esayunábamos, cuando interesóse Ildefonso por la forma en que se intentaría conocer el adelanto de los niños sanados e díjole Su Ilustrísima parecíale atinado nos reuniésemos antes sólo los adultos. Así, propuse un orden para hacer las cosas:“Habremos, como bien piensa don Juan, una reunión con los padres. Disfrutarán los niños la mañana en la buhardilla mientras tanto, que estando el día entrado en lluvias no podrá hacerse uso del jardín. Anotaremos cada comportamiento de los pequeños desde que sanaron por compararlos unos e otros e también las ideas que cada adulto tenga. Nada desto se hablará en el almuerzo, que también dejar a un lado una discusión durante una pieza, ayuda a que todas las ideas se organicen en nuestras mentes. Tras ese descanso, será en la tarde cuando habremos una reunión de todos e comprobemos es cierto lo que se pensó e anotó por la mañana e, luego, con el permiso de los padres, Su Ilustrísima e yo, habremos una plática con cada niño en el bufete, a modo de examen. Lástima no contemos con un médico de la mente, mas prefiero a éstos en sus casas reprimiendo con su orgullo a sus hijos”.
“Claro como luz de día – espetó Ildefonso – tenéis los avances de Marinín, que yo mesmo los advierto. Busquemos entonces un baremo, es decir, si el avance de Marinín fuese de ciento ¿Cuánto avance han Fran e Benito habiendo sido curados uno después e otro ha poco?”.
“Ese baremo que decís, Ildefonso – razonó Su Ilustrísima -, no podrá hacerse hasta comprobar cuál es el ciento, cuál es el avance de Marinín; mas sí me parece atinado comparar cada caso partiendo del más avanzado. Así ha de hacerse, sobrino”.
“Hagamos en ese caso un estudio de Marinín – dije a Ildefonso – e, tal como él mesmo me ha enseñado, convirtamos a números cada uno dellos por su importancia. ¿Sabríais luego hacer en el estuche portátil una comparación de todos ellos?”.
“¡Sin duda, Marino! – respondióme éste con entusiasmo -; es esa una buena idea e ¿decís que el mesmo niño os lo ha mostrado?”.
“Así es, amigo – le dije -, que aunque sorprendente, hame mi hijo demostrado que cualquier cosa puede convertirse a números, e no yerra”.
“Dios nos ayuda – concluyó don Juan – con sus propios medios. ¡Cosa tal nunca he visto!”.


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