18 febrero, 2007

De lo que Marinín sabía sobre la pluma de plata

omingo este en que todos fuimos a la misa matutina e volvimos a la casa a tomar el desayuno. Domingo de votaciones donde se decidía si el nuevo Estatuto de esta maravillosa región de España la convertía en una nación e otras cosas incomprensibles. Me decía Su Ilustrísima no iría a votar e le decía yo que, estando en Ronda, dificultoso sería. A Marcos, ni le interesaba el asunto por ser castellano ni lo veía apropiado. Desta forma, quedamos con don Diego en ir a su finca, haber un buen almuerzo e descansar bajo los árboles, que el día era soleado.

Ahíto de tanta carne asada e tanta ensalada, puse una manta bajo un árbol por estar en soledad, mas mi soledad, según voy viendo, he de compartirla con Marcos e mi hijo.

“Niño, decidme – preguntéle a Marinín -, ¿es cierto todo eso que se dice de mí e lo de la pluma de plata e otras cosas?”.

“A fe papá – contestó al punto -, que sé es cierto, pues en la escuela lo refieren los niños según dice Edu e a muchos les gustaría conoceros, mas, en leyendo las imágenes del libro en blanco, he encontrado cosas que pienso sabéis e no queréis decir”.

“¿E qué cosas son esas – respondíle como ausente – que os parece no os quiero decir? Ya sabéis que secreto alguno os guardo”.

“En esos escritos que habla de remedios curativos – dijo –, léese que tenéis una pluma de plata maciza para solucionar ciertos entuertos; y hame sorprendido que, siendo libro de remedios, se hable de una pluma, tres tinteros, polvo venenoso de ni mirar e pequeños dardos. Mas jamás os he dicho, ni lo he de hacer, que hagáis cosa alguna”.

“E, ¿podríais mostrarme esos escritos cuando lleguemos a Sevilla? – preguntéle -, pues alguna que otra cosa se me va de la memoria”.

“¿A vos? – respondió al punto -. Puedo mostraros lo que allí se dice desto, mas no me digáis se os olvida algo, que tal no creo”.

“Durmamos agora una corta siesta – le dije -, que casi todos están en sueños”.

En esto, pasó lentamente don Diego e diónos el saludo e deseónos un buen descanso e, así, le pregunté con curiosidad:

“¿Qué habéis hecho con esa alberca secreta de aguas venenosas? Ya la gente sabe de su existencia e podría ser peligrosa”.

E casi riendo respondió alejándose:

“Todos saben ya desas aguas e de su peligro, excelencia. Por eso, he ordenado tapiar la entrada a esa cueva. Si necesitáis visitar el lugar, decídmelo, que siempre hay atajos para todo. Descansad”.

En Ronda e a diez y ocho de febrero del año de dos mil e siete.

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