -, que uno nuevo voy a recoger con Valeriano y el usurpado han de devolvernos”.
E al atardecer, partimos para Ronda.
En Ronda e a nueve de febrero del año de dos mil e siete.


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