ube yo de ausentarme en la mañana un par de horas e quedó Antonio asistiendo a las clases de Marinín e María con Carlitos. Hubo gran fiesta cuando volvimos Marcos e yo e me dijo Marcos recibióle Antonio como no esperaba, tirando de sus ropas e abrazándole e besándole. Con esto, pidióme el joven maestro pasar a la biblioteca por si podía leer algún libro una pieza antes de irse, e dile mi licencia, que a nadie niego llegar hasta la fuente de la sabiduría. Mas, al entrar allí, observó faltaba el antigüo libro que él quería leer e así le dije:“Es ese libro de Su Ilustrísima e se lo ha llevado a Ronda, maestro, mas no preocuparos que copia dél habemos e os dejaré leerla, aunque sí me temo no entendáis mucho lo en él escrito”.
“Cosa así no me importa – me dijo -, que parece Antonio tampoco entiende lo que voy enseñando a Marinín e se pone a su altura con sólo oír lo que digo. Estos niños son diferentes a otros, excelencia, vos lo sabréis mejor que yo, pues en oyendo o leyendo alguna cosa, ya no la olvidan. E tiene Marinín un don especial, que con sólo leer una vez el tema del día, lo entiende e dello discute conmigo, e paréceme en poco aprenderé yo dél. Dizque también vos andáis en estudios de medicina y, según creo yo, es eso dificultoso”.
“Así lo es – le dije -, no por parecerme mucha materia (son cinco tomos gruesos), sino por no poder hacer las prácticas necesarias. Mas sólo me interesa conocer las patologías, su etiología, sus signos e síntomas e poder hacer un diagnóstico claro dellas con los nombres que agora tienen”.
“A lo que veo – dijo sorpreso -, bien domináis ya ese lenguaje sin asistir a la Universidad, que no soy médico e algunas cosas no sé qué significan. ¿Podríais ya acaso conocer un mal que me aqueja e los médicos no aciertan del todo?”.
“¿Quién lo sabe? – le dije -, que tengo yo mis propios medios de diagnosticar males. Dejadme tocar vuestro cuello por un momento”.
E puso su cabeza alzada en señal de asentimiento e allí puse yo mi mano, mas no viendo le aquejaba mal alguno grave, sino un malestar, preguntéle si notaba algún dolor en alguna parte, e viendo iba yo por el camino correcto, me dijo:
“No es un mal como bien decís, tal como puede entenderse esta palabra, sino un estorbo que el cuerpo me produce desde el nascimiento. No me impide llevar mi vida, mas es una molestia casi continua”.
“A lo que me decís no puedo sino responderos una cosa – afirmé -, pues los huesos de vuestra espalda no están en su sitio e producen dolor”.
Asustado por lo oído, dijo al instante:
“Si no habéis visto mi espalda, ¿cómo sabéis está ahí el mal?”.
“Es mi método de diagnóstico. Llaman a esto agora escoliosis – le dije -, que no es sino que vuestra espalda está un poco torcida e a veces os es de gran molestia. Recordadme mañana os dé un remedio que os alivie, mas, supongo vuestra madre o vuestra esposa habrá de daros las friegas”.
“Esposa no tengo, excelencia – aclaró -, ni madre tampoco. Ya buscaré a quien pueda darme esos ungüentos; no habed cuidado”.
“En esta mesma casa se os darán, si vos lo permitís – le dije -, e puedo prometeros que en menos de dos semanas no sentiréis la fatiga que sentís agora al estar sentado”.
“Mi licencia tenéis – concluyó -, que jamás un médico sin hacerme muchas pruebas e hacerme tomar muchas desas pastas contra el dolor, me ha dicho con claridad lo que tengo”.
E pasando mi mano por su espalda de arriba a abajo, le dije:
“Escoliosis tenéis, amigo, e con varios pinzamientos; e lo posible haremos porque no acaben en hernias discales”.
En Sevilla e a doce de febrero del año de dos mil e siete.


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