arde era cuando dijo Marcos quería retirarse al descanso, pues aún no había recuperado todas sus fuerzas. Así, dijo llevaría a los niños a su dormitorio e los prepararía, que habría que madrugar para ir a Grazalema. Subió de espacio las escaleras con ellos e le decía Carlitos:“Tío Marcos, dejadme dormir con vos, que estos dos se ponen en risas e no me dejan dormir”.
“¿Cómo es eso? – preguntóles - ¿Acaso no sabéis que en apagando la luz debéis respetar el silencio e dormir? Dormirá Carlitos en su cama e no quiero me diga mañana habéis perturbado su sueño. ¡Vamos!, obedeced que mañana temprano nos vamos de viaje”.
E desapareciendo por el pasillo, dijo Su Ilustrísima:
“Tanto me parece habéis influido en Marcos como Marinín influye en Antonio; oígole hablar e paréceme habláis vos”.
“Mucho tiempo llevamos juntos, Ilustrísima – apunté -, e, aunque no quisiera, algo de mí ya habría tomado”.
“Cierto es – repuso -, mas no veo yo hayáis tomado dél cosa alguna”.
“Tal vez no lo notéis – le dije -, mas alguna cosa se me habrá pegado con el roce”.
“Pues quería yo agora que solos estamos – habló quedo – deciros que ya está el libro en blanco donde estaba, que teniendo las imágenes de sus páginas, mejor es tenerlo aquí a buen recaudo”.
“Os dije no deberíais haberlo sacado desta casa – contestéle -, que demasiado valor le veo para exponerlo a un viaje e mezclarlo luego con otros libros”.
“Riesgo tiene todo, sobrino – aclaró -, que si pensamos en ello, si no hubiese ido a Sevilla, no sabríamos su contenido o bien pudiera caerse el techo de la biblioteca e destrozarlo. Así mesmo os digo podría ocurrir con todo lo de valor que hay en la vitrina, que algunas cosas sé son antigüas mas no sé qué son. Seguidme, que os mostraré alguna”.
Con esto, fuimos al bufete e nos acercamos a aquel antiguo armario de paredes e puertas de cristal.
“¿Veis estos cristales que parecen frágiles como los de antaño? – me dijo -. No os dejéis engañar, que no son sino cristales al efecto e modernos que imitan a los de otrora. Sólo con un leve golpe en ellos no estando yo aquí, sería avisado de la presencia de un intruso”.
“A fe que es buena idea, Ilustrísima – le dije con extraño -, que yo mesmo he pensado eran antigüos e frágiles como papel”.
E sacando una llave de un cofre que había en un cajón, abrió tan sólo una de las hojas. En la parte más baja, donde las puertas eran de madera, había muchos más objetos que los que a la vista estaban.
“Mirad, sobrino – me mostró una bola de cristal -, ¿qué diríais es esto?”.


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